El mundo de Rulfo

El mundo de Rulfo

Imagen: Cortesía.
Imagen: Cortesía

Eric David Montero

@ericdmontero

“En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz, todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda”, fueron las palabras que dijo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno a la escritora María Teresa Gómez, mismas que quedaron plasmadas en su libro “Juan Rulfo y el mundo de su próxima novela”.

Pero al escritor no le llegó la muerte a temprana edad como a los demás Pérez Rulfo, ya que llegó a los 68 años con dos novelas escritas: “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”, con las que se consagró como uno de los escritores de mayor prestigio, el más sobresaliente de la llamada “Generación del 52”.

Imagen: http://www.espanol.rfi.fr
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Nacido en el estado de Jalisco, en la localidad de Apulco, una demarcación que no figura en los mapas, ya que de acuerdo a las palabras de Rulfo “en las biografías se da como origen la población más grande”, es un pueblo que, cuando nació el escritor mexicano, apenas llegaba a los 2 mil habitantes y contaba con calles torcidas y empinadas. Seguramente las condiciones de analfabetismo y pobreza formaban parte del contexto en el que Juan Rulfo vivió su infancia, sin embargo a la familia del escritor parece no haberles afectado en lo mínimo, ya que su abuelo pertenecía a la llamada clase de los hacendados, responsable de la construcción de la iglesia, puentes y calles del poblado.

Con la revolución cristera llegó la emigración de los Rulfo a la población de San Gabriel, —una población perteneciente a Sayula—, y también el desastre porque la familia lo perdería todo. Tenían que probar suerte en otro lado, pero en tiempos de aquella “rebelión estúpida” —como la llamó en una entrevista en el programa español “A fondo”—, mueren su abuelo y su padre, y tiempo después a su madre le seguiría este destino.

Al quedar sin familia Juan Rulfo quedaría bajo la custodia de su abuela y, posteriormente, ingresaría al orfanatorio Luis Silva, lugar en el que solían ser internados los hijos de las familias acomodadas de Guadalajara con el objetivo de  corregir sus actitudes mediante un sistema carcelario que a algunos les parecía natural. En aquel recinto, Rulfo sufriría de depresiones que más tarde volverían a su vida cuando su edad era ya avanzada.

“Aprendí a vivir con la soledad”

Rulfo era introvertido, escéptico a las multitudes y a los halagos. Muchos pensaron que era una especie de divismo y pedantería de esos que da la fama, sin embargo  la realidad fue que el escritor actuaba así  de forma natural, aunque fuera mal interpretado por sus seguidores en aquellos tiempos en los que sus obras eran comentadas por un gran número de escritores.

“El pánico que le tengo a la multitud es una cosa natural congénita quizá. He aprendido a vivir con la soledad”, comentaría en una entrevista. Y es que desde los 8 años de edad tuvo que enfrentar los embates de la vida solo y con el recato del orfanatorio Luis Silva, donde las pandillas de jóvenes se encargaban de hacer la vida pesada a quienes hacían estancia.

Imagen: http://fc05.deviantart.net
Imagen: http://fc05.deviantart.net

La creación de personajes

El mundo de Rulfo era imaginario, debido a que  realmente nunca conoció a gente violenta a pesar de haber vivido durante la rebelión cristera, y que su familia no se estableció en una zona agitada.

A pesar que la violencia podría estallar en cualquier momento porque aún se tenían los rezagos del movimiento revolucionario de 1910, los sitios en los que buscó albergue la familia Rulfo no resultaron conflictivos: “Los hombres venían con ese impulso que les había dejado la revolución y aún querían seguir, les había gustado el asalto, el allanamiento, la violación, la violencia; se encontraba uno con gente pacífica pero por dentro eran asesinos, con una larga trayectoria de crímenes detrás de ellos”.

Los personajes que creaba el escritor, los tenía que imaginar y revivirlos de alguna forma, como a él le hubiera gustado que fueran. No eran tomados totalmente de la realidad, por ello los imaginaba en un entorno que a Rulfo le daba gusto, dotándolos de un modo de hablar particular que él les proporcionaba, ya que la realidad de su infancia fue que las personas no se expresaban como en sus obras.

Rulfo prefería lo imaginario, lo fantástico, lo ficticio. Blandía la frase del poeta José María Arguedas, quien decía que “al autor hay que dejarle el mundo de los sueños, ya que no puede tomar el mundo de la realidad”. Estaba en contra de que en la literatura se repitiera lo que se decía en los periódicos y en la televisión.

Estos fueron algunos aspectos del mundo de Juan Rulfo, el escritor que con sólo dos novelas dio de qué hablar en la literatura latinoamericana, aquel que quedó sin familiares a las 8 años de edad, que se hundió en la depresión por la vida que llevaba en el orfanatorio Luis Silva, pero que a sus 24 años enamoró a una niña de 13, con la que contraería matrimonio años después. Un escritor de pocas obras pero gran alcance de las mismas, que murió un 7 de enero de 1986 en la ciudad de México.

Escucha acá el cuento “¿No oyes ladrar a los perros?” narrado por el propio Rulfo

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