Postales de Madrid

Postales de Madrid

Un breve recorrido por España en verano, un viernes que nunca termina en barrios de colores, el recuerdo de un montón de historias recogidas aquí y allá en esa ciudad donde no se ponía el sol. 

 

Ernesto Aroche

@earoche

El autobús que no va lleno en su totalidad avanza por una larga y tranquila carretera. Delante de mí un tipo se gira molesto porque, sin querer, he golpeado la parte trasera del asiento donde su pareja duerme. Simulo no verlo. Me coloco los audífonos y continúo con la lectura del Dylan Dog, el cómic que compré en el aeropuerto de Milán. Dylan Dog es un detective de lo paranormal, un ex policía que fue expulsado del cuerpo policial por su afición a beber, afición de la que se ha olvidado para erigirse como un tipo de lo más políticamente correcto y bastante bien portado. Sí, melancólico, meditabundo y bastante aburrido de no ser por los misteriosos casos en que se ve envuelto mes con mes, una larga aventura que lleva ya más de 200 números. Dylan vive en Londres y tiene un “Watson”, que hace las veces de mayordomo, y que se parece a Groucho Marx no sólo físicamente. Olvidé decir que este “detective de lo desconocido” se parece extrañamente a Rupert Everet y que muchas de sus aventuras resultan mezclas extrañas de libros, películas y mitos de lo oscuro, imagino que algún día por ahí aparecerá el chupacabras, sino es que ya hizo su estelar.

Bueno ahí estaba yo, entre la aventura dylaniana, la carretera interminable con grandes campos de olivo y una pareja que delante de mí se prodigaba arrumacos. Pasadas las primeras horas y después de la única parada en el camino a Madrid caí en la cuenta de que el tipo del asiento de adelante venía acompañado de otro tipo, los dos igual de altos, como lo pude comprobar una vez que bajamos en la que alguna vez fuera la capital de un imperio donde no se ponía el sol, los dos igual de fuertes, los dos igual de gays.

El hecho apenas me causó ruido, pero me lanzó a divagar sobre el amor.

El amor, ese extraño sentimiento que inicia en las tripas y que se apodera de todo lo demás en menos de lo imaginado. ¿Se puede morir de amor? Al menos se puede morir creyendo que es amor, aunque en realidad no lo sea, como sucedió en un pequeño poblado de gitanos en alguna parte de esta España ya no tan moderna.

Una jovencita de 15 años fue robada por el novio como marca la tradición gitana, y en un arranque de sinceridad ante el hombre con quien compartiría el resto de su efímera vida, decidió contarle que no era el primero con quien compartía la piel y la cama. La declaración encendió la sangre gitana del varón, quien ni tardo ni perezoso la emprendió a golpes en contra de quien días antes le había jurado amor eterno. La chica aceptó calladamente el castigo físico y el encierro. Al día siguiente la discusión y la violencia se disparó de nuevo. Él, de cabellos negros y rizadas pestañas, volvió a tomar entre sus puños los largos caireles de ella para arrastrarla por la casa en la que habían decidido iniciar su vida. Ella en respuesta le clavó los dientes. Él se volvió loco y comenzó a golpearla con pies y puños. En algún momento un rayo de cordura cruzó por su cabeza y salió azotando la puerta. Pasadas unas horas, cuando la tormenta había amainado, regresó, hizo el amor con ella, lloró y pidió perdón, le dijo que se fuera, que lo dejara solo, que regresara a su casa. Ella no quiso.

Al día siguiente cuando él regresó a casa la locura volvió a desatarse. La había dejado encerrada nuevamente, temiendo que alguien pudiera ver el estado tan lamentable en que se encontraba. Ella había hablado por teléfono con una amiga confesándole la situación, “déjalo” le dijo la amiga. Ella volvió a negarse. Nunca más volverían a conversar. Él asegura que ella lo provocaba afirmando que así como lo había hecho con otro hombre lo haría con sus amigos. Esa noche la golpiza fue brutal, no bastaron pies y manos, ayudado de una barra de metal y de una cadena recubierta de plástico le aplicó un castigo del que ya no se levantaría. La dejó tirada en el suelo sobre un charco de sangre. “Está bien, si no quieres levantarte quédate ahí”, le dijo antes de tirarse a dormir, exhausto y sin ganas de más nada. Pasadas unas horas despertó, la encontró en la misma posición en que la había dejado, la movió y no obtuvo respuesta, cuando se dio cuenta de que ella no volvería a tenerse en pie, que no volvería a decirle nada, salió gritando y llorando a la calle. En su camino se encontró con un vecino al que le pidió que llamara a su madre, asegurándole que había matado a su esposa.

