El ritual del awante Puma

El ritual del awante Puma

Si Carlos Monsiváis había dicho en 1971 que los jipies que fueron a Avándaro eran la primera generación de gringos nacidos en México, ahora mismo yo podría afirmar que La Rebel era la primera generación de argentinos nacidos en México, pues la mayoría de sus canciones eran una importación adaptada de la barra “La 12” del equipo Boca Juniors.

 

Alfonso Morcillo*

@alfonsomorcillo

No es un clásico de fútbol más. Es la guerra civil y desde las 10 de la mañana abarrotamos los alrededores del estadio de Ciudad Universitaria. Las barras de Pumas estamos listas para darle el awante a la UNAM en contra del América.

Es domingo 30 de octubre de 2005. Hugo Sánchez, director técnico, sigue viviendo de sus “rentas” por el bicampeonato obtenido en 2004, pero nadie estaría dispuesto a soportar una derrota ante el América, ya hay muchos hinchas que se han metido con el famoso Pichichi exigiéndole la renuncia por los malos resultados actuales.

El sol primaveral cae inclemente sobre la multitud de aficionados de uno y otro equipo, a quienes no nos importa soportar el aire frío que también quema nuestros torsos desnudos, repletos de tatuajes. Llegamos a pie o en coche, en familia o con amigos. Las barras, apretujadas en vetustos autobuses o “micros”; arriesgándose a una caída desde los toldos ondeando banderas y cantando, siempre cantando.

Yo llegué por la Línea 3 del Metro. Los tres últimos vagones del convoy iban repletos de rebeldes. Cantábamos y coreábamos el Goya marcando el paso con tambores. En cada estación decenas de nerviosos policías y granaderos cuidaban que no asaltáramos a los pasajeros. Pero como corderitos obedientes, balábamos y saltábamos sin hacer desmanes ni bebidas alcohólicas que enardecieran el trayecto.

Del Metro Copilco partimos hacia el estadio. Éramos una horda eufórica de varios cientos. Al llegar al cruce de Insurgentes se imponía la figura de sombrero charro del Estadio Olímpico Universitario, ideado así por los arquitectos Augusto Pérez, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo que quisieron hacerlo, según ellos, muy mexicano en 1952 aún antes de saber que ahí se celebrarían los Juegos Olímpicos de 1968 y dos Mundiales, y que en 2007 Ciudad Universitaria sería declarada Patrimonio de la Humanidad.

En los alrededores el operativo policial de vigilancia se incrementaba. Un retén en Insurgentes, otro a las afueras del estadio y dos más para la recepción de boletos y acceso a las gradas. Los camiones de la hinchada Puma se iban estacionando uno tras otro sobre el circuito universitario. De cada transporte colgaban enormes trapos anunciando el frente al que representaban. Rebel Azcapo, Rebel Santo Domingo, Rebel Pachuca, Rebel Pantitlán, San RebelRebel Cuernavaca, Rebel Vallejo y decenas de barrios más de toda la ciudad y su periferia, sólo distintos unos de otros por los camiones en que llegaban, mismos cantos, misma actitud, todos vestidos con camisetas rebeldes o de Pumas en colores azul y oro, incluso hasta las mismas trenzas y rastas y cabezas pelonas.

Caminé por el estacionamiento. La venta de cerveza estaba ya en pleno. Cajuelas de coches con hieleras repletas de caguamas. Compré una para mitigar el efecto de ese sol quemante, exclusivo del sur citadino, de cielos despejados. Así, cientos como yo entraríamos medianamente optimistas, gracias a esa alegría que sólo produce una Victoria de litro en ayunas.

A diferencia del bicampeonato logrado un año antes, el equipo no jugaba bien ni sumaba puntos. Las charlas giraban en torno al desempeño de Pumas; al deseo de no perder, más allá del de ganar; a predecir que habría madrazos con La Monumental y el Ritual del Kaos, las barras de los americanistas; era el deseo de cada partido, toparse con las gallinas.

