¿Un fin del mundo catastrófico y creíble?

¿Un fin del mundo catastrófico y creíble?

Escena de la película Los últimos días
Escena de la película Los últimos días

Sergio Ferrer | Agencia SINC

Año 2037. Un hombre intenta sobrevivir en un mundo arrasado por la enfermedad y el caos en medio de una epidemia que extermina al Homo sapiens. Este argumento no pertenece a ningún guion de Hollywood, se trata de El último hombre (1826), la primera historia moderna de ficción apocalíptica, escrita por Mary Shelley, la madre de la ciencia ficción moderna con su novela Frankenstein o el moderno Prometeo(1818).

Desde entonces, la humanidad ha encontrado su final –o ha estado cerca– en libros, películas y cómics que hacen meditar sobre el futuro de la especie.

A pesar de ser una de las obras favoritas de la creadora de Frankenstein, su novela El último hombre recibió durísimas críticas que la calificaron de cruel y repugnante, y no volvió a ser publicada hasta 1965. Había comenzado un género que vive en los últimos años su etapa más fructífera.

Años antes de que se recuperara la infravalorada obra de Shelley, Richard Matheson publicó Soy leyenda –considerado por muchos como el mejor libro de vampiros desde Drácula–, y que también recibió críticas injustas. “Podría considerarse como una admirable obra menor, si el autor no hubiera insistido en cargarlo con las racionalizaciones científicas más infantiles del año”, escribía en 1956 el maestro de la ciencia ficción Damon Knight.

El apocalipsis va a llegar…

Aunque a Knight no le agradara, la crítica actual considera que esas explicaciones infantiles son una de las mayores virtudes de Soy leyenda. Al narrar cómo el protagonista Robert Neville intenta descubrir la causa del apocalipsis haciendo uso del método científico, Matheson define una norma del género: para que dé miedo tiene que ser creíble.

En un intento por conseguir esta credibilidad, Contagio muestra los esfuerzos de Gobiernos y científicos por frenar una pandemia que recuerda al miedo provocado por virus como el de la gripe aviar o la más reciente gripe A.

El pánico a una catástrofe de este estilo se debe al recuerdo de la gripe española de 1918 –que dejó entre 50 y 100 millones de bajas en un año– y la peste negra, que diezmó Europa en el siglo XIV matando a un tercio de la población de entonces, 25 millones de personas.

Que en el siglo XXI aparezcan enfermedades tan devastadoras es posible, con la salvedad de que los avances médicos y tecnológicos permitirían una respuesta rápida y eficaz. “La sanidad pública está avanzada, existen programas de prevención, campañas de vacunación e infraestructuras internacionales”, explica un artículo que analiza el impacto de la gripe española en el Journal of Infectious Diseases.

“Hoy las mayores dificultades para mitigar los efectos de una pandemia estarían en asegurar el acceso a los recursos médicos a todo el mundo –advierten los autores–, algo especialmente difícil en países en vías de desarrollo”.

Pitufos zombis

Shelley inspiró a Matheson, que a su vez inspiró a George A. Romero para crear en 1968 no la primera, pero sí la más influyente película de zombis, La noche de los muertos vivientes. Nacía otro tipo de epidemia, no por inverosímil menos querida por la ciencia ficción.

A la popularización de estos seres, que tienen su origen  en el vudú, contribuyó notablemente el dibujante belga Peyo con su historia Los pitufos negros (1959), donde las criaturas infectadas solo decían “¡Ñac!” y contagiaban con sus mordiscos a los pitufos azules. Desde hace años, los zombis están de moda más que ningún otro personaje apocalíptico, como demuestra el estreno el próximo verano de Guerra Mundial Z, la adaptación del bestseller de Max Brooks protagonizada por Brad Pitt.

Reanimar a los muertos es imposible para la ciencia, aunque se haya intentado numerosas veces con experimentos de lo más extravagantes; no obstante, la aparición de un ‘virus zombi’ sería posible –con mucha imaginación, eso sí– sobre el papel.

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Escena de la serie The Walking Dead

En el documental The Truth Behind the Zombies de National Geographic se analiza esta posibilidad. Sería necesaria la combinación por ingeniería genética de virus que afecten al comportamiento, se trasmitan fácilmente por el aire y produzcan sangrado, como son los virus de la rabia, de la gripe y del ébola, respectivamente.

