Educación en valores: ¿Causas abstractas o bien concreto?

Educación en valores: ¿Causas abstractas o bien concreto?

“El bien siempre es concreto pero las definiciones son abstractas”.

Bernard Lonergan.

Martín López Calva*

@M_Lopezcalva 

Leo en el Facebook a una amiga desesperada. Va en camino a una ciudad muy lejana en el sureste del país a visitar a su madre enferma.  En el camino el autobús queda atrapado, “secuestrado” dice textualmente ella, por los bloqueos que encabezan los grupos sindicales –CNTE o SNTE da igual- que se oponen a la reforma educativa. Durante el proceso va reportando su situación, veinticuatro horas, treinta horas y no llega a su destino por culpa de estos bloqueos.

En estos reportes da cuenta de una niña recién operada del corazón que va en el autobús y que empieza a sangrar por la herida de la cirugía. Ella y otras personas reportan esto por las redes sociales. Un tuit funciona y finalmente llega una ambulancia para atenderla.

Otra entrada da cuenta del peligro que corrieron en esta situación de imposibilidad de avanzar en su camino: hubo asaltos a los vehículos varados, gente afectada en sus pertenencias, en su seguridad y en su salud. Finalmente, después de treinta y dos horas de viaje, llega al lugar donde vive su mamá y logra estar con ella unas cuantas horas porque para el momento en que escribo estas líneas ya viene de regreso en otro autobús, probablemente viviendo el mismo calvario.

¿Les importa a los grupos de profesores inconformes el daño que causaron a todas las personas que tuvieron que transitar por estas carreteras el fin de semana? ¿Les duele una niña recién operada del corazón puesta en riesgo por sus bloqueos intransigentes? No. Porque están defendiendo “su causa” y cualquier persona concreta, cualquier mal concreto es menor al lado de “la causa”.

Cosas similares han pasado con muchas personas en la ciudad de México durante los más de dos meses en que los miembros de la CNTE se han manifestado contra las modificaciones constitucionales y la legislación secundaria que servirá como marco a la reforma educativa por construirse.

Gente que pierde sus vuelos, que no puede ingresar a los hoteles en que se hospeda, que llega tarde a sus trabajos, que ve disminuida en un alto porcentaje su clientela, que ve ponerse en riesgo su empleo, etc. debido a que las protestas “no tienen más remedio” que violar los derechos de otros para defender los supuestos derechos propios.

Sin embargo los líderes de estos movimientos y muchos opinólogos e incluso académicos asumiendo una postura “políticamente correcta” para no ser tachados de intolerantes o reaccionarios, para evitar ser señalados como parte del “cerco mediático” o de los sectores que “criminalizan la protesta social”, minimizan estos hechos que afectan a personas concretas y dañan física o patrimonialmente a amplios sectores de la población diciendo que se trata del último recurso, que los profesores se manifiestan “de formas no correctas” –manera suave de llamar a cosas que van desde el bloqueo del aeropuerto hasta la destrucción de automóviles o comercios y la agresión directa a policías o granaderos- porque no han sido escuchados.

¿Por qué estas posturas de justificación de actos que son claramente delictivos? Porque estos intelectuales, académicos y opinólogos están defendiendo “una causa” justa y la “causa” está por encima de los daños concretos.

El pasado 2 de octubre fuimos testigos de otra manifestación pacífica organizada por los líderes del movimiento estudiantil del 68 junto con  organizaciones sociales y políticas que fue infiltrada por grupos violentos cuya tarea específica es la agresión a la policía y la destrucción de lo que encuentran a su paso. La actuación de estos grupos que cada día se muestra más claramente, están perfectamente entrenados y saben cómo vestirse, hacer y usar petardos o bombas molotov, huir de la policía cuando son aislados y victimizarse cuando eventualmente son detenidos, desvirtuó totalmente la movilización y desvió la atención de los medios que dieron una cobertura mínima a la manifestación genuina.

En todos los medios vimos escenas que dan cuenta de la forma en que la violencia ha ido escalando progresivamente y parece salirse cada vez más de control. Se mostraron fotografías y video de policías bancarios e industriales que no participaban en el operativo para vigilar la marcha sino simplemente cumplían con su trabajo de custodia de algunos edificios y sin embargo fueron golpeados salvajemente por estos grupos de jóvenes que se autodenominan anarquistas aunque están muy lejos de conocer siquiera el significado de este término.

