Qué vemos cuando miramos

Qué vemos cuando miramos

Foto: Malena Vázquez
Foto: Malena Vázquez

Emilio Gomagú*

Hace tiempo que pensaba la manera de acercar a sus ojos una escena que, lastimosamente afortunado, presencié hace unos días. Muchas vueltas en la cabeza y borradores en la máquina pasaron para que desistiera del intento de encorsetar una situación que, en sí misma, es de una brumosidad tan clara que cualquier tentativa de ceñirla a alguna temática particular podía terminar por ahogarla.

Explico esto por mis anteriores acercamientos a los lectores de Lado B (que se dieron en forma de relatos o crónicas travestidas de notas periodísticas y otras menudencias hiperlinketicas),  que dieron vida –si acaso la tuviera- a este espacio que viene a llamarse Balero de cristal (el nombre quizá merezca una posterior explicación), y que pretendía ser una mirada del México actual desde una ventana del mundo donde llegan Buenos Aires. Pero la vida se ha empeñado,  hasta ahora, en demostrarme que lo mío y la rectitud de una columna son incompatibles, y es por eso que el relato que más adelante intento acercarles, no tiene aparente conexión.

Siendo esto una confesión de mi parte con respecto al presente texto y quizá habiendo perdido a más de un lectora (no deben asustarse del supuesto error o discordancia que sus ojos les hacen ver hasta-con-letritas-rojas en la última conjugación, pues en este caso escribir un lectora pretende desgenerar, quitarle el género a un posible otro del que desconozco sus preferencias nominales con respecto a femeninos y masculinos sin recalar en arrobamientos baratos o separaciones diagonales que terminan por ser desagradables) Sigo con el relato que espero sea entendido como un extracto (i)lógico de una (quizá no la más inesperada) realidad que atravesamos.

Joga Bonito. No Joga virtual

Las redes sociales han demostrado ser poderosas a la hora de convocar masivamente. Hace unas cuantas semanas Brasil consiguió, con los reflectores del mundo sobre el país sede de la copa confederaciones, hacer visible el descontento de una gran mayoría por el manejo de los recursos destinados a la justa deportiva que ve cómo se invierten carretadas de dinero en infraestructura (a la que nadie accederá días después de la copa y del mundial del próximo año) y dejando de lado los problemas más profundos del país (y del continente) como son salud y educación.

En ese maremágnum virtual asistimos, como usuarios prontos y gravemente comprometidos, a un sinfín de luchas y hacemos pública nuestra solidaridad por tanta cosa que acá resulta imposible enumerar. Conmovidos acudimos a llamados de concientización por casi cada problema del mundo y nos acercamos a otras culturas y sus estrellas fugaces. Sin embargo, siempre hay algo (mucho) que escapa a todo aquello que nace en y de la red. Tú, que lees de aquel lado de la pantalla y todos los que del otro (acaso el mismo) escribe, hemos tenido la fortuna de acceder a tal posibilidad. No sólo la de leer y escribir, dos cosas fundamentales para un pueblo que quiera forjar su propia historia, sino también a la chance de tener internet.

En ese mar alterado de la red, una de las cosas que salta todos los días es la pobreza en la que hemos sumido al mundo. Y es que, si se le abre la mirada, uno puede pensar mucho en la pobreza de uno y del otro. Abrir los diarios de cualquier parte del mundo es lo más fácil para acercarse al tema. Las diferencias sociales son notorias en todas partes. La menor preocupación invita, por lo menos, a sentir lástima de una población que uno poco mira en la realidad, tanto que puede llegar a considerarla imaginaria.

La pobreza tiene muchas caras.

A lo largo y ancho de América Latina podemos pensar las distintas pobrezas que caminan de la mano de muchos niños, jóvenes y adultos. Y digo pensar porque quizá la mayoría –por no decir todos– de quienes ahora leen estas líneas no sepan, afortunadamente, lo que significa realmente la pobreza, pero preocupados o sencillamente sensibles están dispuestos a mojar sus ojos en otras realidades.

