El otro sueño de Serafín

El otro sueño de Serafín

La historia del joven que desde las sombras quiere ser reportero deportivo y entrevistar a Ronaldo y a Rafa Márquez.

 

Víctor Ulín*

@Victor_Ulin

Ahorcarse fue su primera opción. La idea lo merodeó  varios días de los tres años que pasó sin salir de casa. El jueves que lo intentó esperó a que sus hermanos y madre lo dejaran solo.

—¿Y llorabas?

—Sí. Me daba coraje. Ya no quería salir de mi casa. Me encerré totalmente tres años. No quería que me vieran.

Renunció al uso de las cuerdas porque no pudo conseguirlas desde su impuesto cautiverio que sumaba dos meses.

Lo  único que obtuvo para anticipar su muerte fueron unos medicamentos. Vació en un vaso de cristal el contenido de las dos cajas de pastillas y de unas gotas para la vista.

El sabor amargo de las gotas lo acercaron un poco a la fatalidad pretendida. Si las ingería combinadas con las pastillas que el médico le había prescrito para disminuir los dolores de cabeza, el camino a la muerte sería el mismo que con la cuerda.

—Yo sabía que las pastillas sí pueden intoxicar. Algunos mueren así. Muchas personas se matan envenenándose.

Durante dos meses, en su cuarto, solo, preguntándose por qué le había pasado a él, lo cercó el límite y casi lo enamora la locura. Esa delgada línea en la que no se decide nada: solo se actúa por instinto, por dolor. Ese querer encontrar el antídoto que contrarreste el sufrimiento y nos vuelva a una paz terrenal incomprensible, pero paradójicamente repetida en los rezos de los nueves días de velorio y el cabo de año (“Que Dios lo tenga en su santa gloria y lo lleve a descansar en su santísimo reino…”)

—Yo pensaba que todo se acababa para mí.

Era como si Dios le hubiera apagado a Serafín las  luces de su mundo y dejado a oscuras.

—En ese momento, uno no tiene ni siente miedo. Solo ganas de no existir.

En ningún instante titubeó. Pero la irrupción de su madre Claudia en el cuarto impidió que Serafín bebiera del vaso.

El llanto de su madre le ahuyentó el deseo de matarse.

***

Mientras lo observo, me doy cuenta que Serafín sigue manteniendo el físico del adolescente de 12 años que corría tras una pelota de fútbol en la secundaría: su piel clara, pero también el cuerpo delgado y su rostro pueril. Como si poco antes de que la luz escapara de sus ojos, le hubiese hecho una última concesión en descargo de su cobardía por no resistir la embestida del glaucoma que no pudo ser frenado por los médicos: archivar en el espejo de la casa su última imagen de sí mismo.

Desde su primer año de edad, los padres de Serafín se enteraron que la apenas visible nube blanca que crecía en sus ojos era el síntoma típico de un glaucoma que, bien atendido, podía ahuyentarse. Las veces que los médicos lo programaron para intervenirlo quirúrgicamente, el nerviosismo de Serafín se los frustró. Los esfuerzos del anestesista fueron vanos. Sin el cuerpo a merced para la cirugía, nada podía hacerse.

El glaucoma avanzaba con la lentitud que lo hacen las nubes negras en el cielo y sometían cada centímetro de la pupila de Serafín que continuaba con su activa vida de adolescente.

-A la edad de 12 años perdí la visión y dejé de estudiar. Después de eso, no aceptaba lo que me pasaba. Me daba coraje por haber perdido la vista. La catarata me la deformó .

El último intento por recuperar la visibilidad lo hizo hace algunos días que viajó al hospital de la Luz de la Ciudad de México.

Ahora, con 25 años de edad, era demasiado el riesgo y pocas las probabilidades de volver a ver.

Las esperanzas provenían de su ojo derecho: los médicos hubieran intentado retirarle lo que parece una mortaja blanca tapándole la vista, pero solo le aseguraron el 40 por ciento de probabilidades de que la operación fuese exitosa, el 50 de quedar igual y el 30 de cegarse completamente y no volver a ver la sombra de los colores.

—Preferí quedarme así.

Su ojo derecho resiste la voracidad del glaucoma que admite una pequeña hendidura imperceptible. Es  su único vínculo con el mundo.

Serafín puede distinguir algunos colores como el amarillo o el azul, no palabras ni lugares. Con su bastón tantea el camino para evitar caer en un agujero o ser atropellado.

