Sin nombre ni apellido: arte sin género

Sin nombre ni apellido: arte sin género

Josué Cantorán Viramontes

@josuedcv

Al centro de la galería de la Casa del Caballero Águila se expone la escultura de una cabeza humana de unos 80 centímetros de altura, de cuyo cráneo, a modo de cabellos, surgen unas cadenas oxidadas como de bicicleta. No hay fichas técnicas en las paredes y en la concurrida inauguración se han agotado las hojas plastificadas donde se explica qué pieza pertenece a qué artista.

Pocos sabrán que esa cabeza, junto con una pintura más, al fondo del siguiente salón, son obras de Gabriele, la única artista de la exposición que firma así, sin apellido; y menos aún sabrán que Gabriele es la chica de cabello corto, camisa blanca y corbata de moño que fuma en la terraza mientras ríe con la curadora.

Sin las hojitas que explican la biografía de los artistas (había muy poquitas), nadie sabrá que Gabriele dejó atrás una carrera en ciencias políticas para tomar el martillo y el cincel, y menos que una vez le dijeron que la escultura no era para mujeres –tallar piedra es cansadísimo, ¿segura que sí puedes?– o que dejara de pintar cosas feas y oscuras.

Pero las piezas están ahí, son lo que está, a la vista del público para que sea justamente éste el que decida, el que diga, el que juzgue.

***

SONY DSC
Foto: Ambar Barrera

El arte llegó tarde a la vida de Gabriele, pero fue por una afortunada casualidad. Una beca de intercambio cuando cursaba la licenciatura en ciencias políticas en la Universidad Iberoamericana de Puebla la llevó a Madrid, específicamente a otra universidad confesional, la Pontificia Comillas.

–En Europa la obra está en todas las calles –dice Gabriele en entrevista con Reversible.

Fue ahí, recuerda la artista, cuando decidió que las clases de filosofía política y políticas públicas no se comparaban con pasearse por las galerías, por el Museo del Prado o el Reina Sofía. Y aunque aún no sabía bien a bien qué quería hacer, en España cambió todo.

–Hay una ruptura no sólo de pensar en cambiarme de carrera o de estudiar arte o de hacer algo. Es una ruptura también con cómo me visto, quién soy. Ya me había declarado gay pero de repente me empecé a vestir masculina, me empecé a cortar el cabello. Entonces, cuando llegué allá fue como tener vida nueva, completamente. Lo que no había podido hacer acá lo hice allá.

Regresó a México y, como en su casa le dijeron siempre que “hay que terminar lo que empezaste”, se graduó de ciencias políticas. Aunque sus padres preferían verla vestida de traje sastre y en la Cámara de Diputados, el gusanito del arte aún la rondaba y ella no se decidía si estudiar historia del arte o restauración… aún no creía que ella misma podría producir.

Hasta que un día tomó una hoja blanca y un lápiz, y después una barra de jabón y una navaja. Ahí empezó todo.

***

Gabriele espera en un barcito al fondo de una plaza de Cholula. Lleva botas de combate negras y chamarra de piel. Dos cervezas y un cenicero ya están sobre la mesa.

Sus favoritos son Van Gogh, Rodin y Miguel Ángel, a quien considera un genio de la escultura. También lee a Baudelaire y, aunque no está segura si pronuncia bien su apellido, cita un fragmento de sus poemas.

A Gabriele todavía le incomoda la palabra “artista”. Dice que artista son quienes “ya tienen años de trabajar de esto y entonces tienen su propio estilo”, así que se llama “artífice” porque, dice, esa palabra denota que lo que hace es un oficio.

A los primeros ejercicios de escultura con jabón y navaja “que siempre cargo, algo que no va mucho con mi género”, le siguió un libro que decía algo así como “Las diez formas de pintar más fácil”. Después, finalmente, su primer taller de escultura.

***

“¿Estás segura que puedes?, ¿estás segura que es para ti?, ¿sí sabes agarrar un martillo?”, le preguntaba constantemente el profesor de su primer taller de escultura, como una forma de retarla a mejorar su trabajo.

Pero en ese reto estaba implícito el género, la división social de los sexos, las ideas de que mujeres u hombres son mejores para una u otra cosa por el simple hecho de serlo. En un taller donde sólo había una mujer entre cinco o seis hombres, eso siempre salía a relucir.

Y no quedaba ahí. No sólo Gabriele, sino también su trabajo, pasaban por el mismo proceso. Las primeras figuras humanas que moldeó eran de género ambiguo y eso no gustó al profesor, quien provenía de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”.

–Mis primeras esculturas no eran hombres ni mujeres. Eso era algo que causaba conflicto dentro del taller a pesar de tener un maestro que traía unas ideas muy abiertas. Siempre me decía: “ponle género, ¿por qué tus figuras no se sabe si tienen senos o si no tienen, si tienen labios o si no tienen, si tienen pene?”.

El profesor suponía que la ambigüedad de las figuras de Gabriele se debía a una falta de técnica, a que no había aprendido bien las proporciones diferenciadas de hombres y mujeres, o las técnicas para esculpir senos, labios y penes, y le exigía: “te voy a enseñar. Trae una lámina de hombres y una de mujeres para que veas”.

Al principio Gabriele no se animaba a rebatir, entraba en conflicto:

–No te puedo decir que siempre estuve tan segura del trabajo que hacía y de repente decía que sí, que si no le ponía algo la gente lo vería como: “¿y esto raro?, ¿esto raro se parece a ti que no te ves exactamente de algún género o no quieres verte de algún género?”. Sí me causaba un poco de conflicto pero creo que es parte del trabajo artístico, resuelves mucho o parte de tu vida, de lo que sientes, de lo que piensas. Sí me costó trabajo pero al final decidí que no tenían por qué tener un género y que si lo había yo lo iba a elegir, tal como había elegido hacerme a mí.

