Fell in love with a boy

Fell in love with a boy

Pepe Flores

@padagua

 “¿Real o ficticia?”, le pregunté a la editora cuando me designó el tema.

 “Real”, respondió.

 “Híjole”, me quedé pensando al mirar la asignación.

 “¿O quiere proponerme usted un tema?”, me cuestionó.

 “No, está buena, está buena”, dije.

Volví a abrir el correo sobre mi tema para esta entrega. “Me enamoré de un gay”, era el título de trabajo. “Me enamoré de un gay”, una frase que en el mundo heterosexual causa estruendo, resquemor. Yo tenía dos semanas para escribir una historia real al respecto.

Bloqueado.

Francamente, yo nunca he experimentado la sensación de enamorarme de otro hombre, así que por ahí no podían ir los tiros. Eso sí, en mi ajuar de anécdotas ajenas, tengo un par que podrían servir. Así, dediqué la mayoría de los trayectos en el auto (mi momento preferido para abstraerme) para pensar cómo relatarla.

¿Debía ser cómico? ¿Idealista? ¿Serio? ¿Debía dar nombres o usar seudónimos? ¿Qué tanto podía cambiar para que aún fuera real? ¿Necesitaba una moraleja? ¿Algo como que el amor siempre triunfa a pesar de todo o mejor que la realidad es cruel y despiadada? Ay, tantas dudas.

La frase me retumbó en la cabeza por días, hasta que me di cuenta que sólo la había escuchado una vez, de boca de un amigo. Resulta sintomático que, de todas las historias que conocía, sólo una había implicado una confesión, un momento de apertura y sinceridad sin prejuicio. Sólo una, entonces, cumplía mi condición impuesta de realidad.

Ahí les va.

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En la universidad tuve un par de amigos, Lupe y Marco (obviamente, no se llaman así, pero por aquello de la privacidad, les cambio el nombre). Lupe estaba perdidamente enamorada de Marco desde hace años. Un día, Lupe conoció a Manuel, un gay muy simpático. Con el tiempo, se hicieron muy cercanos, confidentes. Lupe le contaba a Manuel sus penas con (tratar de conquistar a) Marco; Manuel le decía que todo estaría bien y le servía de hombro para llorar y todos esos clichés del mejor mejor mejor amigo.

Después de un rato, se convirtieron en el trío dinámico. Salían a todas partes, siempre estaban juntos en la universidad y se le veía de lo más felices. Todo, hasta que empezó a correr el rumor de que Manuel y Marco se traían algo. Sí, exacto, ese “algo”. Poco a poco, se dio un distanciamiento evidente con Lupe, hasta que ¡zas!, el triángulo perdió uno de sus lados. Ahora eran Manuel y Marco quienes eran inseparables, como un bromance cualquiera, pero con esa cosquilla chismosa sobre si tenían algo más en común.

En ese entonces, Marco y yo íbamos al mismo gimnasio. Otro amigo en común, Pedro (sí, también es un nombre inventado) me acompañaba porque nos echábamos porras mutuamente para aguantar 15 minutos en la caminadora. Después de nuestras sesiones de “ejercicio” (sí, me siento obligado a entrecomillarlo), terminábamos en la sala de vapor, chismeando y relajándonos después de nuestra ardua rutina.

Un día coincidimos con Marco el gimnasio. Como siempre, nos fuimos al vapor. Huelga decir, para quien no sepa los extraños rituales del deporteísmo, que al vapor se entra encuerado; a lo sumo, protegido por una toalla si a uno le gana el pudor. En fin, esa vez estábamos ahí sólo los tres, como nos trajo la cigüeña al mundo, platicando de cualquier cosa, cuando se me ocurrió preguntarle a Marco para despejar mis dudas.

– Oye, ¿y sí te traes algo con Manuel?

Marco me miró desafiante, enojado, y me espetó:

– Y si sí, ¿qué?

Hice un ademán, señalándole el lugar, y respondí:

– ¿Tengo cara de que me incomoda? La verdad prefiero preguntarte a andar oyendo chismes…

Marco nos vio, ahí sentados en el cancel blanco, empelotados. Se río.

– Pues sí, sí andamos. Está padre.

Sonrío.

La verdad, creo que no volvimos a tocar el tema otra vez. A mi me daba gusto ver feliz a mi amigo. Lo único malo es que Marco se distanció un poco de todos. No sé, supongo que no se pudo abrir con cualquiera. Pasado ese verano, me enteré que cortaron. Yo lo atribuí a la clandestinidad. Los chismes lo atribuían a que Marco era activo y que un día le pidieron cambiar roles y ahí se acabó el amor. No lo sé. Luego les perdí la vista: Marco se consiguió una novia, se graduó y se cambió de ciudad. Oh, los romances fugaces.

Lo cierto es que Marco nunca se definió a sí mismo ni como homosexual ni bisexual ni nada. Nomás que le gustaba Manuel, que andaba con él y que estaba bien. Las cosas deberían ser simples, sin etiquetas.

Reales, pues.

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1 COMMENT

  1. Sí, a leguas se ve que el autor NPI tiene de lo que ese mundo de la diversidad. Pudo estar mejor, pero se quedo en un intento de relato.

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