¿Qué se puede hacer una tarde de viernes que nunca termina? Madrid está que arde, el termómetro ha subido arriba de los 40 grados y el mar está más lejos que un buen gazpacho para quitarse de encima lo pegajoso de la piel.

Lo mejor es buscarse un bar al aire libre y colonizar una mesa. Hacer como que en el bolsillo se tiene los suficientes euros y pedir al camarero, con un aire de quien sabe lo que tiene y lo que quiere, otra ronda igual a esta, la paga mi amigo el croata con cara de gangsterillo de poca monta sentado dos mesas más allá o el africano ese que mira con aire de autosuficiencia como si nunca en su vida hubiera sido esclavo en el sur de los Estados Unidos. La próxima caña sin duda será obsequio del alemán que acaba de llegar y que asegura que nada tuvo que ver con los nazis, aunque en realidad todos en su país tengan un pasado que los relaciona con la swastica y pretendan negarlo; o del orgulloso francés todo cultura y buenos modales, que nos mira a todos por encima del hombro y se siente culpable por ello.

Después pasaré por Casa de América a mirar una de las películas de la muestra de cine canadiense, quizás la nueva de Atom Egoyan (Ararat), pero antes me detendré en el Chuecatown a mirar los colores del arco iris que iluminan el barrio y las calles más «alegres» de toda España. ¿Cómo es que la capital del imperio terminó como refugio y ciudad «orgullosamente diversa»? Tal vez deberíamos preguntárselo a Almodóvar (aunque sea manchego) y a Alaska, o tal vez el generalísimo tenga una vaga idea y pueda decirnos por qué el pueblo español dio ese cambio radical y hoy se abre al mundo de la diversidad sexual.

Pero para llegar al parque de Chueca deberé pasar por Plaza Sol, centro neurológico de la ciudad de los turistas. Ahí, en sus baldosas, la piratería y el comercio ambulante le buscan las cosquillas a la autoridad con sus CD’s piratas de dos euros con los nuevos himnos de verano y sus productos Operación Triunfo, que la televisión española ha elevado a dioses y divas del mercado, todo música desechable, como debe ser en este gran mercado de consumo. O con sus bolsas imitación Louis Vuitton y sus abanicos made in china.

Subo por la calle Preciados, que en realidad es la calle de los freaks, de los deformados física, grotesca y económicamente que piden compasión y un poco de dinero para comprar leche y comida a los cientos de hijos que cargan a cuestas desde sus pobres países de origen. Ya lo dijo Sartori en su nuevo libro, lo que amenaza al primer mundo es la sobrepoblación de los países no desarrollados, la contradicción está en que eso mismo es lo que lo hace gozar de los beneficiados de la mano de obra barata. También es la calle de los músicos urbanos que siguen empeñados en mantener vivo el espíritu de una revolución que huele a rancia y que ha devenido en un: «patria o muerte, venceremos», que más bien parece un «patria o muerte, nos venciste… Fidel». Sí, sí, lo sé, el espíritu es romántico, la realidad es cabrona.

Sigo mi camino por Montera con su oferta internacional de carne, expuesta sin pudor ni complejo, lo que la hace una de las aceras que más se transita en la capital española. Sudamericanas, centroamericanas, africanas, blanquitas de la Europa del este que han huido a los horrores de la guerra, de todo hay en la calle del placer. La carne del tercer mundo se ofrece a los que puedan pagar sus favores a cambio de euros en tacones altos y miradas más bien tristes o aburridas.

¿Qué se puede hacer una tarde viernes que nunca termina?

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