Reforma Educativa y paciencia histórica

Reforma Educativa y paciencia histórica

Martín López Calva*

@M_Lopezcalva

El sistema político de partido dominante, la llamada “Dictadura perfecta” según definición de Mario Vargas Llosa, se gestó al final de la revolución mexicana pero fue construyéndose de manera progresiva y sistemática durante décadas hasta convertirse prácticamente en parte del ADN nacional, de manera que prácticamente un siglo y dos sexenios de alternancia después, no termina de desmantelarse a pesar de los marcadísimos signos de decadencia que se manifiestan en todos los campos de la vida nacional. Existen incluso sectores en el poder que siguen presionando hacia su restauración ahora que el PRI ha vuelto a la presidencia.

Como se ha escrito y estudiado exhaustivamente, se trata de un sistema de carácter corporativo que a manera de estructura piramidal agrupó hábilmente a todos los sectores de la población en organismos cupulares, controlados por líderes autoritarios y corruptos que tenían –algunos de ellos siguen teniendo hasta hoy- todos los privilegios a cambio de su lealtad al presidente en turno y al partido en el poder.

Un pacto no escrito operaba –y desgraciadamente sigue operando en muchos casos- entre el gobierno y estos poderes fácticos que agrupaban a los trabajadores del campo, a los obreros, a los sectores populares urbanos, a los petroleros y electricistas, a los profesores. Este pacto se puede sintetizar así: “yo, gobierno, no intervengo en tus asuntos internos ni evalúo tu gestión, te otorgo el manejo discrecional de tu sector mientras tú te mantengas leal a mis políticas, controles a tus agremiados y los hagas alinearse con las decisiones que se vayan tomando en la conducción del país”.

El sistema educativo que aún tenemos se creó y desarrolló en este marco y respondiendo a este pacto: el gobierno dejaba hacer a los líderes sindicales y a partir de 1946 les otorgaba facultades legales sobre el manejo de las plazas docentes y la conducción de las políticas públicas en educación cediendo la rectoría sobre el sistema educativo y evitando evaluar el desempeño de los actores de la educación a cambio de la lealtad y el control de los trabajadores de la educación de todo el país.

La llamada reforma educativa que hasta ahora es una reforma constitucional y legal intenta empezar a revertir esta situación a partir de la recuperación de la rectoría del sistema educativo por parte del gobierno. Este es quizá el punto central que he sostenido aquí que se debe aplaudir y apoyar.

Varios lectores y amigos me han comentado que el conflicto actual es una lucha de poder y estoy de acuerdo. Una lucha por el poder de conducir la educación nacional y en esta lucha, aunque no comulguemos con el partido que ocupa actualmente la presidencia, tenemos que reconocer que el poder sobre la conducción del sistema educativo tiene legítimamente que estar en el gobierno. La reacción de la CNTE, que ahora está cobrando adeptos entre sectores del SNTE es esencialmente una lucha por no perder el poder sobre el sistema educativo, por no perder el control sobre las plazas magisteriales y los recursos.

Como dije antes, el sistema corporativo se instaló en nuestras mentes y se inoculó hasta la médula, se volvió parte del ADN de los sujetos de la educación. De manera que el pacto “yo no te cuestiono, tú no me evalúas” sigue operando muy dentro de la consciencia de un gran número de docentes. Porque hay sin duda un temor a la evaluación “de a deveras” –varios maestros me han dicho que llevan veinte años siendo evaluados y sin embargo se oponen a esta nueva evaluación, yo creo que porque la que está vigente en realidad no cuenta porque lo que hoy cuenta es quedar bien con la SEP y con los líderes sindicales- que se está manejando hábilmente para sumar adeptos a la contrarreforma.

Estamos entonces en un momento crucial en el que se juega un cambio estructural muy importante para la educación del país. No es que lo aprobado sea ya una reforma educativa, pero echar atrás lo aprobado implica volver a renunciar a la rectoría del sistema educativo por parte del gobierno y seguir dejando a los organismos sindicales –SNTE y CNTE- el control de la educación nacional.