***

Serafín ciertamente no es el Principito que aparece recostado sobre un mundo pequeño observando el universo, pero gustaba de ver las estrellas y el cielo azul por las noches.

Foto: aguilaosol.org
Foto: aguilaosol.org

Los haces de luz que se escabullen entre el glaucoma de sus ojos le reflejan aún una pizca de ese cielo que dejó de ver por completo poco antes de concluir la secundaria.

—Cuando el cielo está azul, lo alcanzo a ver. También el sol, la luna. Lo que ya no veo son las estrellas.

Mientras me cuenta, cómodo, sentado en una silla de paleta universitaria color naranja, Serafín sonríe. Sonríe siempre. Solo se pondrá serio al posar para la foto que le pediré.

Sus manos, desde que comenzamos la entrevista, no han dejado de mirarme ni de moverse.

Las manos de Serafín son sus ojos. Las que lo guían a diario desde su casa hasta la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco en la que estudia. Vive en San Fernando, Macuspana, un municipio (departamento) localizado a 30 kilómetros de la capital de Villahermosa. El bastón es como sus pies que le avisan dónde pisar para no tropezarse.

El miedo de sus primeros días caminando a ciegas es una referencia de su vuelta al mundo de los vivos.

La primera vez que salió de su casa luego de los tres años de aislamiento, fue para asistir a una escuela de débiles visuales y concluir la secundaria. El temor que lo acechaba era el de un bebé dando sus primeros pasos y llorando en la primera caída mientras extiende los brazos en espera del consuelo y del abrazo de mamá.

—Mi mamá me dice ahora: antes no querías salir, y hoy no paras en la casa.

Un jueves decidió buscar de nuevo su independencia y salió de la escuela sin esperar a que su madre lo llegara a buscar como de costumbre para llevarlo a casa.

—Ese día me perdí. La combi me pasó, pero preguntando llegué a la central camionera. Ya no quería que mi mamá llegara por mí.

Serafín aprendió a caminar solo. Reconquistó su independencia en su casa y en la escuela. Aprendió a leer con el sistema Braille en la escuela de Débiles Visuales. La preparatoria la estudió en la modalidad abierta en el Colegio de Bachilleres de Tabasco.

A los 20 años de edad presentó el examen de admisión a la UJAT  y lo aprobó sin problemas.

—¿Si le digo cuál era mi sueño no va a creer?

—Sí te creo. ¿Cuál?

—¡Estudiar comunicación! ¡Y Quedé!

En la universidad estatal, como en otras del país, la licenciatura en comunicación es de las más demandadas por los jóvenes, y Serafín compitió con otros cientos por un lugar.

Cursa actualmente el cuarto semestre de la carrera y ha probado que lo suyo es el periodismo.

—Quiero ser reportero de deportes.

—¿A quién te gustaría entrevistar si tuvieras la oportunidad de hacerlo?

—A Ronaldo y a Rafa Márquez.

***

Los compañeros de Serafín lo ayudan a desplazarse en las escaleras para llegar a los salones o a cruzar las avenidas en la universidad. Es una compasión que acepta, pero Serafín quiere que lo traten como una persona normal, sin el adjetivo de minusválido o débil visual.

—Yo me siento capaz. Puedo hacer las cosas.

Pocos creen a la primera que viene y va solo de su casa a la universidad, o a cualquier otra parte de la ciudad, o al Distrito Federal que ha visitado y conoce.

—Se admiran los chamacos. Me dicen: tú que no ves, conoces la ciudad. No me gusta ya la soledad.

Ha trabajado como recepcionista en el Sistema Estatal de Empleo, en el Museo El Papagayo y recientemente le ofrecieron emplearlo  en el Ayuntamiento de Macuspana. Es también un atleta de alto rendimiento: practica el atletismo y, en su especialidad, ha sido seleccionado para competir en Veracruz y una vez en Colombia. Sus medallas atestiguan sus triunfos.

Serafín asegura que si volviera a nacer pediría ser casi el mismo. Lo único que le gustaría borrar es el día en el que el glaucoma se comió la luz de sus dos ojos. Lo demás lo dejaría intacto, tal cual, en particular su etapa de adolescente. En ese sueño de Serafín va incluido correr tras un balón de fútbol y mirar las estrellas de nuevo.Lado B. Periodismo 3.0

*Víctor Ulín es periodista y profesor de periodismo en Tabasco. Forma parte del grupo fundador de Aguila o Sol. Este texto fue publicado originalmente en dicho portal y se reproduce con su autorización.

AguilaoSol

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