Sida: el Virus de (des)Información Humana

Sida: el Virus de (des)Información Humana

Ámbar Barrera

@AmbarBrizz

¿7:00 am es demasiado temprano? En el Hospital General de Puebla el sonido más perceptible es el que hacen los automóviles en el tráfico de las calles, los pasos y las voces de las personas circulando son apenas murmullos. La puerta del Capasits (Centro Ambulatorio para la Atención del sida y otras infecciones de transmisión sexual) aún está cerrada y un policía mira desde el interior. Dos mujeres están formadas para entrar. Tomo mi lugar y espero.

–¿También  viene a hacerse la prueba? –Le pregunto a la señora que está delante de mí. Ella me mira y sonríe.

–¿Qué prueba? –contesta, y yo pienso que de alguna manera quiere evaluar mis reacciones.

–La prueba de VIH –contesto con honestidad.

–Sí –responde cortante.

Las puertas se abren después de pocos minutos. Nos registramos en la entrada y damos nuestra credencial de elector en una ventanilla. Somos cuatro personas las que esperamos mientras observamos el lugar como quien no ha venido antes. Evitamos cruzar miradas. Los que vienen acompañados platican en susurros.

Yo me siento junto a la misma señora con la que intenté romper el hielo hace un momento e insisto en seguir haciendo preguntas amablemente hasta que logro entablar una fluida conversación.

Su nombre es Ibis y me platica molesta que vino la semana pasada pero le dijeron que no había pruebas y, además, le pidieron un comprobante de domicilio, requisito que no terminaba de comprender. Aun así, y para que no hubiera pretextos, esta vez traía consigo un recibo de luz.

Ibis es poblana, tendrá alrededor de 30 años y vive por la central de abastos. Viene vestida con un pants rojo, es bajita, robusta y la mayor parte del tiempo está cruzada de brazos. Cuando habla siempre mira fijamente a los ojos y esboza una pequeña sonrisa. Lanza las palabras como van, sin rodeos. Cada año se hace la prueba del VIH, del VPH (Virus del papiloma humano), la VDRL (prueba para la detección de sífilis y otras enfermedades venéreas) y un exudado vaginal.

–Yo soy divorciada y con mi actual pareja llevo casi dos años pero nunca se sabe. Te dicen: “Es que eres la única…”. Ay ajá –se burla sarcástica–. Como mujeres debemos cuidarnos.

Aquellas, sus últimas palabras antes de entrar a un cubículo de orientación. Ella pasa primero  mientras yo inicio conversación con una joven que llegó después de mí. No es difícil romper el hielo. Parece un tanto nerviosa y aunque la plática parece relajarla, hablar sobre ciertos temas que tienen que ver con sus razones para estar aquí, le incomodan. La llamaré “C”, pues no tuve la oportunidad de preguntarle su nombre. C es de Chiapas pero vive en la Ciudad de México con su esposo. Según dice, del trabajo de él los han mandado a Puebla para hacerse la prueba; sin embargo C viene sola: “¿Y sólo tú te harás la prueba?”, me atrevo a preguntar. Ella me mira directa y fijamente, tensa su cuerpo y hace una larga pausa antes de responder con un “sí” mientras le tiembla el párpado. Ya no insisto con el tema.

Después de pocos minutos llega mi turno de pasar al cubículo de orientación, donde te hacen las preguntas de rutina:

–¿Por qué te vas a hacer la prueba? ¿Has tenido relaciones de riesgo en los últimos tres meses?

–Sí –contesto segura y preparándome para poner a prueba su respeto ante la diversidad sexual.

–¿No usas condón?

–No. Soy lesbiana…

Quien está detrás del escritorio es, por lo que he escuchado afuera, un pasante de psicología. Desde el primer momento que estuve dentro del cubículo se la ha pasado con los ojos clavados en una hoja en la que apunta -al parecer- las respuestas que le voy dando. En cuanto escucha mi última aclaración alza la vista, me mira fijamente y cambia su tono de voz por uno más firme y alto.

–Bueno, eso no importa. De todas formas debes cuidarte. Digo, a lo mejor no puedes usar condón, pero… supongo que tienes una pareja, también tiene que checarse.