***

Para mejorar en la técnica después de su taller de escultura, Gabriele decidió inscribirse a la licenciatura en artes plásticas del Instituto de Artes Visuales del Estado. Lo logró. Pero después de año y medio la propia dinámica universitaria comenzó a limitarla y se salió.

También tenía otros problemas: ya no sólo pintaba personas sin género, también hacía seres “oscuros” que confrontaban no sólo a sus maestros sino también a sus compañeros, quienes le decían: “¿por qué quieres hacer tu trabajo feo?, ¿por qué quieres hacer cosas feas cuando el arte es bello?”.

El rechazo ha sido una fuerte constante en el poco tiempo en que Gabriele lleva produciendo arte. La primera vez que expuso pintura escuchó un comentario negativo mientras montaba uno de sus cuadros y prefirió no quedarse a la inauguración. Se fue a una cantina cerca de la escuela y se tomó unos tragos. Después encontró a su profesor, quien la confrontó por no haber estado presente pese a que habría alguien haciendo preguntas a los artistas.

–Pues porque no sé si estoy lista para escuchar qué dicen de mi trabajo –le respondió.

El profesor la convenció de que, aunque es muy difícil al principio escuchar la crítica, es un paso necesario al que todo artista que quiera exponer debe irse acostumbrando. Ahora Gabriele se siente más convencida de su trabajo y puede defenderlo ante las críticas, pero ha sido un proceso largo y difícil. Inclusive, tiene una pieza que ha sido rechazada varias veces y eso ha llegado a desanimarla.

–Lo chistoso es que (esta pieza) es el cuerpo de una mujer, ahí sí es el cuerpo de una mujer, y tiene incrustados vidrios, navajas, clavos, y tiene las piernas destruidas, (es decir) no tiene las piernas, la estructura de metal que debe llevar una escultura se ve. La gente lo confunde mucho como si fuera violencia a la mujer y no lo pueden entender como que también el género femenino tiene opresión. Así se siente. Así me he sentido muchas veces cuando me debato entre ser alguno de los géneros. A veces me siento más mujer y a veces me siento más hombre, depende de lo que esté haciendo, pero yo nunca me voy a definir en si soy uno o soy otro. Siento que soy los dos.

***

Gabriele dice que, dependiendo de la actividad que realiza, se siente hombre o mujer: si ésta saca sus fibras sensibles o si, por el contrario, se trata de una actividad más ligada al trabajo físico.

SONY DSC
Foto: Ambar Barrera

–Cuando hago escultura tengo que ser totalmente masculina. No puedo decir “oye, me lastimé un dedo cuando le estaba pegando a un cincel con el mazo”, o por ser mujer no puedo tallar piedra porque es un trabajo físico muy cansado, entonces, por ejemplo, ésa es una de las actividades en las que digo: “mi género es otro”. Tengo esa fuerza, considero que tengo la fuerza para hacerlo. No creo que tenga la misma fuerza de un hombre, seguramente no, pero puedo hacerme de mañas, ¿por qué no?

Después, cuando piensa en las actividades que afloran su lado femenino, titubea:

–Pero soy mujer cuando veo algo que me llena de sensibilidad, por ejemplo, con mis perros me entra esa parte maternal de que hay que cuidarlos porque son unos bichos y hay que atenderlos. Los abrazo, los beso. Creo que ahí la parte masculina está muy limitada. A lo mejor si ven a un hombre besando un perro, haciendo cosas así, siempre piensan: “es gay”, como si sólo los hombres gays pudieran tener sensibilidad.

La ambigüedad de Gabriele le ha producido algunos conflictos incluso sobre su propio cuerpo, pues aún no sabe si en algún momento estará dispuesta a modificarlo para hacerlo más cercano a sus sentimientos. Por el momento, este conflicto lo sublima, como cualquier artista lo haría, con su obra.

–Es un conflicto un poco con el género. Yo no sé qué pasaría si llegara un día a mi casa y les dijera: “¿sabes qué, yo no quiero tener senos”. Así de fácil. Y lo he pensado y sí tengo que trabajar en eso porque no sé todavía si me gusta mi cuerpo. Tendría que hacer algunos cambios para saber si me gusta. Y me estoy preparando. Con mi propia obra me preparo.

***

A pesar de los rechazos y ciertos conflictos, Gabriele considera que ha llegado a un punto en que su trabajo puede considerarse congruente porque “se acerca lo más posible a como soy yo”.

Su futuro aún no lo sabe, tiene en puerta un par de exposiciones, una de ellas que versará en torno al tema de lo femenino y otro en una galería de un amigo suyo porque desea sacar su obra de los espacios institucionales.

Y aunque le gusta la instalación y los nuevos medios para producir obra, disfruta el trabajo lento y paciente de generar su trabajo con la escultura y la pintura, y lo defiende:

–Es algo que muchos artistas ya consideran viejo, que en esta época ya no sirve, porque dicen “¿qué haces pegándole a una piedra con un cincel o un mazo?”. El trabajo es lento, lleva meses, pero es parte de formar paciencia y de aprender. Trabajar la técnica no quiere decir que esté lejos de las ideas innovadoras. Puedo trabajar de manera académica con materiales nuevos, esculturas con materiales reciclados, ¿por qué no? Pero sí creo que debe haber antes una técnica.

Gabriele es de esas artistas “a la antigua”, que ponen la técnica ante todo. Y la técnica, lo saben esos artistas, se sigue aprendiendo para siempre.

Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx

1 COMMENT

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.