Un descenso por Flor Blanca
Un fin de semana en la sierra negra de Puebla a la caza de cavernas y sótanos
Por Lado B @ladobemx
22 de febrero, 2013
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En Iztaxochitla hay decenas de cuevas, algunas aún sin explorar, ésta es una crónica sobre un fin de semana de exploración subterránea.

 

Lydiette Carrión*

@lydicar

Quise sumarme con los cueveros, porque todos los que regresaban de Iztaxochitla (Flor Blanca, en náhuatl), Puebla, se les iluminaba la cara, les brillaban los ojos y no dejaban de sonreír cuando hablaban de ello. Todos contaban, con pequeñas variantes, las mismas anécdotas de cuando exploraban un sótano o realizaban una topografía; hablaban de cuevas que alguien encontraba y después nadie volvía a ver, a pesar de buscarlas por días, años; caminos elusivos y noches enteras perdidos en el monte. Algunos mostraban con orgullo alguna cicatriz producto de un accidente, o relataban historias de chaneques, apariciones… Pero sobre todo, quizá incluso por encima del influjo y fascinación sobrenatural que el lugar imprimía en todos, era la emoción de explorar. Recuerdo en particular, cuando relataban los primeros acercamientos a un sótano llamado “la casa de niebla”: el peligro, el asombro de estar en un lugar que nadie hubiera pisado antes. Lo que esperaba debajo.

Empecé a desear.

En diciembre pasado me sumé a la expedición anual que, desde hace casi 20 años, realiza la Asociación de Montañismo de la UNAM, cerca de la comunidad de Iztaxochitla, en la sierra negra de Puebla.

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Foto: Edgar Soto

Tomamos el camión desde la Ciudad de México con destino a Tehuacán, de ahí un guajolotero rumbo Zoquitlán y después una camioneta con destino a Temazcalco. Ahí esperarían unas mulas que se llevarían el equipo pesado: cuerdas, empotradores, fierros, mosquetones y varios kilos de comida y tortillas, mientras que los universitarios comenzamos a caminar, sólo con la mochila de campamento a los hombros.

Fueron tres horas de caminata para llegar a Iztaxochitla. De ahí, otras tres, cuesta arriba. En total ascendimos un kilómetro de altitud. Hace un año al grupo le tomó más tiempo llegar al campamento. La velocidad actual se debe a que han comenzado a construir una carretera que comunicará Iztaxochitla con Temazcalco. A la zona comienza a arribar la modernidad. Apenas en marzo de 2012 la comunidad tuvo por primera vez luz eléctrica.

Se armó un grupito que quería explorar, probar suerte y ver si salía algo nuevo: Tepeu, Edgar, Tonatiuh, Rodrigo y Amiel (a excepción de Amiel y yo, todos habían estado en la zona con anterioridad). Me sumé. Sólo quedaban tres días de expedición. A la mañana siguiente bajamos de nuevo a Iztaxochitla, a casa de Ema y Eustaquio, dos jóvenes esposos, con su primogénita, Miriam, de unos ocho meses de edad. De ahí, don Goyo, el mismo hombre que una vez abrió la comunidad para los montañistas de la UNAM, y con más de 50 años, nos llevaría a ver “hoyitos”.

Nos llevó al primer sótano, a unos 20 minutos de caminata. A pesar de estar cerca, el paisaje cambiaba radicalmente. Un reguero de pastizales de donde sobresalen piedras enormes que llaman Karst. Parecía un paisaje sacado de alguna película: bello y ordenado. Sin embargo, en realidad es el producto de la deforestación: esos pastizales son lo que queda después de que los campesinos, pobres y sin medios de subsistencia, desmontan  la selva y los bosques para sembrar maíz. Pero la siembra agota la tierra en poco tiempo. Entonces sólo queda eso: pastizales para chivos.