No es que no existan puntos importantes a tomar en cuenta en lo que han planteado los maestros. He hablado ya de ello en las semanas recientes y lo traté de sintetizar en mi acuerdo con la necesidad de una tercera vía. Pero el camino de la tercera vía es hacia delante y no en reversa como lo está planteando el movimiento que se opone a la reforma. El camino no pasa por derogar las reformas aprobadas sino por participar, vigilar y exigir de manera organizada y crítica que las concreciones de estas reformas legales apunten hacia una auténtica reforma de la educación y no hacia una nueva forma, más sofisticada, de autoritarismo.

El camino hacia la reforma educativa que México necesita pasa por la construcción, a partir de las leyes aprobadas, de un sistema de evaluación formativa de todos los actores educativos –profesores, directores, supervisores, apoyos técnico pedagógicos, jefes de sector, funcionarios- para detectar sus fortalezas y debilidades y tomar decisiones que les permitan, a partir de un sistema de formación y actualización de alta calidad, mejorar en todos los aspectos y realizar cada vez más eficiente y pertinentemente su trabajo.

Este camino pasa también por el diseño y operación de un sistema de evaluación del desempeño con fines de decisión en lo laboral, que se relacione pero no se confunda con el sistema de evaluación académica para facilitar los procesos institucionales que permitan que las contrataciones, estímulos, promociones y eventuales remociones sean producto de los méritos y el desempeño de los profesores y gestores del sistema educativo y no de las componendas y lealtades con los líderes sindicales o las autoridades intermedias de la secretaría.

Para lograr que este camino sea transitable por los actores del sistema educativo nacional resulta necesario el cambio en la cultura educativa de toda la sociedad, empezando por los docentes y directores escolares, los alumnos y los padres de familia.

Es necesario cambiar poco a poco el ADN corporativista, de obediencia a cambio de estabilidad, de comodidad a cambio de lealtad, de estancamiento a cambio de invulnerabilidad, de confort a cambio de baja calidad.

En su artículo semanal en Reforma, Eduardo Caccia hace un llamado a la resiliencia del sistema educativo, a la necesidad de cambio para reaccionar a las exigencias de esta sociedad del cambio de época. Ser resiliente se consigue enfrentando retos, asumiendo inestabilidades, saltando a veces sin red hacia el vacío del porvenir incierto, adquiriendo las herramientas necesarias para afrontar los problemas inéditos, aprendiendo a detectar  y aprovechar lo inesperado.

Todo esto implica salir de la zona de confort en la que los educadores se acostumbraron a ser instrumentos de un sistema autoritario del que se quejaban con resignación porque “no había otra opción” dentro de las escuelas, al grado de perder la autonomía y la libertad de pensamiento. Una maestra contaba que su padre, también docente, le había enseñado cuando se incorporó al trabajo en el magisterio: “cuando tengas que tomar una decisión, no pienses como tú, piensa como la SEP”.

Será un camino bastante complicado y lleno de obstáculos porque no implica solamente cambios legales y pedagógicos sino que requiere de todo un cambio cultural. No será sencillo sacar de los huesos del sistema la médula de dependencia, transformar el ADN corporativo en un ADN más autónomo, participativo y abierto a la rendición de cuentas y la formación continua –que ojalá sea una formación continua de calidad y no la simulación que ahora se vive-, recuperar la autonomía docente e intentar desde ella reformar una estructura sindical autoritaria y paternalista y una secretaría de educación pública centrada en el control y la burocracia y no en la construcción del futuro que necesitamos como país.

Habrá todavía mucho conflicto, inconformidad manipulada disfrazada de criticidad, conservadurismo vestido de vanguardia revolucionaria, conceptos repetitivos disfrazados de argumentos, demagogia con nueva envoltura, intentos de restauración del sistema decadente antes de empezar a ver un cambio real y de fondo en nuestra educación en crisis.

De ahí que la reforma educativa implique una paciencia histórica que nos desafía, que nos invita a la persistencia y al trabajo constante y convencido aunque no se vean resultados inmediatos a partir de la imaginación y la fantasía que nos sigan moviendo hacia la creación de un mejor futuro. Como afirma James Duffy:  “Nuestra época nos exige fantasear y cultivar una paciencia profundamente histórica”.

 

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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