El baile no se acaba

El baile no se acaba

A más de medio siglo y en medio de una marea de géneros musicales, híbridos de todas las clases, el danzón aún se practica, y los parques de la capital del país son algunos de sus nuevos territorios.

 

Alfonso Morcillo

@alfonsomorcillo

Andrés García oprime el play de su control remoto y el mambo comienza. Gira las manos al frente como enrollando una cuerda y luego da un salto hacia atrás. El baile ha comenzado. Sus alumnos atrás de él lo siguen mirándole las piernas, tratando de llevar su ritmo, rápido, preciso. Él dice los nombres de los movimientos, avisando del cambio. Gira sobre su cuerpo, da varios pasos hacia atrás en diagonal cruzando los pies, luego hacia delante, luego otra vez hacia atrás, en diagonal inversa, sin dejar de agitar los brazos.

Es sábado en la Plaza de La Ciudadela en la ciudad de México y Andrés García viste una camiseta de manga corta, estampado hawaiano, un pantalón azul de pinzas, flojo, y zapatos perfectamente lustrados. La camisa está desabotonada y su pecho muestra unos pelillos grises.

Sus seis alumnos se esfuerzan por seguirle el mambo y si se equivocan en alguno paso lo omiten y continúan. La melodía, “La niña popoff” de Pérez Prado prosigue con sus trompetas y timbales y cambios constantes de ritmo, lo que da lugar a que él agite los brazos y los hombros, de un pequeño salto, haga una giro completo, levante una pierna, luego la otra, gire el cuello y la cabeza y continúe agitando los brazos, todo con una cadencia y soltura que recuerda a los bailarines de las películas en las que el mismo Pérez Prado aparecía con su orquesta.

Su nombre es homónimo del actor mexicano que en los 80 fue símbolo sexual de las películas mexicanas de los 70 y 80, llega cada sábado a la Plaza de la Ciudadela, ubicada en la zona centro del Distrito Federal, donde desde hace 14 años se lleva a cabo el tradicional convivio para “viejitos” que se dan cita para bailar danzón.

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Hace 14 años el gobierno del Distrito Federal a través de la delegación Cuauhtémoc tuvo la idea de convocar a un concurso de danzón que por su asistencia y trascendencia se convirtió en una cita semanal a la que asisten los adultos mayores de la ciudad. Señores y señoras vestidos con sus mejores prendas para ir a bailar sus mejores pasos y presumir sus habilidades en el danzón, un baile que muchos jóvenes que pasan por ahí consideran de viejitos.

De acuerdo con Rosalinda Aceituno Ríos, organizadora y conductora, la fiesta sabatina no es sólo para personas de la tercera edad y que la idea surgió como parte de un programa de rescate de las plazas de la Delegación Cuauhtémoc. El programa se llamó primero “Danzón al aire libre”, luego “Plaza Nereidas” en recuerdo de un viejo salón de baile y ahora se le conoce como “En la Cuauhtémoc se baila así”.

– Mira – me dice la conductora luego de anunciar que desde hace un mes en el Monumento a la Revolución también llevan a cabo una fiesta de rockandroll para quien quiera asistir- ¿a poco ves puros viejitos? También vienen sus hijos y muchas personas más jóvenes. El baile no tiene edad.

– Ante el progresivo envejecimiento de la población, ¿se corre el riesgo de que se pierda esta tradición?

– No que va, el baile no se acaba – asegura y me señala a un joven de cerca unos veinte años- . Él, por ejemplo, ganó el segundo lugar en el concurso nacional de danzón hace unas semanas en Veracruz. Eso te habla de que esta tradición no se acaba. Es más – dice- ahorita van a dar un baile de exhibición él y su pareja y un maestro que anda por ahí.

Y es que de acuerdo con el documento elaborado por el Consejo Nacional de Población, “El envejecimiento demográfico en México. Principales tendencias y características” de Elena Zúñiga Herrera y Juan Enrique García “la combinación de una esperanza de vida cada vez mayor y una fecundidad en continuo descenso provoca un aumento significativo de la edad media de la población y una proporción ascendente de adultos mayores”.

