Afrenta al oráculo

Afrenta al oráculo

Hugo León Zenteno

@hugoleonz

Tres rasgados de vestiduras…

El primero, porque una potencia de ultramar osó pedir la extradición de la implicada; el argumento común: la culpable cometió aquí el delito y por ende debe purgar su condena en este suelo; en caso contrario nuestra soberanía estaría en riesgo.

El segundo, proveniente de un sinfín de protagonistas políticos y opinadores públicos, quienes -al parecer sin morderse la lengua- declaraban a los cuatro vientos: confiamos plenamente en nuestro sistema de justicia y en sus resoluciones.

El tercero, y más reciente, a raíz de la decisión cortesana que saldó la estancia penal de la mujer de marras. La percepción generalizada: por tecnicismos jurídicos dejamos ir a la culpable, somos el hazmerreír del mundo. El veredicto popular es contundente. Según una encuesta del periódico Reforma, el 83% de los mexicanos está en desacuerdo con esa liberación y el 73% considera culpable a la susodicha.

Por supuesto, el caso es complejo y debe mirarse desde varias aristas. La vertiente jurídica y y el cariz político han sido ampliamente discutidos en la opinión pública, aunque sólo algunos analistas han llegado a conclusiones pulcras y cabales, entre los que destacan Miguel Carbonell, Denisse Dresser y por supuesto Héctor de Mauleón, quien se abocó a leer todo el expediente del caso.

Más allá de lo anterior y de los argumentos que esgrimen unos y otros, la perspectiva mediática no puede ser desdeñada, sobre todo por las innegables implicaciones sociales que conlleva. La abrumadora mayoría mencionada líneas arriba, nos revela un irrefutable consenso en la percepción popular, el cual se construyó a partir del perverso montaje televisivo que todos conocemos, y cuya vileza se acentúa en tanto permaneció prácticamente intacto aun cuando la televisora coludida reconoció que se trató de una puesta en escena.

Así, la construcción ficcional prevaleció, incluso después de su desmentido, y fue decisiva para el tajante juicio social. Este hecho evidencia el poder fáctico que tiene la televisión (particularmente en el contexto duopólico mexicano), pero también demuestra el alcance mítico que posee tal medio: su verdad se erige en realidad. Por ello, alcanza una condición de oráculo, de generador de axiomas, de templo de la sabiduría popular. Por ello también, el encono, la vehemencia y la indignación ante el fallo judicial, en tanto la sentencia se opone al incontrovertible dictamen televisivo: “yo la vi ser culpable”, como contundente corolario del caso. La afrenta al oráculo no es perdonada por sus seguidores.

Resulta paradójico, pues, el manejo que el público hace de la noción de impunidad. Contrasta la laxitud con la que se juzga a Televisa con la rotundidad de los dichos al referirse al resto de los implicados en el sumario. La diferencia estriba en el poder omnisciente que nosotros mismos le conferimos a los contadores de historias, en tanto llenan nuestros propios vacíos existenciales, aspiracionales o identitarios. Bien decía el gran Jean Baudrillard: “la televisión no conoce la noche. Es perpetuamente diurna. La TV encarna nuestro miedo a la oscuridad, a la noche, al otro lado de las cosas.”

*Académico en las áreas de Periodismo y Comunicación. Docente universitario en la Universidad de las Américas y en la Universidad Iberoamericana Puebla. Analista y conferencista de Media y News literacy; consultor en gestión de información para cibermedios y en Calidad académica; editor y productor de contenidos en deporte, cultura y viajes. Su línea de investigación académica es historia del deporte y del olimpismo.

Vive en la ciudad de Puebla; gusta del beisbol, el chocolate y la lluvia.

Correo electrónico: hugoleonz@gmail.com

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