“Afortunadamente la naturaleza no permitiría que se produjeran todas esas combinaciones, y en cualquier caso el resultado sería un virus letal [y por tanto, poco contagioso]”, afirma Samita Andreansky, viróloga de la University of Miami’s Miller School of Medicine (Florida) en el documental.

En otras ocasiones, el ser humano se enfrenta a problemas reproductivos consecuencia de algún tipo de catástrofe. Es el caso de Hijos de los Hombres, donde poco a poco la población mundial va quedando estéril, hasta que ya no nacen nuevos niños.

Una situación como esta sería altamente improbable en opinión de los expertos. “La fertilidad no podría caer en picado, es un concepto que no contempla la teoría de la evolución”, explica a SINC Marcos Meseguer, investigador del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI). “Aunque se oiga que la fertilidad ha disminuido, no es cierto, solo se ha retrasado la edad de reproducción, y parejas fértiles a los 20 no lo son a los 35”, concluye.

Unos nuevos Adán y Eva

Otro mundo donde la población no es estéril pero se enfrenta a un problema similar se describe en Mecanoscrito del segundo origen (Manuel de Pedrolo, 1974), uno de los libros más leídos de la literatura catalana, que el director Bigas Luna adaptará a la gran pantalla. En este caso las esperanzas del Homo sapiens residen en dos niños, los únicos supervivientes de un intento de invasión alienígena.

Aunque una única pareja inicial tal vez sea algo extremo, muchos expertos piensan que procedemos de un grupo más bien pequeño de seres humanos, posiblemente de unas pocas decenas de miles –tal y como muestran estudios del genoma mitocondrial– por lo que la recuperación de la especie sería posible con una cantidad relativamente baja de supervivientes.

Los amantes de las viñetas también han podido disfrutar viendo cómo la humanidad pasa penurias en pos de su supervivencia. La serie de cómics Y, el último hombre, escrita por Brian K. Vaughan y ganadora de numerosos premios Eisner y Harvey, es un ejemplo interesante desde el punto de vista científico. En esta historia, todos los mamíferos portadores de un cromosoma Y, los machos, mueren de repente, dejando como único superviviente masculino al protagonista y su mono.

Actualmente la tecnología de reproducción in vitro, junto a las grandes reservas de esperma existentes, podrían asegurar la continuidad del ser humano. “Existen muchas enfermedades que afectan selectivamente a un sexo, pero ningún virus letal como el de esta historia”, afirma Meseguer. “En el muy improbable caso de que ocurriera algo similar, con el semen congelado se podría regenerar la especie, aunque existiría el riesgo de endogamia por la poca variedad genética”, explica.

La posibilidad de que la huida del planeta sea la única solución ante la extinción es uno de los temas favoritos de la ficción apocalíptica. Películas tan conocidas como Wall.e o Avatar tratan de cómo la humanidad huye –o lo intenta– ante la destrucción, muchas veces medioambiental, que sufre la Tierra. Una opción que a día de hoy sigue siendo de ciencia-ficción.

¿Cómo sería un mundo sin nosotros?

Se cumplan las aciagas previsiones de la ciencia ficción o no, en su breve existencia el ser humano ha causado tal impacto sobre el planeta, que su ausencia no pasaría desapercibida. En un intento de imaginar qué ocurriría si desapareciéramos de la Tierra, Alan Weisman escribió en 2007 el libro El mundo sin nosotros, en el que aborda de manera científica todas las posibles consecuencias de nuestra extinción; desde las horas iniciales, en las que se inundaría el metro de Nueva York, hasta una eternidad en la que nuestras emisiones de radio y televisión seguirían viajando por el universo aunque ya no existiera ni el planeta azul.

Muchas de las historias de ficción apocalíptica muestran el resultado de un mundo superado por la contaminación, la guerra o la irracionalidad humana. En 1991 surgió un movimiento que se toma muy en serio la idea de un mundo sin Homo sapiens, y de hecho aboga por una extinción voluntaria –y en este caso pacífica–.

El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT por sus siglas en inglés) es un movimiento ambiental que pide a la gente que se abstenga de reproducirse para así provocar la extinción gradual del ser humano, y evitar en el futuro una catástrofe digna de la mejor ficción apocalíptica. Su lema es «Que vivamos largo tiempo y luego desaparezcamos».

*Esta nota se publica al amparo de una licencia Creative Commons 2.5, es decir, cualquiera puede usarlos, modificarlos y distribuirlos siempre y cuando cite la fuente.

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