Si te quiero para una relación sexual, ponte

Si te quiero para una relación sexual, ponte

Liz Ruíz

La marcha de las putas en Puebla se realizó el día 13 de octubre de 2013 y el contingente era más numeroso de lo que me esperaba. Me dio gusto ver a tantas mujeres de diferentes edades (y no solo activistas) participando. La presencia de los hombres también era visible y muy esperanzadora: no solo quien sufre el problema se preocupa por él.

Pero ¿qué es la marcha de las putas? Es una protesta política que se realiza año con año en diferentes partes del mundo para reivindicar el derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencia sexual y acoso, independientemente de la vestimenta o comportamiento que tengamos. No solo las mujeres que se dedican al trabajo sexual están incluidas, sino todas las mujeres interesadas en hacerse visibles para exigir lo más básico de la convivencia humana: respeto. Y es que todas las mujeres somos potenciales violables por el simple hecho de ser mujeres: encuestas de todo el mundo demuestran que muchos hombres (y algunas mujeres) consideran aceptable violar a una mujer si está ebria o drogada, si es tu pareja, si se dedica al trabajo sexual, si al principio consintió “el acto” sexual y luego se arrepintió, entre otras razones. Pero la práctica nos demuestra que la razón para violar a alguien puede ser “porque quiero”.

El caso más representativo en este momento y muy de moda es el de Lucero, la joven mujer que fue atacada por un hombre de su misma edad (y casi asesinada) porque ella se negó a tener relaciones sexuales con ella. Este es un lamentable buen ejemplo. La premisa parece ser: “soy hombre y mi deseo es incuestionable. Si te quiero para una relación sexual, ponte. Porque negarte te puede costar la vida”. Y tal es la idiosincrasia que incluso la MP encargada del caso se mostró genuinamente indignada de que Lucero se atreviera a exigir justicia. Para ella parece haber sido (digo “parece” porque es mi pura deducción a partir de su acción) un simple faje entre dos adolescentes de secundaria que se acabaron peleando porque no se pusieron de acuerdo con la película del cine. El personal encargado no solo la traicionó y se burló de ella virtualmente, también liberó al joven y minimizó sus delitos.

Si para nuestra población no fuera, hasta cierto punto, “normal” la violencia sexual contra las mujeres, no nos mostraríamos tan indiferentes ante este tipo de casos. Pero en el día a día podemos ver esta normalización y vivirla de forma no tan extrema: los piropos son la forma más común, la ejerce un hombre desconocido contra una mujer desde una distancia amplia y a nadie le parece incluso que sea violencia (seguramente mucha gente que lea esto dirá que qué tiene de malo el piropo). No es un halago, es una acción que no permite ni siquiera disfrutar de la libertad de salir en pants por un kilo de huevo, porque por el solo hecho de existir y salir a la calle ya nos merecemos una opinión sobre nuestro cuerpo (a veces “halagadora” y a veces intimidante). Y así sucesivamente siguiendo la clásica escalada de la violencia: los hombres se reúnen desde los 9 o 10 años en el salón de clases a decir, con franco descaro, quién está “bonita o fea”, y conforme avanza la edad “quién está sabrosa, tetona, culona, bonita jeta” y cuanto “chiste” quieran (es chistosísimo, de verdad, no sabes cómo es gracioso oír críticas sobre tu cuerpo y arreglo personal para que se adapte a tu deseo, a los estándares de la sociedad y el capitalismo, a lo que tu ego cree que se merece… te lo juro, me muero de risa).

Igualmente, a nivel social la violencia sexual en nuestro país se manifiesta en los medios masivos. No existe parte del cuerpo de la mujer que no tenga un producto para “embellecerlo” (sí ¡incluyendo un producto para aclarar el ano!). Las mujeres tenemos una obligación muy importante y es ser bella. Una mujer en los medios puede ser lo que sea: pero primero debe ser bella y sexy, atractiva y excitante. Pero claro, todo ello sin que envíe las señales incorrectas que hagan que un hombre la desee, porque en ese caso él estará en todo su derecho de violarla y el mundo querrá casarla con su violador, culparla por la violación, decirle que es “parcialmente responsable” por cómo es, y un largo y triste etcétera.

Entonces ¿qué pasó? ¿Estoy exagerando? ¿O la cultura de la violación se hace presente todos los días en nuestra prometedora sociedad el siglo XXI?

Es por esto que salimos a marchar para exigir un alto a la violencia sexual, el acoso y la discriminación, pero también para crear conciencia en todas las personas posibles de nuestro país, que nos demos cuenta de que jamás nos debemos poner de lado del violentador, de la persona victimaria. Jamás debemos decir “es que también tú…” (Un día escuché “ese es delito de apendejamiento”. Qué lamentable, culpen a Palestina de ser bombardeada ¿para qué tienen petróleo?).

Y nos llamamos putas porque reivindicamos el término para, por y de nosotras. Solo nosotras sabemos qué hacemos con nuestra vida sexual, solo nuestro es el derecho de decidir sobre nuestro cuerpo y nuestro erotismo. Putas o no putas, seguimos siendo sujetas de derecho, seguimos teniendo esa dignidad que le corresponde a toda la población. Nuestro es el derecho inalienable, no es limosna de nadie.

Y por todas estas razones es la marcha de las putas. Por todas las Luceros, que somos todas, que todos los días sufrimos una violencia simbólica o física de una u otra manera. Por lo más básico de la convivencia humana: el respeto. ¿Cómo ser una sociedad democrática e igualitaria sin respetar a la mitad de la población?

Para terminar agradezco mucho su atención y prometo no desaparecer en el futuro (dios mediante). Muchas gracias (de nuevo) y nos leemos (ora sí) en quince.

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