En México, durante la primera mitad de este nuevo siglo, estas tendencias repercutirán en la estructura por edad de la población y se manifestarán en un acelerado proceso de envejecimiento demográfico pues un creciente número de personas alcanzará los 60 años de edad, lo que engrosará gradualmente la cúspide de la pirámide poblacional.

De acuerdo con el documento entre 2005 y 2050 la población de adultos mayores se incrementará en alrededor de 26 millones de personas, aunque más de 75 por ciento de este incremento ocurrirá a partir del año 2020.

Sólo la población en la capital de adultos mayores (de 65 años y más) aumentará su volumen rápidamente de 503 mil 357 a 942 mil 024 habitantes entre el 2000 y 2020

Rosalinda Aceituno Ríos, bajita, cabello teñido de negro, pocas arrugas enmarcan sus ojos, con voz segura, entrenada durante 10 años que ha conducido el programa “En la Cuauhtémoc se baila así” dice:

– Fíjate, el programa ha tenido tanto éxito que en otras delegaciones tomaron el modelo y ya hay sábados de danzón en Coyoacán, Iztapalapa, Álvaro Obregón, Neza y otros lugares. Aquí los viejitos vienen a convivir, hacen ejercicio, se sienten parte de algo, de una comunidad. Y eso es bueno para ellos, que antes no tenían un lugar gratis al que ir y divertirse.

Morcillo1Aquí viene de todo, los señores que vienen con sus esposas o los que son viudos o divorciados y que encuentran aquí a una pareja para el baile. Y sí, te puedo asegurar que varias personas aquí han conocido a sus nuevos esposos. Eso es muy bonito, te repito, es darle oportunidad a la gente de tener una convivencia que antes no existía. Ahí está el éxito de este programa.

Dice esto último y se dirige al micrófono para anunciar el baile de demostración del joven ganador del segundo lugar en el certamen nacional de danzón y de un maestro y sus parejas.

Calculo que habrá cerca de dos mil personas. Cincuentones vestidos de pachuco, sus pantalones holgados, sacos que les llegan casi hasta la rodilla, sombreros coronados por una pluma larguísima que se inclina sobre su espalda y todo de colores tan llamativos que van del azul turquesa al rosa mexicano pero brillantes.

Las mujeres van ataviadas con tacones, vestidos debajo de la rodilla en su mayoría negros, peinados que exageran en el uso de fijador y tintes que ocultan sus canas. La gran mayoría son personas de la tercera edad que lucen trajes, zapatos y sombreros de un México que ya se fue y que sólo puede apreciarse en las películas que el Canal 9 de televisión retransmite periódicamente.

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La Plaza de la Ciudadela es un jardín que se parte en diagonales con una escultura de un cañón al centro, representando la resistencia que opusieron las tropas leales al presidente Madero cuando el traidor Huerta lo asesinó ya estando en la presidencia y que desató la segunda parte de la Revolución Mexicana.

Hacia el sur de la plaza está el edificio de la Ciudadela, el fuerte que albergó a aquéllos soldados y que ahora es la Biblioteca México, a donde acuden estudiantes a hacer tareas.

El parque, arbolado, está lleno de lonas y es que la temporada de lluvias no acaba de irse. Pero a los asistentes no les importa. Ello bailan, se divierten y conviven.

Un poco más alejados del sonido central, decenas de maestros de distintos tipos de baile ponen su propia lona, conectan su reproductor de CDs e imparten clases a quien quiera pagar desde 25 hasta 40 pesos.

Andrés García es uno de ellos. Da clases de mambo, rumba, cha cha chá, salsa y si algún alumno se lo pide hasta tango.

