GIACOMO, UN PARACAIDISTA

GIACOMO, UN PARACAIDISTA

Yussel Dardón

@ydardon

En ese extraño libro en forma de diario que Antonio Tabucchi tuvo a bien llamar Réquiem, el italiano suelta una frase como quien abre la escotilla por la que un paracaidista se arroja para hacer acrobacias en el aire a una velocidad que de tan rápida parece estática: “No me deje solo entre personas llenas de certezas. Esa gente es terrible”. Esa frase de Tabucchi, que bordea la incertidumbre y el temor a lo conocido, es un gatillo del azar que el escritor jala de manera continua y que sirve como una sugerencia, una posibilidad: el ensayo del acierto y error.

Así, en el azar que supone el día a día, en esa idea de que el pensamiento es un destello, un chispazo, Mario Martell escribe El aria de Giacomo, un libro que reúne aspectos del escritor-cronista, del escritor-ensayista, del escritor-poeta, crítico, espectador.

El oficio de Martell, acuñado por la mirada del cronista que se mueve entre el periodismo y el discurso literario, despunta por la honestidad con la que habla, porque al fin y al cabo todo escrito, todo ensayo en El aria… es un mapa para conocer por fragmentos al autor.

A lo largo de los textos que componen el libro, disfrazados de relatos, aforismos, greguerías, crónicas, reseñas y poemas, Mario Martell deja entrever su preferencia por lo disperso, por la idea de que en una vida llena de fracturas los discursos mínimos abundan. Pedazos que el cronista —personaje-bufón que recorre El aria de Giacomo— mete a una bolsa para caminar por la ciudad y el lenguaje.

En el prólogo que escribe para los Ensayos escogidos de Michel de Montaigne, Juan José Arreola —uno de los maestros en México de la literatura de varia invención—señala que los textos del pensador francés “no son, en sentido estricto, ni memorias, ni historia, ni filosofía, ni apuntes para un libro futuro”. Son, asegura, “el retrato cultural de un hombre que dándose a conocer a los demás, trata de conocerse a sí mismo desde todos los ángulos posibles”, por lo que de manera continua “agrega datos y fichas para la composición de su enciclopedia personal: la de lo vivido y aprendido; la que resume la experiencia del espíritu intemporal y la del cuerpo pasajero”.

Es en esa línea de autoconocimiento y muestrario en la que se encuentra El aria de Giacomo, al pertenecer a esos libros liminales que apuestan por girar sobre sí mismos hasta encontrar su centro, pues como el autor asegura: “el cronista… siempre sale para regresar”.

Cada uno de los apartados que componen el libro recuperan la mirada de Martell sobre temas variopintos, desde la crítica al oficio del cronista, del lenguaje al servicio del poder (Canta, ¡oh, periodismo! la cólera del pelida Aquiles…), o de la visita y descubrimiento de escritores, de lugares mágicos como Cuetzalan o la sala de un cine, cómplice de la indecisión del narrador.

citaDardon

El aria de Giacomo es un libro de “varia invención”, como se señala en la cuarta de forros, un libro de apuestas constantes y de ensayos que no temen contradecirse porque al fin y al cabo el ensayo permite sublimar la certeza, pues como Martell recuerda: “Miramos la corteza, no el bosque. Somos árbol”.

En este juego de decir algo de una forma en la que posiblemente fue dicho antes, como el ejercicio de curaduría que Mario Martell realiza en El aria de Giacomo, se señala la estética del autor: “de pronto sintió que lo había dicho todo, que ya no había mucho que decir”. Entonces, flash

En el texto “Las paces con el mundo” Martell recuerda una frase del escritor y periodista Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. La frase de “Gabo” bien puede completarse con algo de “Miguel de la Montaña”: “Yo soy la materia de mi libro”. Es esa, desde mi punto de vista, la proximidad de Mario en el periodismo y la literatura: en este libro no se encontrará al autor revelando chismes de la “polaca” (lo siento por quienes piensan que el periodismo es eso, únicamente eso) y sí reflexionando en torno a la escritura

Celebro la parición de El aria… de Mario Martell por confrontar de manera continua la reflexión, celebro además que tanto el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla (CECAP) como Ediciones de Arte y Cultura publiquen este muestrario de fragmentos y textos que sin duda se verán luminosos en el cielo, mientras levantamos la cara para observar la caída de un paracaidista de nombre Giacomo.

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