That’s all folks
Acaso tal mella pueda tomarse como una tenue explicación para que un individuo, al verse imbuido por una gran cantidad de poder (por ejemplo, el poder supremo en un determinado gobierno) quisiera replicar tales tramas y situaciones como si el devenir de un país entero fuese una historieta.
Por Lado B @ladobemx
03 de diciembre, 2012
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Hugo León Zenteno

@hugoleonz

“Eso es todo amigos”. Célebre colofón de los legendarios segmentos de dibujos animados producidos por el estudio Warner Brothers, protagonizados por personajes como Bugs Bunny, Porky, el pato Daffy, Silvestre, Piolín y demás, cuyas andanzas marcaron indeleblemente la infancia de quienes ahora sobrepasamos las cuatro décadas de existencia. Acaso tal mella pueda tomarse como una tenue explicación para que un individuo, al verse imbuido por una gran cantidad de poder (por ejemplo, el poder supremo en un determinado gobierno) quisiera replicar tales tramas y situaciones como si el devenir de un país entero fuese una historieta.

Dicha réplica cae en lo caricaturesco: el susodicho sujeto maquinando, cual Wile E. Coyote, la manera de atrapar a su declarado archienemigo, el mismísimo as del desierto: el Correcaminos. Una y otra vez, el hambriento cazador queda apenas a un tris de capturar a su elusivo trofeo; apoyado siempre por la sofisticada e inimaginable parafernalia de ACME. “I want all the toys”, confesó alguna vez el dignatario al comentar sobre una instalación construida para perseguir malhechores.

Pero además de esa pulsión infantil, la otra explicación a lo visto en el reciente sexenio es sencillamente maquiavélica. Ante la imperiosa necesidad de legitimación, producto de las dudas jurídicas, políticas y de la opinión pública, la estrategia seleccionada -aplicada a rajatabla y ad infinítum- fue la del Storytelling. Noción conceptuada y descrita por Christian Salmon como “el instrumento de la mentira de Estado y del control de las opiniones”. Así, sin más, la construcción de una gran historia para justificar los atracos, las ocurrencias, los deslices, los caprichos, las connivencias, los atropellos…

Así pues, nos contaron que había que ir inmediatamente por los canallas, lo cual era impostergable por cuanto su influjo era ya total en el entramado social y que todo podía resquebrajarse sin la acción salvífica del Estado protector. Y nos lo repitieron en cada dicho, en cada acto, en cada oportunidad; no importaba si el motivo era otro, si se trataba de una conmemoración o de una inauguración: el régimen fue prácticamente monográfico. De esta manera, por la fuerza de la repetición, una considerable parte de la población validó y alabó la valentía, el pundonor y la templanza de su líder y, con ello, excusó la barbarie y sus secuelas.

La premisa de toda esa estratagema, al ser prefabricada, no se sostiene. En 2006, la única serie de datos sobre consumo de estupefacientes -a nivel nacional- provenía de la Encuesta Nacional de Adicciones, realizada en 2002 (ya que para aquél año sólo se realizó la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, que no contiene datos específicos sobre uso de drogas). Las definiciones operacionales del primer ejercicio estadístico mencionado no especifican la frecuencia de uso que implicaría una adicción; pero si consideramos como un adicto, de acuerdo a los reactivos utilizados, a alguien que había empleado las sustancias más de 50 veces, sólo el 0.71% de la población joven y adulta del país se hallaba en esa condición. Aun cuando no eran datos recientes y totales (una encuesta no es un censo), el porcentaje resultó suficiente para emprender una guerra, toda vez que se le agregó el poder de los aparatos gubernamentales y mediáticos.

No obstante, ahora comienza el juicio ineludible de la historia. El plazo se cumplió y como rezaba el epílogo de la caricatura: “eso es todo amigos”. Sí, fue todo para el émulo del coyote, quien se obcecó en cazar a sus intercambiables presas; culminó el fatídico lapso del señor que en sus discursos insisitió una y otra vez en aludirnos como “amigos”, como queriendo congraciarse con los afectados, con los incrédulos, con los ingenuos, con los inermes. Pero no, no somos sus amigos, este pueblo dolido no puede ser su amigo.

*Académico en las áreas de Periodismo y Comunicación. Docente universitario en la Universidad de las Américas y en la Universidad Iberoamericana Puebla. Analista y conferencista de Media y News literacy; consultor en gestión de información para cibermedios y en Calidad académica; editor y productor de contenidos en deporte, cultura y viajes. Su línea de investigación académica es historia del deporte y del olimpismo.

Vive en la ciudad de Puebla; gusta del beisbol, el chocolate y la lluvia.

Correo electrónico: hugoleonz@gmail.com

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