Érase una vez un soldado que se transformó en mata pavos…

Érase una vez un soldado que se transformó en mata pavos…

El uso del cuchillo no llegó a ser su especialidad como soldado, pero aprendió a usarlo como el mejor de los matanceros. Lo suyo fue el adiestramiento en Metralletas Lanzagranadas.

Víctor Ulín*

@Victor_Ulin

El miércoles de hace un año que le delegaron la responsabilidad de matar al primero, César no pudo.

-Cuando lo vi, me dio lástima, pero con el tiempo te vas acostumbrando a matarlos y ya no sientes nada.

Ese día, Marcos y José, sus dos compañeros, presenciaron el primer y único fracaso de César.

En una semana, ya presumía su destreza con el cuchillo cortando una decena de cuellos y reivindicaba la enseñanza castrense que tuvo durante 17 años de soldado raso.

César se quedó con la titularidad de mata pavos por decisión del patrón, aunque ante la presencia de Marcos y José, prefiere decir que los tres matan en igual número desde las nueve de la mañana que llegan los primeros animales para ser sacrificados.

-Yo soy el que mata, los demás son los que pelan- me confió César otro día que platicamos por la tarde. José y Marcos, sus dos compañeros de trabajo, estaban en la cocina.

Ni José ni Marcos son ex militares como César que los ha superado si de tasajear cuellos se trata. José es un ex petrolero veracruzano que padeció las consecuencias del recorte de personal ordenado por el ex presidente de México Carlos Salinas de Gortari en 1989, y la caída del ex poderoso dirigente sindical petrolero Joaquín Hernández Galicia, alias La Quina, sustituido después por el ahora senador Carlos Romero Deschamps. Marcos fue chófer de combi antes de dedicarse a este oficio.

La paga por degollar pavos no es tan mala. Mil 500 semanales son suficientes para César, “da para vivir”. Con el salario de su esposa que también trabaja en el restaurante, juntan lo suficiente para mantener a sus tres hijos, dos varones y una mujer.

***

La primera vez que observé a César trabajar recordé un video que circuló en YouTube hace ya algunos años: hay dos sujetos de rodillas con los ojos abiertos y la boca sellada con paliacates. Frente a ellos, dos tipos parados: uno tiene un cuchillo cebollero en la mano y el otro carga una sierra circular de las que se usan para cortar árboles.

El de la sierra la enciende y deja que uno de los sujetos, -colocado del lado derecho en la toma de la videograbación-, observe de frente los dientes filosos de acero que se mueven para masticar y engullir de una sola mordida letal a su presa. Se acerca y coloca la máquina eléctrica justo a la altura del cuello en posición horizontal.

En segundos, la sierra separa el cuello de la cabeza que cae y rueda en el suelo a un costado de donde está el compañero que no puede gritar porque el paliacate no se lo permite. Solo abre los ojos desorbitados para pedir la clemencia que nadie le ofrece.

En su turno, el segundo tipo se arrima a la otra persona que permanece de cuclillas. Esta vez no es tan rápido. Cortar por completo el cuello hasta separarlo de la cabeza le lleva unos minutos como para que la víctima presencie su propia muerte.

En las manos, César toma ahora el cuchillo y se acerca a la víctima que lo mira despavorido: se notan los años de estancia y enseñanza que recibió en la milicia a la que decidió incorporarse por convicción. Rondaba entonces los 20 años de edad.

Foto: aguilaosol.org
Foto: aguilaosol.org

El uso del cuchillo no llegó a ser su especialidad como soldado, pero aprendió a manejarlo como el mejor de los matanceros. Lo suyo fue el adiestramiento en Metralletas Lanzagranadas, adscrito a la Quinta Compañía del 36 Batallón de Infantería en Iguatlán, Veracruz. Durante el tiempo de militar, Carlos asegura que nunca dañó a nadie.

Es un ex soldado a lo tropical. El prototipo del nativo sureño: moreno, delgado, de estatura media y una piel canela inconfundible. De ningún modo se parece al soldado norteamericano de las películas de Hollywood o de los del norte en los Estados Unidos o México: fortachones y de una estatura que compiten con la de los basquetbolistas.

Si lo vieran tomar el cuchillo con el estilo del soldado adiestrado para matar o montar su moto con la que se transporta desde su casa, entonces se darían cuenta de que no le pide nada a sus pares del norte.

Abandonó la milicia contra su voluntad. A los 28 años el accidente en el Jeep durante un patrullaje de reconocimiento lo habría de retirar de la actividad castrense.

-Los médicos dijeron que quedaría tocado, pero quedé bien.

Los altos mandos siguieron la recomendación de los médicos y pensionaron a César. Pensaron que el coagulo de sangre en la cabeza provocado por el golpe al caer del Jeep afectaría su desempeño de por vida.

Antes de asumir el rol de matador y de conocer a Marcos y José, fue un albañil especializado en repellar las paredes con pasta para darles un fino acabado a las paredes.

