Amaya, la mujer que habita en Guillermo
Un binomio, muchas identidades
Por Lado B @ladobemx
08 de noviembre, 2013
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Mely Arellano

@melyarel

Guillermo y su hermano, sólo once meses mayor, van juntos al kínder. Un día su hermano se mete debajo de una mesa para besar a una niña. Guillermo no lo entiende. Intuitivamente voltea a ver al niño que le gusta y luego vuelve la mirada hacia su hermano. No tiene ni seis años, pero ya sabe que es diferente.

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Crecer en una familia tradicional en un municipio conservador como Teziutlán, en la Sierra Norte de Puebla, no fue tan difícil para Guillermo. Nunca se rebeló contra las reglas de su papá, ni le causó problemas a su mamá. Tuvo en su hermana mayor a una amiga de juegos, una cómplice que secretamente le compartía sus muñecas, pero ante la llegada del padre lo animaba a sacar sus cochecitos. Al contrario, su hermano fue su enemigo natural durante la infancia y la adolescencia. Era la otra cara de la moneda. Lo molestaba, lo retaba, lo ofendía. Sin embargo, el rencor acumulado se volvió, años después, en agradecimiento.

–En una ocasión, en la secundaria, mi hermano en vez de defenderme de un compañero, de decir “oye, si tienes un problema con mi hermano te las vas a ver conmigo”, mi hermano optó por decirme: “sabes qué, fulano de tal te quiere golpear, es tu decisión, si tú no le pegas a él, él te va a pegar a ti”. Yo me quedé así de “diablos, ¿por qué no me vas a defender si se supone que eres el mayor y en todos lados se sabe que el mayor defiende al menor?”. Me quedé así como que no captaba, sin embargo, me dio la herramienta de decir, bueno, realmente si no me defiendo, nadie me va a defender. Recuerdo que ese chico llegó, empezó a empujarme y lo empecé a golpear hasta que el chavo dijo “ya ahí muere, ahí muere”, porque pues sí, realmente me fui con todo, no le di tiempo para dijera “oye”, o negociara o discutiera, cuando él quiso, yo ya estaba encima de él.

Ese día sacó al hombre valiente que tenía dentro. Nunca nadie volvió a meterse con Guillermo.

Ya en la prepa, aun sabiendo que era diferente y que las mujeres no eran lo suyo, comenzó a tener novias. Con una de ellas, la que más recuerda, sostuvo una relación de siete meses –que a esa edad se sienten como siete años–. Era una chica que le gustaba mucho, era muy bonita, se llevaban bien y “era de muy buena familia”, pero no había esa “atracción química” que sentía por los chicos y que pudo conocer plenamente hasta que se mudó a la ciudad de Puebla para entrar a la universidad.

Foto: Marlene Martínez

Foto: Marlene Martínez

–Ya fue acá (en Puebla) cuando conozco por una amiga y sus amigos, al que hasta la fecha es mi pareja, mi única pareja. Desde el principio me gustó. Yo era muy serio, muy tranquilo, no arriesgado, no aventado, él siempre fue el lado opuesto y el hecho de llegar y decirme así directo “oye, me gustas”… desde el primer día empezamos la relación, desde hace ocho años.

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Al sur de la ciudad hay una unidad habitacional de edificios de ladrillos naranja ocre, todos de tres pisos y nombres de letras. Los departamentos son más amplios de lo que parecen por fuera. En el de Guillermo los colores de los muebles están bien combinados. La decoración, aunque no es lujosa, se nota detalladamente cuidada. En la azotehuela, de vez en vez, un pequeño perro ladra.

Sobre la mesa del comedor, Guillermo suelta un montón de cosméticos y luego selecciona algunos, mientras habla de Amaya.

–Todo fue por un amigo, este amigo empezó a travestirse como un año antes que yo, me dijo que lo acompañara porque iba a entrar a un concurso, es gay. Lo acompañé, hizo a Natalia de la Quinta Estación y dije ¡wow, el show travesti es muy padre! Después como que fue un poco de ego, porque me dijo que debería hacerlo, que me vería mejor porque estoy más flaquito. Y desde ahí empezó la curiosidad. Le platiqué a mi pareja y me dijo “como veas, si quieres hazlo. Pero eso sí, si te ves bien como tu amigo pues sí, incluso le seguimos, pero si no, hasta ahí y nada más”.

Primero buscó la peluca. Después, en el escaparate de Angelópolis, la plaza comercial más grande de la ciudad, encontró el vestuario. Lo compró todo, hasta los accesorios que llevaba el maniquí.

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Foto: Marlene Martínez

–La primera vez que me travestí fue muy fashion. Era un vestido chiquito strapless y unos como collarcitos, las pulseras, los aretes, e iba con una peluca como chocolate, estilo Thalía, y unas zapatillas, de esas que llaman alpargatas, muy padres también, fueron las primeras que compré y rompí, porque cuando empiezas… el pie del niño camina talón-punta, talón-punta y con zapatillas no puedes dar con el talón porque te caes y pierdes el equilibrio, las rompí porque el pie todavía no se adaptaba.

Para su debut, un día de 2009, citó a sus amistades en un antro y les dijo que se llamaba Amaya Soddy. Ese día sacó a la mujer que tenía dentro.

