“Te extraño, edificio Vacas”

“Te extraño, edificio Vacas”

La historia de un hermoso edificio se convierte en varias historias que, como fantasmas por los pasillos, se aparecen atravesando el tiempo llenando de voces nostálgicas uno de los lugares más emblemáticos de una (esta) ciudad. 

 

Ernesto Aroche Aguilar

@earoche

Cruzas el vestíbulo. El edificio sombrío y los pasillos grises. Entras al elevador. Siete personas más esperan para subir contigo. Alguien pulsa el botón de ascenso y en los minutos que dura el viaje hacia arriba, una pareja discute. Todos son testigos mudos. Al final la puerta se abre. Sales a la terraza de un inmueble art decó inaugurado en 1952 y disfrutas una vista 360 grados fenomenal de la ciudad. La pareja que discutía en el elevador se une a un hombre acodado en el mirador de la terraza. La discusión sigue, y minutos más tarde caes en cuenta que están representando una adaptación bastante libre de MacBeth y que el diálogo en el elevador era parte de la obra.

Es 1990 y en unos cuantos años más —cinco para ser exactos—, el edificio, el más alto del Centro Histórico de Puebla, quedará completamente abandonado. Mientras eso sucede, Marko Castillo y un grupo de actores aprovecha la terraza del inmueble para un experimento teatral que inicia en la calle y seguirá en otros espacios tomados por asalto.

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Emilio Ramón Vacas, nacido en España en 1889, comerciante de profesión y con un rumor a cuestas sobre contrabando de alcohol en tiempos de la prohibición estadunidense, encargó al ingeniero Mariano Martín Pastor la construcción de un edificio de departamentos en la capital de Puebla. Y no encargó uno cualquiera. Pidió uno que incluyera los adelantos tecnológicos de la época: un cubo de incineración para evitar la concentración de residuos, estacionamiento subterráneo, un sistema de distribución de gas para evitar los tanques, un elevador y nueve pisos para erigirse como el primer rascacielos de la capital poblana a finales de los años 40.

Por aquella época la tendencia era demoler viejos edificios para levantar en su lugar otros, sin importar que su composición y altura rompieran con la continuidad de los parámetros y los perfiles de la calle que se tenían hasta entonces; así, el ingeniero Mariano recibió del empresario un terreno de 883 metros cuadrados, como un lienzo en blanco.

Mariano Martín Pastor venía de trabajar en el entubamiento del río de San Francisco, que cruza la ciudad, innovando en la creación de una cimbra móvil para el colado de concreto de la bóveda.

Al recibir el encargo del edificio, Martín Pastor proyectó un inmueble art decó, a pesar de que el estilo funcionalista en la arquitectura ya comenzaba su auge a principios de los años 50.

Imagen tomada del documento "Análisis arquitectónico del Edificio Vacas" presentado por Francisco Enrique Méndez Munguia
Imagen tomada del “Análisis arquitectónico del Edificio Vacas” presentado por Francisco Enrique Méndez Munguia

Al final, presentó un proyecto de siete pisos habitables con seis departamentos en cada uno: 42 en total, que incluían cuarto de servicio, entrada independiente y baño. Y en el remate del edificio que será nombrado Vacas, a 42 metros del nivel del suelo, un mirador, donde 50 años después algunos actores interpretarán versiones libres de MacBeth.

Pero para eso tendrán que pasar todavía algunos años. Estamos en 1952 y el edificio del amable y regordete comerciante que llegó desde Valladolid se convirtió en un imán para familias de alto poder adquisitivo y algunos españoles venidos de ultramar que escapaban de la dictadura franquista. Más tarde llegarían artistas, académicos y bohemios reacios a seguir la tendencia de abandonar el Centro Histórico en pos de las nuevas colonias de moda asentadas lejos del corazón de la ciudad, pero de nuevo nos estamos adelantando.

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Catalina, que ya roza la pubertad, se esconde en los pasillos para mirar el paso de Enrique Torres, el joven que unos años después, tras casarse con Gabriela Ramé, levantará un emporio de joyerías. Entre los amigos de Catalina con los que corre por la enorme terraza y, a veces, hasta en las cornisas que se extienden 40 metros arriba del suelo, están los hermanos Villa Issa, dueños de grandes extensiones de terreno en Xilotzingo por donde se extenderá la ciudad unas decenas de años después. David, el más chico de los hermanos, escalara posiciones políticas al lado de Mario Marín, primero en su paso por la presidencia municipal y más tarde en la gubernatura, y desde ahí hará negocios a costa del erario.

Pero otra vez nos adelantamos. Es mediados de los 60 y Catalina vivirá ahí por lo menos un década, justo lo necesario para ser testigo de cómo el Vacas irá yendo a menos.

Construido en los linderos del Centro Histórico, el edificio es prácticamente la garita que divide la zona de tolerancia y pulquerías con la zona “bien” del polígono.

Y Catalina lo sabe, tiene prohibido ir más allá de la 4 poniente, aunque cuando puede escapa a la vigilancia materna para oler, desde lejos, los efluvios del licor fermentado del maguey y mirar los pisos de cemento cubiertos con aserrín de los locales ubicados entre la 6 y la 8 poniente.

En los 70 la zona comenzará a llenarse de loncherías con venta de cerveza, atraídas por la central camionera que se instalará frente al mercado Venustiano Carranza. El arribo de la central, sumado a algunos sismos que si bien no abatieron sí dejaron resentido y agrietado al inmueble, terminarán de ahuyentar a las familias pudientes y el edificio comenzará a ser ocupado por habitantes con otro perfil.

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Es 2005, el arquitecto Sergio Gallardo comienza a desmontar el armario del departamento 702 —el más grande de todo el edificio—, y al quitar las puertas se encuentra frente a una inscripción que destila nostalgia: “te extraño edificio Vacas”.

El texto escrito con gis sobre una pared interna tiene una fecha: 25 de mayo de 1991.

Gallardo llegó hasta el edificio Vacas al ser contratado para remodelar el inmueble que pasó diez años abandonado y convertido en rehén de un pleito judicial y familiar por la herencia del inmigrante español.

Al finalizar el conflicto Pedro Ocejo Tarno, un empresario restaurantero interesado en la recuperación de inmuebles viejos y funcionario municipal, negoció la compra del inmueble con la idea de revivir un edificio emblemático del Centro Histórico poblano asentado en una zona que, al igual que el Vacas, vino a menos y terminó convertida en un área conflictiva y populosa cruzada por infinidad de rutas de transporte urbano.

Ocejo Moreno había creado junto con algunos amigos de la infancia la inmobiliaria Puebla 1955 para rescatar el edificio como un apuesta por revivir el Centro Histórico como zona habitacional, y a pesar de lo arriesgado el negocio le resultó, los departamentos se vendieron rápido y ahora está habitado casi en su totalidad. La recuperación del inmueble le valió al arquitecto Gallardo, en 2008, el primer lugar en la novena bienal de arquitectura poblana, que lo puso en la palestra de arquitectos reconocidos a nivel nacional.

Pero volvamos a 2005, al armario sin puertas del departamento 702. Sergio Gallardo sigue mirando el mensaje que alguien dejó ahí en los últimos años de esa primera etapa de vida del edificio. Unos meses después, durante la remodelación y recuperación del Vacas, una mujer llegará al lobby y preguntará por el trabajo que se está haciendo.

La mujer dirá que fue inquilina del lugar y subirá junto con Gallardo justamente al 702, después llorará al mirar la inscripción de despedida que dejó pintada en el armario de un edificio, ciertamente, inolvidable.

Foto: Sergio Gallardo
Foto: Sergio Gallardo
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