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Si ustedes han presenciado la muerte de pavos en serie, podrán comparar que es muy similar a las ejecuciones que en el último sexenio vemos con frecuencia en los diarios de nota roja en México o en los videos que circulan en YouTube o portales anónimos.

La diferencia es que César usa un minúsculo cuchillo del tamaño de una navaja para degollar a los pavos con la destreza de un médico que toma el bisturí para cortar la piel en una operación, sin causar más allá del daño necesario y sin consecuencias mortales.

Le pregunto a César si por las noches puede dormir o si se despierta gritando. Me responde que no, que duerme tranquilo, que se acostumbró a degollar sin el menor remordimiento.

Ni un asomo de aquélla lástima que lo hizo titubear la primera vez que le tocó degollar un pavo.

De un año a la fecha, el número de aves de corral que han pasado por su cuchillo es incuantificable.

Los días de menor demanda en el restaurante mata 20 y en fechas importantes como el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, o para el 24 de diciembre, en Navidad, más de cien. Parece un personaje bíblico arrancándole la cabeza a los filisteos.

Su mayor récord de pavos degollados lo alcanzó el pasado 24 de diciembre: mató 60.

Cada animal provee de 14 piezas que son destinadas para el preparado del sancochado, la especialidad de este restaurante localizado a dos kilómetros de la capital de Villahermosa, en el municipio de Nacajuca, muy frecuentado por los comensales.

Los tabasqueños no cesan de comer el sancochado durante todo el año que el restaurante permanece abierto. Los colombianos también morirían por un sancocho de gallina.

***

En la parte trasera del restaurante, descubierto en sus laterales, al frente y detrás, con medias paredes de concreto, tejas rojas de plásticos que sirven de techo, hay tres hombres a los que pocos observan cuando aparcan sus automóviles en el estacionamiento: César, José y Marcos. Lo que miramos a lo lejos es algo que se asemeja a una choza ladeada, apenas sostenida por 14 troncos aferrados a la tierra.

En la mesa de madera, José pela un pavo y César, a dos metros, sostiene en su mano el cuchillo para matar al siguiente. Marcos barre el plumaje acumulado de los animales pasados al arma desde las nueve de la mañana que los llevan los proveedores del mercado público.

Es requisito que las aves sean criollas. Cualquiera se daría cuenta al primer sorbo si el pavo es criado en los terrenos de los campesinos, o en las granjas de los grandes productores.

A unos tres metros de la mesa, un fogón calienta el agua en una tina plateada. Hierve.

Cinco cuerpos cuelgan de un palo colocado horizontalmente en lo que han llamado la zona de matanza: Todos están vivos. No hay gritos. Ni la menor intención de escapar. Los cinco pavos restantes están atados de los pies y es imposible desatarse. Es un holocausto: los pavos parecen revolucionarios en el paredón.

Entonces César se acerca con el sigilo de un buen cazador para no hacer ningún ruido ni drama. El corte en el cuello del pavo tiene que ser rápido, letal y la muerte  instántanea.

Con la mano izquierda toma la cabeza y la estira para dejar descubierto la zona del cuello. Con la derecha, lo cercena y brotan hilitos de sangre espesa que deben caer en la cubeta colocada debajo del pavo que apenas patalea en su instinto por sobrevivir.

Su cuerpo tiembla, pero el pavo no chilla. Los cuatro restantes permanecen callados y sus ojos temblorosos parecen anidar un miedo ante lo inexorable de la muerte, como en aquél video de los dos amigos que presenciaron mutuamente su ejecución.

El pavo es desplazado a la tina. Tres o cinco sumergida y las plumas se desprenderán de la piel aflojada por el agua.

El pavo debe quedar totalmente desnudo, sin plumas. En los viejos la piel es blanca y en la de los jóvenes amarilla, más suave, me dice José. En otra mesa contigua a la de donde José raspa la piel porosa, Marcos se encargará de cortar el ave en 14 partes, ni más ni menos.

El proceso continúa: cada una de las partes del pavo es lavada, por separado, en seis tinas medianas, antes de que sean trasladadas a la cocina para preparar el sancochado.

-¿Nunca gritan los pavos cuando los están matando?

-Sí, a veces cantan.

-¿Cantan?

-Sí, cantan como pajaritos.

El canto del que habla César –que yo no escuché durante la ejecución masiva que presencié en el área de matanza-quizá sea una manera muy heroica de algunos pavos criollos de morir antes de acabar en partes en un plato hondo de peltre para ser engullidos por los comensales que pagan ciento diez pesos por un sancochado.Lado B. Periodismo 3.0

*Víctor Ulín es periodista y profesor de periodismo en Tabasco. Forma parte del grupo fundador de Aguila o Sol. Este texto fue publicado originalmente en dicho portal y se reproduce con su autorización.

AguilaoSol

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