Esperaba que dijera más. ¿Y los diques para sexo oral entre lesbianas? (los cuales, por cierto, se pueden hacer a partir de condones). ¿Las lesbianas no usan condón? ¿En serio? Pues se usan condones o guantes para las penetraciones (no toda penetración implica un pene). Finalmente, me pregunta sobre una relación monógama. ¿Cómo sabe que no tengo más de una pareja afectiva o sexual?

De ahí directamente me mandan al laboratorio, a una fila exclusiva para las personas que canalizan desde el Capasits.

La fila avanza lento y veo al menos diez personas, además de quienes he identificado que fueron a hacerse la prueba por primera vez; por cierto, cuatro mujeres. C llega unos minutos después y me pregunta si lo que prosigue es la muestra de sangre, le respondo afirmativamente con una sonrisa y percibo que la mujer que se encuentra delante de mí me observa, hasta que al fin pregunta:

–¿Llevas mucho tiempo viniendo? –su tono es bajito (como en secreto), pero hay una inquietud en su pregunta pues me mira con mucha atención e incluso se inclina un poco para quedar más cerca de mí. Me parece que espera una respuesta afirmativa. Es más, esa impresión me ha dado toda la mañana. Las personas dentro del Capasits pueden buscar no evidenciar que se observan entre sí, pero cuando casualmente cruzan miradas se sonríen, como si todos fuéramos cómplices, como si entre nosotros existiera un vínculo que puede hacer automáticamente que convivamos de manera cordial.

–No, es mi primera vez –le confieso, y no puedo evitar sonreírle cálidamente. Entonces noto que mi respuesta la sorprende.

–¿Tu primera vez? ¿Y no estás nerviosa? ¿No tienes miedo?

–No –y sigo sonriendo.

Ella, a quien llamaré “D”, lleva ya un año en tratamiento. D es seropositiva, tiene 42 años y es casada.

–Me operaron dos veces. Después de la segunda comencé a sentirme muy mal, a enfermarme de todo, adelgacé demasiado. Mi doctor me mandó a hacer la prueba de VIH y yo no le vi caso porque antes de cada operación también me la habían pedido y no tenía nada. Cuando tuve que recoger los resultados vine sola y no quisieron dármelos, me pusieron pretextos y así me trajeron como dos semanas. Un día que llegué con mi esposo me preguntaron si era una persona de mi confianza, les dije que sí y entonces me dieron los resultados: eran positivos. Me dejaron sorprendida, lo primero que pensé fue en mi esposo –hace una pausa para mostrar una especie de sonrisa que no logro descifrar– lo  curioso es que él no tiene VIH.

D sospecha que fue un acto de negligencia durante su segunda operación y asiste regularmente con una psicóloga en el Capasits. Mientras vamos platicando, la fila avanza y es su turno para la prueba de sangre, no se demora más de dos minutos y ahora me toca a mí. Apresuradamente acordamos coincidir para seguir charlando, sin embargo, el proceso para encontrar mis venas fue tan lento que cuando salí, ella ya no estaba.

Mis muestras están en el laboratorio y ahora sólo resta aguardar una semana para recibir los resultados.

Entrega de resultados

Otra vez 7:00 am y hoy hay mucha gente en el Capasits. Después del registro habitual pasan algunos minutos y comienzan a llamar a quienes vienen a recoger resultados. A uno por uno nos recogen la credencial de elector para cotejarlas en una lista y, a excepción de unos cuantos que no aparecen en ella –además de quienes piden seguir esperando hasta escuchar su nombre-, el resto pasamos a la sala de usos múltiples.

Hay una fila de sillas en el fondo del aula, una mesa en el centro y un pequeño pizarrón al frente. Somos alrededor de 20 personas tomando lugar y me llama la atención que sólo hay dos hombres; es complicado saber si todos los presentes vienen por resultados, porque a la sala también están entrando acompañantes.

A la par de nosotros entró Elizabeth Huerta, quien se presenta como psicóloga del Capasits y anuncia que será la encargada de dirigirnos una plática previa a la entrega de resultados.

“El VIH es un virus que infecta el cuerpo. El Sida es la enfermedad como tal”, dice la psicóloga y tras una breve explicación de las diferencias entre ambas –VIH y Sida– comenta que el virus sólo se transmite por vía sexual, sanguínea y en ocasiones, de madre a hijo durante el embarazo.