Y justo fue un chivito el que delató el sótano que íbamos a explorar. Unos meses atrás había caído ahí. Don Goyo nos enseñaba la tumba de su animal. Colgaron una cuerda, y bajamos tres. El sótano se cerraba después de unos 20 metros de profundidad. Hallamos los huesos del chivo. Rodrigo, joven estudiante de maestría en biología recolectó arañas e insectos. Halló un bicho que no había visto nunca antes. Don Goyo dijo que la gente del lugar le llamaba Cólatl. Así nombramos la pequeña cueva.

Fuimos a otro hoyo al que bajó Edgar. A los 15 metros se cerraba, anegado en lodo. Lo dejamos sin nombre.

Durante el segundo día, un hombre llamado Mauricio prometió llevarnos a otro sótano. Entramos al monte. La vegetación era diferente al bosque de niebla, más selvática. Las raíces de los árboles se encontraban descubiertas, parecían víboras. Todo era húmedo y fragante y exhalaba un poco de peligro. Como el resto de la zona, la roca explotaba a la superficie a cada instante, por lo que había pisos falsos, hoyos ocultos bajo la hojarasca, las ramas, las raíces. Llegamos a un aserradero. Unos pasos después estaba el hoyo.

La entrada era como una boca enorme y hermosa. Parecía un cañón poco profundo (15 metros de desnivel) pero amplio, y toda la caída estaba tapizada de musgo y plantas. Mauricio relató que lo encontró mientras buscaba tepejilotes (las puntas tiernas de las palmas), que por esos rumbos las comen asadas o con huevo. Después se despidió. La cueva le daba miedo. “Ya mejor me voy a dormir”, dijo. Estas son las casas de los chaneques.

Bajamos. En realidad no había mucho más de lo que se veía a simple vista: un hermoso desnivel lleno de musgo y en una esquina una grutita de tres metros. Ese sótano con vocación de cañón fue nombrado Tepejilote. Pero yo me empezaba a inquietar: ¿no habría sido más fácil simplemente quedarme con los demás, en el campamento principal y bajar a cuevas conocidas pero probadas? ¿Esto era acaso explorar, probar la mala suerte que siempre me había perseguido?

No lo sé de cierto, pero creo que todos se sentían así. Alguien propuso buscar una cueva explorada años atrás y que no había sido topografiada, con un nombre sugerente: la cueva de los cristales. Pero nadie recordaba dónde quedaba.

Regresamos a la casa de Ema y Eustaquio tras otra hora de caminata, comimos y nos pusimos en marcha de nuevo. A la salida de la comunidad preguntamos a unos muchachos si conocían cuevas.

–Sí conocemos–, dijo uno. Es más, ahí atrás hay una.

Era un enorme boquete ahí, justo en medio de las casas que conforman Iztaxochitla. ¿Deveras, así de fácil? ¿En todos estos años nadie la había visto?

De cualquier manera colgamos una línea y Rodrigo comenzó a descender.

Los niños se agolpaban, entre risitas. Comenzaba a llover. De pronto, subió Rodrigo, quitaron la cuerda y se apresuraron a irse.

Ya en el camino pregunté qué había pasado.

–Nos chamaquearon. Era un desagüe–, explicó Rodrigo molesto.

Regresamos a descansar. Sólo quedaba un día. Al ver mi frustración Tepeu me explicó que la exploración es así: uno lo intenta y habla con la gente y busca posibilidades. Y a veces le pega. A veces no.

Esa última mañana amaneció  fría y nublada. Todos estaban callados y taciturnos. Yo era la encargada de surtir la ración de caverna y el agua. Llené todo a medias. Pensé que en realidad no lo necesitaríamos. Después supe que los demás habían actuado de forma similar. Sólo empacaron una cuerda de 40 metros y otra de 10 (en los días anteriores habían llevado bastante más equipo). Don Goyo nos habría de llevar a otro “hoyito”. Caminamos alrededor de una hora, en una dirección completamente diferente a las de los días anteriores. La vegetación era distinta otra vez: más tupida que la del tepejilote. Pero el camino era más confuso, más propicio para perderse.

Don Goyo buscaba una gruta, pero “tropezó” con otra.