Escucha crema te vamos matar

puta Monumental, puta Monumental

El canto se escuchaba ya desde “El Árbol”, pequeña arboleda en la parte norte del estacionamiento y lugar de reunión de la Rebel antes y después de cada partido, ahí los líderes rebeldes y los frentes más radicales se repartían los últimos boletos para revenderlos entre los hinchas. Al final de los partidos ahí también es el lugar de reunión para la venta de choripanes, asados de churrasco y cerveza y otras bebidas y fumadero de mota sin que Auxilio UNAM o alguna autoridad lo impidiera.

Reconocí a dos amigos y me acerqué a ellos, seis tipos que se hacían llamar frente “La Cañada”, un barrio de casas de tabique gris que se erigía contra toda lógica desde hacía muchos años sobre minas y tierras blandas en la delegación Álvaro Obregón, cerca de Santa Fe. Me arrebataron la cerveza.

– ¿Cómo ves? –preguntó uno, queriendo saber mi pronóstico.

– Ojalá no pierdan, nada más que no pierdan.

– Va a valer verga. En algunos barrios hubo madrazos anoche. Hoy van a valer verga esos putos –repitió y dio un largo sorbo a la botella.

Faltaba poco para las 11 de la mañana y si alguien quería colgar su trapo en un buen lugar era hora de entrar al estadio, bajo el Pebetero. Una vez ahí mis amigos se afanaron en la tarea de colgar el estandarte que junto con decenas más le comunicaría a los jugadores la fidelidad del barrio, de su hinchada y a la vez constituía la exhibición del trofeo que las gallinas y sus barras desearían llevarse consigo.

El trapo “oficial” entraría después de la orquesta Rebel. Así que una vez desplegado el nuestro, nos fuimos a esperar justo debajo de donde los tambores y las murgas -esa especie de tambor con platillos integrados en la parte superior- se colocan para recibir a los músicos. El olor a marihuana se esparcía sin prisa, su humo se quedaba flotando espesamente, negándose a viajar con el viento del sur. Cervezas aún calientes circularon de manos de vendedores que las cuidaban mejor que al dinero que les colgaba de sus bolsas tipo cangurera.

Compré una “chela” sólo para lamentarlo de inmediato, era un líquido caliente y aguado, sin espuma. Del lado de la cabecera sur, a la izquierda del rebeltero los hinchas americanistas iban llenando la planta alta. Presumían de cabeza un trapo decomisado en un topón en algún barrio auriazul. Era la forma de decir “vengan por él”. La pura provocación caldeó los ánimos de La Rebel. Los goyas comenzaron a sonar, desorganizados, pero furiosos.

Los brazos de miles en las gradas se agitaban como uno solo hacia el cielo, como en una rutina de baile.

Los de Coapa son todos putos,

los de Coapa son todos putos.

Desde niño tú lo vas a ver,

amargura llevas en la piel,

muchas copas tú podrás tener,

pero no una barra como la Rebel”.

Quince minutos antes de comenzar el partido los cantos arreciaron a ritmo de “Quién te cantará” de Mocedades. El canto cuasi oficial previo al cotejo y que a las barras americanistas les presumía el awante auriazul:

Dale dale oooh

dale azul y oro,

dale dale oooh,

dale dale Pumas, campeón,

dale Pumas, campeón,

dale dale oooh”,

El slam se había iniciado en la zona Rebel. Era más peligroso que en un concierto de punk o metal pues el desnivel de las gradas hacía que con cualquier resbalón o empujón uno fuera a caer contra el concreto. Eso pensaba cuando uno de mis amigos y yo caímos arrastrados de bulto por la inercia de los cuerpos despojados de camisetas, morenos, sudorosos, que se arrojaban unos contra otros, al ritmo de los tambores que guiaban a la hinchada. Afortundamente no pasó de unos raspones y unas mentadas de madre entre nosotros por despistados.