Ese mismo año, Amaya fue segundo lugar en el concurso “Reina de reinas”, ganó Nuestra Belleza Gay Puebla y el “Rostro más bello de Puebla”. En 2010, cuando aún no entregaba la corona, obtuvo el primer lugar como la Modelo Gay México, una competencia a nivel nacional.

Comenzó a invertir en su imagen, incluso evitaba repetir zapatillas o vestidos en los eventos.

–Amaya se ha destacado por ser un poco más fashion y tener lo que las demás no tienen, no por ego, porque es mi estilo. Lo que no pude demostrar como niño, lo demuestro como niña.

Los premios, sin embargo, no iban más allá de la corona. En ninguno había compensación económica. Guillermo ahorraba lo que podía del dinero que le enviaban sus papás para la escuela de modo que pudiera solventar los gustos de Amaya. Cuando su pareja comenzó a trabajar se ofreció a ayudarle con esos gastos que más o menos equivalen, a la fecha, a 100 mil pesos.

Amaya vive de Guillermo, en parte, porque Guillermo nunca ha pensado en vivir de Amaya.

–A veces me ha ido bien de Amaya, en pagos, y me doy gustos o saco para algunas necesidades, pero nunca he pensado vivir de Amaya. El trabajo está muy mal pagado. Al show travesti vas porque quiere uno, pero está muy mal pagado, prefiero morirme de hambre que regalar mi trabajo, pero sí hago a Edith Márquez, Katy Perry, Paty Cantú. Hay lugares que pagan 500 o 600 pesos la presentación, pero hay gente que es muy fea, que te paga 250, imagínate, si de taxis pagas 150 casi, ¿con cuánto te quedas? Y luego para que te condicione tus cortesías a sólo bebidas nacionales, pues no sale.

Amaya está casi lista. Después del maquillaje se pone dos melenas postizas, oscuras, onduladas y abundantes a las que llama “empate”. De la cintura para abajo se pone un discreto “truco” para modelar las pompas, la cadera y las piernas. Como no tiene perforaciones en las orejas, usa unas argollas que se coloca alrededor del oído y que sostienen los aretes. Para afilar la nariz se coloca unos “correctores” en las fosas nasales.

Conforme la transformación avanza se modifica también su forma de hablar, sus ademanes femeninos se acentúan. Amaya dice que lo que cambia es su “aura”. Obviamente hay concordancia de género y entonces habla de sí misma en femenino, y de Guillermo en tercera persona.

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–¿Qué es ser travesti?

–Es jugar con tu apariencia pero no implica tu sexualidad, porque incluso aquí en la casa tengo un club de travestis de clóset que se travisten pero tengo uno que no es gay, tiene su esposa, sus hijos, pero él no es gay. Simplemente viene por gusto, porque le gustan tanto las mujeres, lo femenino, que para él es un fetiche. A los que vienen les cobro.

–¿Y qué hacen?

–Muchos de ellos salen, vienen, los maquillo y salen. Hay gente que dice “no voy a salir”, entonces llegamos a un acuerdo, vienen, se travisten, se quedan aquí y platicamos. Casi casi en el tiempo que lo maquillo y se traviste, ya casi se está desmaquillando, es muy poco el tiempo. Y les encanta tomarse fotos, ver cómo quedaron de niñas. Algunos sí son gay y se travisten por gusto, otros son transexuales y vienen porque nunca han tenido contacto con maquillaje y alquilan mis servicios de maquillaje. Tengo algunos que sus parejas sí saben y son heterosexuales.

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Cuando Amaya entró al mundo del travestismo se dio cuenta de que no era fácil. Descubrió que la relación entre las “chicas tv” –como suelen decirse– era violenta y agresiva.

–Me decían: “no las veas así porque te van a pegar”, “no hagas la peluca así, porque es señal de que les está posando”, y yo decía ay noooo, es que es gente maleada que piensa lo peor. Y ese fue mi principal proyecto: cambiar ese estilo, esa conducta dentro de las travestis. Puedo decir que hoy en día ya no se ve mucho, ya no está taaan marcado, llegué a platicar con las travestis más conocidas en Puebla, que hace tiempo eran de miedo, llegué y les dije a la sociedad que no eran malas aunque tenían mala imagen.

De pronto Amaya se convirtió, a solicitud de la “organizadora nacional”, en la principal promotora de los concursos de belleza y show travesti en Puebla. Con la intención de “re-educar”, se propuso cambiar “estereotipos y conductas. Se trata de que nos ayudemos para que la misma sociedad diga: ¡wow, qué bien se ven! Hay muchas chicas que ahora ya nos ayudamos, pero antes era muy muy feo”.

Y si bien no recibe ganancia económica por lo que hace, “todo tiene su recompensa, una vez en Guerrero llegué a un hotel de lujo, me pusieron un asistente, me abrían a la gente, porque quería verme, era casi como… me sentí como un artista, súper bien. Pude sentir lo que siente un artista cuando las masas se emocionan porque te ven llegar”.

Socialmente hablando también presume logros. Desde 2012 forma parte del Consejo Ciudadano de Derechos Humanos y Equidad entre Géneros del Ayuntamiento de Puebla, e incluso “cuando voy de Amaya algunos funcionarios públicos me saludan de besito, y cuando voy de niño me dan la mano. Siento que ha funcionado la sensibilización. Que un funcionario te salude de beso aún consciente de que no eres una mujer, creo que significa un cambio en la postura”.

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