Foto: Malena Vázquez
Foto: Malena Vázquez

Existen “organizaciones internacionales encargadas” de medir los niveles de pobreza en distintos países y regiones. Hace apenas unos días el Programa de Desarrollo de la ONU (PNUD) publicó un informe en el que determinó algunas cifras que nos sirven de telón de fondo. En parte de estas declaraciones indican que “el 38 por ciento de los latinoamericanos están en una situación ‘vulnerable’, es decir, que viven con entre 4 y 10 dólares por día, y que corren el riesgo de volver a caer en la pobreza, en particular debido a la calidad de su educación, la falta de acceso a servicios de salud y las condiciones de trabajo”.

“Uruguay, Argentina y Chile son los países con los niveles proporcionales más bajos de pobreza y con la clase media más grande; Costa Rica, Panamá, Brasil, Colombia, Bolivia, México, Venezuela y Ecuador se caracterizan por tener una población pobre mediana, proporcionalmente, y sectores medios emergentes”. Esto es, a grandísimos rasgos, lo que se ve de la pobreza en América Latina para el PNUD.

Una de las pobrezas tiene cara de paloma

Con estos datos en la cabeza puede uno caminar y darse los lujos que su ‘vulnerabilidad’ le permita; sin embargo, cuando uno se topa, cruda y frontalmente, con eso que piensa con cierta distancia, no hay alma o corazón sensible que resista, y ve entonces caer sus escrúpulos como migajas lanzadas para las palomas.

Foto: Malena Vázquez
Foto: Malena Vázquez

Av. Independencia y calle Bolívar, Buenos Aires, un día de semana común y corriente, cerca de las tres de la tarde. Antes de cruzar la avenida, de unos seis carriles de ancho, veo del otro lado a un hombre junto a un volquete de basura (esos esperpentos color verde-ecológico que están por todas partes) tirando migajas a un montón de palomas que se acercan a comer casi de su mano. Del otro lado del volquete espera un carromato metálico, con dos brazos cortos a uno de los costados para dejarse conducir en un fuerte apretón de manos, rodeado de una gran tela que pareciera que algún día fue color beige-casi-blanco, haciendo del carricoche una gran bolsa en la que éste hombre junta cartones para intentar sobrevivir y quizá sostener una familia.

El hombre recibe el sol en su cara mientras continúa regando migajas de un pan que, desde acá, pareciera necesitarlo tanto como sus convidadas de pico y alas. La escena me conmueve e invita a cruzar la calle en dirección a él y quizá decirle alguna cosa. Mirando con un poco más de atención veo una bolsa negra, pesada, acaso llena, que cuelga de una de las manijas del carromato. Semáforo rojo, pies sobre la acera en danza repetida de punta talón y ahí voy, llevado por mis ojos atrapados en la escena de aquel hombre que alimenta tranquilamente a un montón de aves. A media calle, esa barrera pintada sobre el asfalto disfrazada de cebra ha juntado tantos autos a mi lado como palomas alrededor de aquel hombre, y ahí justo la realidad aparece para golpearme seca y duramente en la cara. En un movimiento velocísimo y con precisión absoluta, el hombre ha hecho volar a la parvada y está envuelto en una nube de plumas, de la que sale en dirección al carricoche ya mismo fracturando el cuello de la paloma que lleva entre las manos y que depositará más tarde en la bolsa ¿junto a otras?

“A menudo cuando el destino de un hombre cambia súbitamente como resultado de sus propias acciones, es difícil saber dónde empezó de verdad la historia”, dice Jhon Berger, en un fragmento del libro Puerca Tierra, y me rebota ahora en la cabeza que no se ha podido rearmar, quizá pecando de sensibilería barata, porque tal vez que un hombre cace palomas para alimentarse no sea tan grave, y sin duda no es lo más escandaloso que he visto, pero aún me cuesta creer haberlo visto de verdad.

*(Latinoamérica, 1982) Psicologo, escritor, lector y caminante. Cursó la Maestría en Salud Mental Comunitaria en la Universidad Nacional de Lanús, Argentina (2009). Ha sido colaborador y lo seguirá siendo. Colecciona proyectos que buscan ver la luz. Alguna vez ha hecho teatro, alguna otra radio, alguna más video y foto; la música nunca se le dio, pero le sigue rogando.

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