Estoy segura que no mencionó la lactancia como una forma de transmisión pero no interrumpo, justo ahora desmiente que el virus se transmita por saludar, besar o por convivir de cerca con personas que ya portan el virus.

Su discurso es bastante mecánico, rápido, ensayado; es evidente que lo ha repetido cientos de veces semana tras semana. Me pregunto también si de los presentes hay alguno o alguna que haya tenido que escucharlo más de una vez.

Hacía frío cuando llegamos pero yo ya no tengo y aunque veo gente con los brazos cruzados, me da la impresión de que responde más a reflejo de incomodidad que a una postura relacionada con el clima de la mañana.

Ahora la plática llama más mi atención, la psicóloga habla de los síntomas del Sida, de la importancia de la carga viral y de la constancia que deben tener los portadores del virus con su tratamiento. Como si estuviéramos en la escuela, va apuntando palabras clave en el pizarrón.

Ya lo dije antes, en la sala hay una mayoría de mujeres que van de los veinte a los cuarenta y tantos, casi todas de clase media baja a juzgar por su apariencia. Intento armar en mi mente escenarios de sus vidas, a imaginarme cómo fue que terminaron en una de estas sillas esperando un resultado.

Justo cuando recuerdo a Ibis (la mujer con quien me topé el día de la prueba y que dudaba de la fidelidad de su pareja), la psicóloga comienza a hablar sobre el “periodo de ventana”: un lapso de tres meses posteriores a un contacto de riesgo en el que los análisis podrían identificar al virus en caso de haberlo contraído. Tomo un poco de aire y me acomodo en la silla, parece que estamos en la recta final porque ahora nos insiste sobre el uso del condón.

Hace no más de diez minutos estábamos buscando lugar en el salón y ahora toda la audiencia guarda un silencio perturbador cuando la psicóloga da pie a preguntas o comentarios. Supongo que para algunos habrán sido los diez minutos más largos de sus vidas pero no se notan impacientes, más bien están rígidos en sus asientos mirando fijamente a la exponente y reclamando con cada una de sus expresiones que de una vez los saque de esta incertidumbre que comenzó hace una semana.

Al fin llega la hora de los resultados. Sobre la mesa hay una pila de papeles. Son hojas carta partidas a la mitad. Simples hojas que podrían no ser nada en otro contexto pero, aquí, son historias de vida. No sé qué reacciones esperar y eso me inquieta. ¿Habrá lágrimas, gritos? ¿Alguien podría desmayarse?

Minerva Hernández, otra psicóloga del Capasits, toma la pila de resultados y uno a uno nos va llamando hacia la mesa. Hay que firmar un libro administrativo mientras -entre susurros- se nos explica algo sobre el resultado. Noto suspiros de alivio y, con ellos, poco a poco los asistentes van saliendo de la sala.

Es mi turno, pero yo estoy tranquila. Minerva me explica que di negativo pero me recuerda el periodo de ventana y me sugiere que repita la prueba en unos meses. También me da una receta con la que puedo recoger diez condones en la farmacia.

Ya todos se fueron y aprovecho para acercarme a ella –a Minerva–. No quiero irme de aquí sin saber lo que se siente vivir todos los días tan cerca del VIH.

-Yo estoy aquí no sólo por estar. En este trabajo no hay que dar el 100%, hay que dar el 200, el 1000. No tiene caso que hagamos 20 pruebas que salen negativas si no logramos concientizarlos sobre la prevención, porque entonces seguirán teniendo prácticas de riesgo y entonces saldrán 10 positivos de esos que hace tres, seis o nueve meses no tenían.

Así , de pronto, me encuentro con más de los que buscaba. Sus razones para estar aquí son más profundas de lo que imaginaba. Yo la escucho sin prisa pero ella habla rápido, quizá no se detiene para no hacer ninguna expresión de sentimentalismo.

–Yo sé lo que significa estar de ese lado, esperando los resultados. Mis padres murieron de Sida. Ellos sí, de Sida. Muy deteriorados por no seguir un tratamiento adecuado cuando lo supieron y también por no detectarlo a tiempo.

No tengo más que preguntar.

Por lo visto, en esta sala todos recibieron resultados negativos, quizás los menos afortunados son esos a quienes no llamaron al principio, a los que les dijeron que esperaran. O no, la menos afortunada ha estado todo el tiempo aquí, tratando de impedir que se repita su historia.

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