Los Pumas saltaron a la cancha y los cantos incesantes se vieron coronados por un enésimo goya. Yo estaba más pendiente de que el slam no volviera a arrojarme metros más abajo, mirando los cantos de la barra o viendo como ondeaban las banderas auriazules. De hecho casi todos veían a la barra misma, gritándose unos a otros que cantáramos con más huevos. Los vendedores de cerveza no dejaban de pasear sus vasos ahora sí con espuma rebosante y bien fría que terminaba de unos cuantos tragos en nuestras gargantas.

Llegó el medio tiempo y todo mundo se fue hacia los túneles para comprar una cerveza, un refresco, una fritanga o entrar al baño. El partido, trabado y aburrido, de un cero a cero que incrementaba el nerviosismo de la hinchada porque Pumas mostraba poco al ataque.

Pumas argentinizados

Estábamos en el túnel 29, famoso porque en 1985 hubo decenas de muertos y heridos asfixiados y aplastados por la horda que empujaba para entrar o salir del estadio. El incidente que marcaría el fútbol mexicano aún antes de que las barras llegaran al país.

Si Carlos Monsiváis había dicho en 1971 que los jipies que fueron a Avándaro eran la primera generación de gringos nacidos en México, ahora mismo yo podría afirmar que La Rebel era la primera generación de argentinos nacidos en México, pues la mayoría de sus canciones eran una importación adaptada de la barra “La 12” del equipo Boca Juniors; algunas más eran parodias a baladas locales, ni qué decir de  los términos barra, trapo, awante, aliento, frente. Pero a diferencia de las barras argentinas, la Rebel en ese año de 2005 apenas cumplía sus 8 años de vida. De acuerdo con una nota de el diario El Clarín de Argentina en su edición del  15 de mayo de 2000: “La barra brava como organización aparece en el 58. La muerte en Liniers de Alberto Linker, de River Plate, destapó públicamente que había grupos organizados. Primero se les dio entradas; luego, choripanes; después, los viajes. Y así se tornaron inmanejables, resume Amílcar Romero, periodista especializado en el tema. La pirámide del poder violento se fue construyendo de manera muy simple: a mayor violencia demostrada, mayor poder. Así como en su momento correr con un palo o con una cadena a un hincha de otro club daba prestigio entre los de la popular, luego fue necesario golpearlo y dejarlo ensangrentado. Cuando esto ya dejó de ser novedad, el status empezó a darlo -lisa y llanamente-, la muerte de un rival”.

Cada que los Pumas juegan de local nos reunímos en el túnel a beber y saludarnos. Bellas adolescentes con pantalones muy abajo de la cadera, mostrando tatuajes en ombligos, cuellos y cadera. Me preguntaba si en realidad serían estudiantes. La gran mayoría de los hinchas lucía rastas o cabezas rapadas o peinados mohicanos; aretes perforando orejas, nariz, cejas, labios, pezones, ombligos y su habla chilanga donde güey se repetía una vez por cada 10 palabras usadas. Las charlas giraban en torno a fiestas previas o de la noche anterior, a la vida en el barrio, a los topones con americanistas, a futuras pachangas; nunca escuché a nadie decir que se reunirían en las prepas o CCHs así fuera para continuar en el desmadre.

De pronto, por el pasillo del tunel vimos a una banda corriendo hacia nosotros. Los empujones hicieron que los vendedores tiraran las cervezas. Un policía cagado de miedo daba de macanazos a un hincha, sin atinarle, moviendo su bastón como si fuera un rehilete, al mismo tiempo que lanzaba patadas al aire. Otro granadero se dio cuenta que estaban solos en medio del túnel y comenzó a llevarse hacia atrás a su compañero, abrazándolo por el cuello. Más de veinte hinchas de los Pumas se lanzaron a puñetazo limpio contra los dos granaderos. El que había originado el desmán continuaba tirando macanazos a lo loco para salir del estadio, tuvo que intervenir una decena más de granaderos para rescatarlos.