Se pudo ver también a granaderos incendiándose después de ser atacados con bombas molotov o lanzallamas improvisados por los grupos violentos y a otros siendo objeto de golpes con tubos, palos, pedazos de banqueta o adoquín, etc.

¿Se condenó en las redes sociales estos hechos violentos y las agresiones contra los policías? No. ¿por qué? Porque los policías por definición son los malos, los represores, los que imponen por la fuerza el poder de aquéllos que están contra “la causa” del pueblo.

Del otro lado, hemos visto también escenas de violencia injustificada: ha habido  también sin duda en estos enfrentamientos que se están haciendo cada vez más comunes, abusos de algunos miembros de la policía que golpearon con sus escudos a personas indefensas y reporteros agredidos tanto por los grupos violentos como por la misma policía o los granaderos.

Hemos sabido también de detenciones arbitrarias que ocurren, por la ineficiencia y falta de capacitación de la policía, una vez que han terminado los hechos y en lugares a veces distantes, detenciones contra personas cuyo único delito era ir pasando por el lugar inadecuado en el momento inadecuado.

En estos casos, la otra parte de la opinión pública generaliza y exige castigos ejemplares y justifica también los excesos y violaciones de derechos humanos puesto que lo primero es defender “la causa” del orden social y todo el que se atreve a protestar o a manifestarse en contra de lo establecido atenta contra esta “causa”.

Durante el sexenio pasado vivimos la llamada “guerra contra el narco” en la que hubo muchas detenciones, acciones violentas y muertes de personas ajenas al conflicto a las que se llegó a denominar “efectos colaterales” de este combate el crimen organizado.

En este caso se justificaba también la existencia de casos de abuso y violación de derechos humanos de personas inocentes porque la “causa” del combate al mal y de la salvación de nuestros niños y jóvenes del flagelo de la droga justificaba que se cometieran errores y se dañara a personas y familias concretas.

De este modo, la defensa de causas abstractas, de movimientos abstractos, de ideales abstractos nos hace justificar acciones de violencia y violación de derechos de personas concretas, de familias concretas con sueños e historias concretas.

Los que están del lado del statu quo defienden la causa abstracta del mantenimiento del orden establecido a cualquier precio y justifican la agresión y la violencia contra quienes se manifiestan en contra.

Por otra parte, quienes están del lado “progresista” y “revolucionario” defienden la causa abstracta del cambio social, de la revolución social para beneficio del pueblo, pero en la defensa de esta causa abstracta afectan y justifican la afectación e incluso la violencia y la violación de los derechos fundamentales de todos aquéllos que no sean parte de la causa y mucho más de los que trabajan para impedirla.

Pero como afirma Lonergan: “el bien siempre es concreto” y los que nos dedicamos a educar a las generaciones del futuro haríamos bien en entender y hacer vida esta frase que parece simple pero es tan difícil de llevar a la realidad.

Porque una educación en valores para nuestros tiempos debería ser una educación que no forme personas comprometidas con “causas” abstractas, por más justas y revolucionarias que parezcan sino que eduque personas capaces de empatizar, compadecerse, solidarizarse y trabajar a favor de las personas concretas, de las familias concretas, de las comunidades concretas.

Una auténtica educación en valores debería formar personas capaces de compadecerse del ciudadano que es golpeado o detenido injustamente pero también del policía o del granadero que es víctima de la violencia gratuita; personas sensibles para indignarse cuando un ciudadano que protesta es detenido pero también cuando un ciudadano es violentado en su derecho de libre tránsito o en su trabajo cotidiano a causa de una manifestación de protesta por más justa que pueda ser.

Una verdadera educación en valores sería la que formara personas que sientan como propio el dolor ajeno sea de un manifestante, de un policía o de la niña recién operada que va en un autobús y no tiene la culpa de los conflictos entre maestros y autoridades.

Formar partidarios de causas abstractas puede llevar a la deshumanización. Porque como afirmaba Rosa Montero: “toda utopía lleva un infierno en las entrañas”

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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