–Ah, pues ahí hay una cueva–, dijo sonriente.

Tepeu le preguntó cómo quería que se llamara:

–Flor blanca, en español.

Era un boquete amplio y presumiblemente profundo (no alcanzábamos a ver el fondo). Rodrigo colocó amarres de donde colgar la cuerda en anclajes naturales: árboles, piedras. Descendió. Se le terminó la cuerda de 40 metros y subió por la otra.

–Abajo hay una repisa, pero no sé si siga después de ahí. Espero que con la cuerda de 10 llegue.

Se le acabó la cuerda de 10 antes de llegar a la repisa.

Edgar y Tonatiuh brincaron de donde estaban con emoción. La entrada de ese sótano al menos tenía unos 50 metros de profundidad, y todo indicaba que continuaría.

Salieron casi corriendo a buscar el resto del equipo que habíamos dejado en casa de Ema y Eustaquio.

Al cabo de dos horas regresaron con 100 metros de cuerda. Edgar entonces continuó armando el descenso: llegó a la repisa y siguió descendiendo.

Nos comunicábamos con él a gritos, hasta que casi no lo escuchamos.

Poco después volvió a ascender y se quedó en la repisa. Se negaba a decir algo más. Sólo gritaba: ¡Tienen que bajar!

Tonatiuh decía en tono emocionado: sí sigue la cueva. Si no, nos diría.

Edgar tuvo el gesto más caballeroso conmigo. Pidió que bajara primero (la más inexperta, la menos preparada). Me dolió la panza, se me fue la fuerza de los brazos y bajé.

Era un tiro largo de unos 60 metros (o eso sabría después al hacer la topografía) hasta la rampa. El tiro, la caída, era umbría. La luz se extinguía. En la repisa esperaba Edgar. Me dijo: “Cuando llegues al fondo sólo ten cuidado con los pisos falsos, fíjate bien por dónde caminas”.

La advertencia me asustó un poco. Seguí bajando. A los pocos metros la luz natural prácticamente se extinguió. Descendía entre dos paredes, como una herida en la tierra que de pronto se fuera a cerrar y a dejarme atrapada ahí dentro.

Sólo venía a mi mente y a mis labios dos palabras: “No mames”. No mames, no mames, repetí una decena de veces, mientras descendía con mis fierros, mi lamparita, mi arnés a esa cueva desconocida, frágil. Estuve a punto de gritarle a Edgar que mejor bajara otra persona en vez de mí. De la repisa de pronto lo escuché decir:

–Somos las primeras personas que estamos en este lugar.

Entonces todo cobró sentido, mis emociones rebasadas, mis miedos, mi azoro. Llegué al piso (en total serían 80 metros hasta la superficie) y me quedé inmóvil unos minutos: como un gatito asustado. No me atrevía a alejarme de la cuerda por la que había descendido. Poco a poco, empecé a dar pasitos tímidos y a explorar la cueva, que seguía hacía al fondo, hecha de una piedra blanquecina y con cierta cualidad fluorescente. Como una flor blanca. Era una cueva acuática. Las formaciones revelaban el paso de las inundaciones… el piso arenoso… falso. Canté para darme valor. Y canté para apropiarme de ella. Esa cueva blanca. Hacia el fondo se veía luz. Bajó Tonatiuh. Caminamos juntos. Después de un pasaje, la cueva llegaba a otra entrada y formaba una suerte de cañón. Pero la cueva continuaba. ¡Era inexplorada y continuaba! Era nuestro pequeño triunfo. Un regalo.  Pero ya era tarde y teníamos que regresar a casa de Eustaquio y Emma, porque no es tan buen idea pasar la noche en una gruta acuática, formada por inundaciones, y desconocida.

Salimos felices, contentos, emocionados. En el próximo viaje, la Asociación de Montañismo de la UNAM seguirá explorando Flor Blanca.

*Reportera freelance. Escribo, leo, subo cerros y bajo cuevas.

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Lado B
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