Expediente del Atentado de Álvaro Uribe

Expediente del Atentado de Álvaro Uribe

Alejandro Badillo

El 16 de septiembre de 1897, Arnulfo Arroyo, un alcohólico caído en desgracia, se infiltra en la comitiva del presidente Díaz durante el desfile que conmemora el aniversario de la independencia e intenta –sin éxito- asesinarlo. A partir de ésta anécdota, empolvada en la ficción y en los libros de historia, Álvaro Uribe (México 1953) escribe una novela polifónica donde el personaje será agresor y víctima, donde a partir de una orden del dictador: “que no se le haga nada a este hombre. Cuídenlo. Ya pertenece a la justicia” será punto de inicio de una cadena de complicidades que terminará con el asesinato a mansalva del Arroyo y el posterior suicidio del jefe de policía que debía cuidarlo.

Tusquets Editores, 1era edición 2007
Tusquets Editores, 1era edición 2007

A pesar de estar basada en un hecho real, la novela no se regodea en datos, ni en una indagación precisa de la historia, sino que utiliza la anécdota para crear unos personajes siempre en penumbra, a expensas de que su vida se desbarranque por una palabra, un gesto del caudillo. Uribe reconstruye el expediente de una dictadura que aún no veía su decadencia y que mantenía bien sujetos los hilos del poder. La sentencia “ya pertenece a la justicia” provocará que el destino del personaje lo decida el azar, la conjura de los altos mandos de la policía, pero también la ambigüedad de Arroyo, su transición de fiel admirador del presidente al idealista que busca liberar a la patria del tirano.

Para integrar el expediente Uribe utiliza la voz de familiares, soldados, burócratas. Entretejida en la novela hay una voz condensada: “los que saben” que siembra verdades con pistas falsas. Distintos personajes dan su versión de los hechos, tratan de analizar motivos y consecuencias. Entre el coro que narra la novela funciona como un hilo conductor el escritor Federico Gamboa que, involucrado por accidente al conocer desde la infancia a Arroyo y tener amoríos con la prometida del malogrado jefe de policía, funciona como el testigo más fiel de los hechos mediante las cartas y anotaciones en su diario. Uribe integra su expediente con diversos recursos narrativos: primera persona, narrador omnisciente, notas de periódico, actas de juzgado, fotografías, una farsa en un acto.

La construcción del expediente refleja verosimilitud pero también de fragmentación, de alejamiento de una “verdad” que es distinta a cada momento y que en política es moneda de cambio para obtener favores, salvar el prestigio o la vida. La tesis de “expediente del atentado” son un montón de preguntas: ¿Arnulfo Arroyo actuó solo?, ¿el atentado era parte de una estrategia para derrocar a Díaz? ¿El jefe de policía había montado una conjura, ciertamente ingenua, para salvar al presidente y obtener la gracia del dictador?

Uribe deja las preguntas y no le interesa resolverlas porque su ambición es otra: el acertado juego de voces que recorren las páginas de la novela, que se engarzan unas a otras para dar vida a varios retratos, sobresalen dos: el de la madre de Arnulfo Arroyo que narra la vida de un hijo consumido por el alcohol, el abandono de sus estudios, las peleas con su padre; el del jefe de policía que justifica el asesinato de Arroyo mediante una retórica patriotera y engañosa cuyos motivos quedan en penumbras con su suicidio. Federico Gamboa anota, lee periódicos, sigue pistas mientras trata de zafarse de la prometida del jefe de policía. El escritor sabe muy bien que acercarse demasiado al juego puede involucrarlo y sigue temeroso, tras bambalinas, unos acontecimientos que en la superficie (periódicos de la época) parecen nimios pero cuyo interior revelaba aguas revueltas, un complejo entramado de intereses y conjuras.

La novela puede entenderse como una suerte de género compilatorio, un expediente donde se integran voces, monólogos, retratos. El novelista inexperto puede naufragar entre personajes, anécdotas, escenas. Se necesita experiencia y buena mano para mantener la tensión entre los capítulos, involucrar personajes cuya certeza histórica no sea límite sino punto de partida de una vida propia que pueda aprovechar las posibilidades de la ficción, los recursos de la literatura.

Álvaro Uribe ha apostado, más allá de la curiosidad, de la leyenda (un aparente leit motiv de la historia, cuya repercusión no pasaría del mero anecdotario), por explotar la vocación de la literatura como experimento estilístico pero también su posibilidad como interrogante, como sugerencia. Mediante un manejo acertado de la prosa integra un expediente que muestra las distintas caras de la ficción, voces aparentemente disímiles que buscan sobrevivir en los círculos de poder y cuyos motivos no son lejanos a los de la política actual.

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