Antes de iniciar sus clases Andrés García lanza unos lazos para colgar la lona que cubrirá su espacio. Saca su enorme grabadora y un portafolio con discos que coloca sobre una banca del parque. Verifica que la lona esté bien puesta y las cuerdas tensas. Platica con vendedores de discos y golosinas en espera de que sus alumnos aparezcan. Les cobra 25 pesos por clase. Antes por la mañana dio clases particulares a dos parejas y después en el parque Plutarco Elías Calles, donde cobra 40 por alumno y el domingo dará clases a un grupo de niños y sus padres.

– ¿Dónde aprendió?

– A mí nadie me enseñó, yo solito aprendí. Desde los 12 años me metí a los salones de baile porque me gustaba ese ambiente y ahí aprendí nomás de ver. Ya luego en los mismos salones de baile tuve maestros.

Andrés García tiene ahora sólo cuatro alumnos, pero la semana pasada anterior tenía siete. Dice que siempre van distintos, a veces unos continúan con la clase y cuando se prenden un baile ya no regresan. “Pero aquí siempre llueve para todos”, dice para ejemplificar que no lo mortifica el hecho de tener una sesión con pocos alumnos.

Lo miro hacer los pasos uno tras otro. Y a sus alumnos seguirle. Con una joven es especialmente atento y la hace repetir los pasos uno tras otro. Luego él le pone de nuevo la muestra y pone la música, hace tres o cuatro pasos y la detiene para explicar el resto.

Durante dos horas no para de bailar y se detiene sólo para cambiar el disco o beber agua. Su cuerpo es delgado y no tiene ningún asomo de barriga.

– ¿Se metía solo a los salones a esa edad?

– Sí, les daba un peso o 50 centavos a los de la entrada y me dejaban pasar.

– ¿Cómo era el ambiente?

– Yo no me quise quedar con ese gusanito, vamos a ver que vida se lleva, y vi Salón México y otras películas, el Califa que hicieron en el California Dancing Club. Pues yo lo había visto en las películas pero quería verlo por mí mismo y pues me metí. Ahí aprendí a bailar y conocí muchas mujeres y me hice padrote.

– Ah caramba, ¿cómo fue eso?

– Sí, si a una mujer le gustas por cómo bailas y además eres bueno para el entre, pues ellas te llaman y te mantienen, así que ahí me hice padrote – dice, aclarando que el entre se refiere a ser bueno para los golpes con cualquier otro que quiera sacar a bailar a su pareja.

Su rostro, de 50 años, aparenta una edad menor. Cuando recuerda los momentos que platica no puede evitar sonreír y mostrar que le faltan los dientes frontales. A nuestro alrededor otros bailarines siguen dando sus clases. Son las 6.30 de la tarde y el cielo comienza a oscurecer, llenándose de nubes.

– Es como te digo – continúa- uno tiene que rifarse y defender a su mujer. Un día estaba yo con mi pareja, ya tenía unos  20 años, y llegó un canijo y jaló a mi damita y ¿quióbole? De eso de ¿quióbole por qué la jalas? No. Debe uno de llegar  y a tumbar caña y pues no contaba con que era judicial y llevaba otros dos; no’mbre, me dieron una arrastrada pero en serio y nadie me apoyó.

“Me mandaron al hospital como tres meses con costillas rotas y pues los dientes ya no los recuperé. Pero así es esto, uno tiene que ser buen bailarín y brincarle con cualquiera si quiere tener mujeres”.

– ¿Tuvo muchas?

– Sí, como no. Casi todas ellas mayores que yo. Yo fui padrote. Cuando era niño me invitaban un refresco, a comer, me llevaban a mi casa. Ya más grande pues me compraban ropa, me llevaban a cenar, me daban dinero para que yo pagara y no me pedían el cambio. O íbamos al teatro y lo mismo, me daban el dinero para pagar.

En un inusual silencio se escucha la voz de la conductora, que lee a los presentes párrafos de libros con frases filosóficas y de autosuperación. En este preciso momento alcanzo a escuchar una que dice: “Viven como si pareciera que nunca van a morir y cuando la muerte está cerca se niegan a ella como si nunca hubieran vivido”.

