“He perdido incluso el número de mi familia”
 
Por Lado B @ladobemx
12 de septiembre, 2013
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Lado B

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“He perdido incluso el número de mi familia (…) Llevo ya dos años aquí, puedes ver que todo el mundo está herido. Es la policía militar la que nos está haciendo esto”, relata en el documental No. 9, Stop Violence at the Borders, uno de los tantos inmigrantes que ahora espera en el monte Gurugú, en Marruecos, a poder llegar a España para trabajar.

Las condiciones de exclusión que viven día a día estos grupos vulnerables desde ambos lados de la frontera, ha generado que numerosas organizaciones y asociaciones denuncien y condenen la ‘caza del inmigrante’ ejercida durante este verano en el norte de Marruecos; a pesar de estas condiciones  que viven los inmigrantes subsaharianos, creen que del otro lado de la valla de Melilla les espera un mejor futuro.

Razias contra inmigrantes en el monte Gurugú

Jesús Blasco de Avellaneda

Marruecos. (Periodismo Humano).- Nada más comenzar a subir el monte Gurugú el olor a madera chamuscada te golpea la pituitaria. Durante el mes de agosto se han producido al menos cuatro incendios considerables en la ladera de este inerte volcán que da a Melilla, además de otros muchos en la cara posterior y los bosques cercanos.

El calor es sofocante desde primera hora de la mañana, el comienzo del ascenso es pedregoso y yermo, y conforme el terreno empieza a ponerse cuesta arriba uno tiene la sensación de que todo el mundo le observa.

Los lugareños que salen al paso parecen en un primer momento estar perfectamente aleccionados por las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación marroquíes: tienen claro que el mayor problema en la zona es ‘el negro’. Y si les preguntas por los incendios, aseguran que la culpa no es sino de los negros, que ellos provocan los mismos para huir de la policía y así tener mayores posibilidades de acercarse a la valla de Melilla.

Pero si se conversa largo y tendido con alguno de ellos, al final, todos coinciden en que los inmigrantes pasan muchas penurias, que la policía los machaca a palos y que es raro no ver a diario a alguno malherido deambulando cerca de las carreteras.

A mitad de la subida, poco después del primer mirador, se encuentra la zona que los subsaharianos llaman ‘de paso’ porque era paso obligado para ir de los campamentos de una loma a los de la otra y viceversa. Además, esta gran explanada era utilizada por oenegés y melillenses para hacer reparto de ayuda humanitaria.

Ahora, y desde el pasado 15 de julio, hay un puesto de vigilancia permanente en el que no falta representación de la gendarmería real, las fuerzas auxiliares e incluso el ejército. Al menos doce hombres tienen controlada la única carretera de acceso al Gurugú. Su misión es servir de campamento base a las rondas de vigilancia por carretera y las redadas que se realizan por las laderas a pie. Además, se ocupan de apuntar las matrículas de todos los coches, miran que nadie haga fotos o tome vídeos y procuran que no lleven comida o enseres a los inmigrantes, ni siquiera las organizaciones encargadas de velar por su salud.

Una patrulla con seis hombres se prepara para subir en todoterreno. Llegarán hasta lo alto del macizo, seguirán camino de Segangan –un poblado cercano a Nador- y volverán de nuevo a la base; una rutina que se repite cada dos horas todos los días.

Si se sigue caminando, a ambos lados del asfalto el suelo comienza a estar extrañamente repleto de piedras, piñas y otros objetos dispuestos de tal forma que hacen sospechar que ha debido producirse más de una batalla campal entre subsaharianos y fuerzas del orden.

Más arriba, escondido tras unos árboles se encuentra Abu Bakr, un joven maliense que lleva casi tres años sobreviviendo en los bosques. Está más delgado que la última vez y se le nota muy cansado. Asegura que no puede más. Que desde mediados de julio las fuerzas de seguridad marroquíes están realizando entre dos y tres razias diarias por todo el monte. Informa de que ningún asentamiento queda ya en pie porque las fuerzas auxiliares llegan y echan de allí a sus moradores a palos. A los que detienen los llevan a la frontera con Argelia o a centros de reclusión. Todas las rústicas tiendas de campaña, las mantas, la comida, los papeles, los juguetes; toda pertenencia es acumulada en pequeños montones y quemada.

Continúe leyendo el reportaje completo del periodista Jesús Blasco de Avellaneda, publicado en Periodismo Humano, en el siguiente link.

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