Volvió una relativa calma, pero la hinchada ya estaba caliente y regresaba bufando hacia las gradas, gritando “venga Rebel carajo, o qué ¿no tienen aguante, putos?” La Rebel, una vez más, repetían, había corrido a la policía.

El canto que dio inicio a la segunda mitad y que hizo rugir las gargantas ya atiborradas de cerveza es otro de los infaltables contra del América:

El Puma no tiene mujer,

 el Puma no tiene marido,

pero tiene un hijo puto

que se viste de amarillo”.

En eso estábamos cuando cayó el gol del América. Inmediatamente aparecieron los cantos de desesperación.

Pongan huevos,

los Pumas pongan huevos”.

Poco después cayó el segundo gol del América.

Ya pongan huevos la puta que los parió,

ya pongan huevos la puta que los parió”.

Pero en la cancha los Pumas no ponían ni huevos, ni futbol. Caería un solitario gol a favor que hizo que las esperanzas resurgieran y el Goya de nuevo se escuchara con fuerza. Pero la derrota se podía oler y los cantos se convirtieron en baladronadas que yo había escuchado en otras ocasiones:

No pasa nada,

no pasa nada,

a la salida se los lleva la chingada”.

Pero mucho antes de que terminara el partido La Rebel completita: la orquesta, sus tamborileros, sus líderes encabezados por “El Nariz” y su hermano “El Abuelo” se sentaron a ver la derrota. Junto con ellos todos los demás hinchas de pumas nos callamos. Muchos nos quedamos de pie, derrotados de antemano, aún cuando faltaban 10 minutos de juego.

Por ahí hubo algunos intentos de reanimar los cantos. Ninguno lo logró. América se regodeaba dando pases laterales para rematar a un malherido felino. Llegó el silbatazo final y los jugadores pumas salieron huyendo a los vestidores. Mientras, algunos miembros de La Rebel corrían hacia los túneles para topar a los hinchas azulcremas, que ya para ese momento habían sido desalojados por la policía.

Cerraron todas las salidas exceptoo las que estaban del lado del Palomar. Los trapos comenzaron a ser descolgados. Había quien derramaba algunas lágrimas. Los tamborileros se habían quedado sentados en su lugar, mirándose unos a otros bajo un silencio sepulcral. El Abuelo miraba de pie, cruzado de brazos, grandes y de duros bíceps, como los demás hinchas guardaban los estandartes. Los ojos del líder rebelde, protegidos por unas gafas oscuras atestiguaban como las gradas de enfrente se vaciaban y cómo algunos hinchas deseperados por salir retaban a los granaderos detrás de las rejas que nos separaban de la cabecera sur.

Afuera, me enteraría más tarde, algunos rebeldes hicieron desmanes sobre la avenida Insurgentes tratando de llegar hasta los hinchas americanistas, que habían salido escoltados por decenas de patrullas. Hubo detenidos y heridos. Hugo Sánchez, el hasta hacía poco consentido de la afición universitaria, triunfador en España como jugador, artífice del bicampeonato Puma como entrenador, sería cesado del cargo al día siguiente.

Pero La Rebel, y yo como uno de sus integrantes, nos habíamos ido a rumiar la derrota al Árbol, para que entre la misma banda los golpes se sucedieran uno tras otro. Un conato de bronca aquí, una campal más allá. Así se diluyeron las frustraciones, entre borrachera, marihuana y madrazos. Yo me fui con el rostro limpio, pero ebrio y pacheco.

Cuando caminaba rumbo al metro alcancé a ver una pinta donde se leía.

¿Aguilas?

Mis huevos.

Gallinas.

*Edita y colabora en varios fanzines. Ha publicado relatos en las revistas Moho, Picnic, Fakir y Generación. En 2005 gracias a una beca escribió el libro de relatos Edificio A Departamento 69. Actualmente trabaja en una oficina de comunicación social escribiendo panfletos de corte político. Este texto se publico originalmente en Proyecto Gonzo, Cuaderno Cero, una compilación de crónicas periodísticas coordinada por J.M Servín que vio la luz en septiembre de 2011.

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