Volteo hacia el lugar de donde sale la frase. Veo varios puestos de comida vender sus productos, rodeados por decenas de personas que piden quesadillas, sopes, huaraches, tlacoyos. Hay quienes prefieren una nieve o un elote. Andrés García le pide a un amigo que le ayude a desmontar la lona. Yo continúo la charla.

– ¿Y no se casó con ninguna de ellas?

– No, porque yo conocí un viejito que me dijo: nunca te enamores, tú ten las que quieras y dales lo que te pidan, ellas te van a dar lo que tú necesitas, que viene siendo pues dinero, ropa si quieres, un carro pues también te lo vas a ganar, me dijo. Pero ahí ya sabes que es otro rollo, si quieren que vivas con ellas, no, porque no debes ser pelele de nadie, ah perfecto, dije. Tenía yo 20 años cuando el señor, que también en su juventud fue padrote pues me dijo, no, no te vayas amarrar con nadie, ya más adelante ya tú sabrás con quién.

– Y dice que ya está casado.

– Tenemos 20 años de casados – dice y de nuevo esboza una sonrisa pícara que deja ver su falta de dentadura y que hace que sus arrugas al lado de los ojos se marquen.

Una mujer se le acerca, un poco más baja que él, su piel es blanca y las manchas y las arrugas de sus manos delatan a una mujer de más de sesenta años, viste de negro y porta una chalina que le envuelve el cuello pero que no puede ocultar algunos collares. Andrés le hace una seña con los dedos indicándole que lo espere.

Como explicación me dice que con las clases también le salen mujeres. “Mi esposa mejor optó por no venir y es que a ella también le llamó la atención meterse con los testigos de Jehová. Yo no voy a cambiar, porque me dice anda ven conmigo. No, cómo voy a ir los fines de semana y me voy a estar flagelando, pues no”.

– ¿Usted cree que esta tradición de bailar aquí se termine? ¿Cree que los jóvenes ya no se interesan por estos bailes?

– No, no, es  mentira. Yo aquí tengo alumnos de todas las edades. Y lo que pasa es que mucha gente no trata de aprender lo que en verdad se debe de aprender, porque a mí todos mis amigos que me enseñaron me decían: nunca quiero que seas envidioso, todo lo que estás aprendiendo enséñalo. Me dijeron que transmitiera lo que aprendí para que esto nunca caiga. Es como el danzón, ¿cuántos años tiene? Pasa de 110 años y sigue y sigue y la mayoría de mis niños lo bailan; tengo niños de 6 años y bailan danzón.

El cielo se ha encapotado y algunos truenos anuncian la inminente lluvia. Andrés se acerca a su maleta para guardar sus pertenencias, su grabadora y portafolio de discos, aunque le falta la lona.

“El baile par mí lo es todo, conlleva tanto condición física, relaciones con las mujeres, con los músicos en los salones de baile; también económicamente me deja, actualmente estamos hablando de cinco años que empecé a dar clases.

“No me va mal y sí me dicen: ¿y lo que te dan tus amiguitas? No, ya no, al contrario, ahora me piden, les digo. Yo ya no estoy para esos trotes. Hay mucho que todavía a mi edad todavía andan ahí, yo les digo que son ya muy viejos para rebeldes, eso déjalo para los jóvenes de 40 años, pero ya al tostón o más ya no”.

– ¿Joven a los 40?

– En el baile tiene uno muchísima condición en todos los aspectos. Para tener a las mujeres bien atendidas, todavía a los 40 las atiende uno muy bien. A los 50 pues ya no es lo mismo los tres mosqueteros.

Me alejo un poco para observar cómo se acerca su amiga y le da un beso en la mejilla y lo jala sin violencia.

Andrés García, como el símbolo sexual fornido y peludo en las películas de los años 70 y 80, se deja querer. Guarda su lona, ata la maleta a un carrito que jala y con el brazo doblado deja que la mujer evidentemente mayor se cuelgue de él.Lado B. Periodismo 3.0

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