La Usurpadora en Serbia

La Usurpadora en Serbia

Un sueco loco, un mexicano dueño de un bar clandestino llamado Tijuana, y un montón de latin american lovers fanáticos de las telenovelas en un viaje a Serbia, aderezado con alcohol y muchas horas sin dormir. 

 

Ma. Aranzazú Ayala Martínez * 

@aranhera

Llegamos a Belgrado buscando encontrarnos con nuestra anfitriona de couchsurfing -un sitio web donde voluntarios de prácticamente todas partes del mundo ofrecen “su sillón” a los viajeros para que se queden unos días-, quien al parecer vivía con su esposo a las afueras de la mancha urbana de la capital serbia. La cita era temprano, a eso de las cinco o seis de la mañana que llegáramos, pero era el cumpleaños de mi amiga y habíamos conocido a un sueco loco dueño de un hostal quien nos dijo que su amigo mexicano tenía un bar clandestino, y pensamos que sería buena idea ver el partido México contra Francia en compañía de algún paisano antes de buscar a la anfitriona.

Así que fuimos al hostal buscando a Max –el sueco loco y, por cierto, pelón-, quien efectivamente nos llevó al bar “Tijuana”, enclavado en el tercer o cuarto piso de un edificio a tres cuadras del pseudo zócalo belgradés: un departamento acondicionado sin mucho esfuerzo con una barra de bar donde estaría la sala, dos cuartos grandes con sillones y mesas, y un cuartito al fondo que la hace de almacén.

No había nadie más que Víctor, el dueño, –alguien con quien normalmente no hubiéramos cruzado palabra en México, un niño nice del Pedregal y la Anáhuac del Distrito Federal, pero las extrañas coincidencias balcánicas nos acercaron cordial y alegremente–, su esposa Silvija y su hijo de dos años. Terminó el partido (ganó México), y conforme oscurecía la puerta del Tijuana se abría con más frecuencia para dar paso a un nutrido grupo de latin american lovers serbios, obsesionados con hablar español, las telenovelas y William Levy.

Uno de ellos, Alejandro, –cuyo verdadero nombre es una cosa rara e impronunciable y prefería llamarse así por la canción de Lady Gaga– nos dijo que Gaby Spanic, protagonista del éxito de Televisa “La Usurpadora” fue de visita a la región y salió en cadena nacional; su padre era yugoslavo, oséase croata, y ella es una celebridad casi tan famosa como Thalía, protagonista de la trilogía mexicana más exportada a todo el mundo: María Mercedes, Marimar y María la del Barrio.

Alejandro hablaba un perfecto español, con groserías y todo, demasiado bueno para alguien que sólo había estado una vez en su adorada península Ibérica y jamás en América Latina. Le dijimos que teníamos que irnos porque ya era tarde, pero al saber dónde vivía nuestra anfitriona de couchsurfing –que resultó ser lejísimos- nos convenció, junto con los demás, de quedarnos en el bar donde Víctor y Silvija nos ofrecieron hospedaje los días que quisiéramos, y fácilmente dimos nuestro brazo a torcer.

Otro de los integrantes de la comitiva regular del Tijuana era Richi, cocinero musculoso y no muy alto que vivió un tiempo en España y a quien por cierto le encantaba mentar madres de los albaneses, “porque Kosovo es de Serbia y si quieren creer las tonterías que dicen en el History Channel es su problema pero la verdad es otra punto final voy por otra cerveza.”

Los serbios no duermen: beben y fuman, fuman y beben, amanece, toman café, fuman, desayunan, van a trabajar. Después unas horas de siesta y en cuanto la oscuridad mancha las calles de Belgrado salen de nuevo en una rutina cíclica de alcohol y locura. Precisamente en esa espiral nos atraparon y a pesar del terrible sueño no conseguimos dormir en el delgado colchón que estaba custodiado por cucarachas en la pseudobodega del bar.

Amaneció, los serbios seguían bebiendo y enloqueciéndose, llegó la señora de la limpieza y a duras penas logramos dormir 20 minutos en los sillones. Todos se fueron pero Víctor seguía despierto y con música a todo volumen, cantando mientras se servía más tragos, así que en un confuso orden de las cosas salimos a comprar los boletos de autobús y después volvimos al Tijuana y huimos para quedarnos dormidas en unas escaleras frente a la parada de autobús, como borrachos de fiesta de pueblo.

La fiebre latina es fortísima –al menos entre cierto grupo de la población, una especie de subcultura a medio hacer–, y las similitudes hacen que los serbios sean una especie de primos lejanos de los mexicanos, unidos principalmente por el puente invisible creado por Don Ernesto Alonso y Emilio Azcárraga (lo cual todavía no estoy segura si es bueno o malo, porque la toxicidad de los exagerados dramas telenovelescos cautiva a los ex yugoslavos más que la ya muy trillada terna de tequila, mariachi y sombrero).

Incluso hay una canción, más ridícula que original, llamada “La gitana”. El video es una imitación muy estilo Televisa en la que al principio los cantantes son presentados como personajes: Ognjem como Renato, Marinko como Valentino y Emina como La Gitana.

El millonario Renato está casado con la bella joven que se escapa a bailar con los gitanos, y obviamente se enamora de su “líder” que es pobre pero musculoso; los hombres finalmente tienen un duelo al estilo decimonónico ruso para ganarse a su amada. El coro de la canción dice “la gitana, la gitana mexicana, míaaaaaa”.

Lo extraño es que a pesar de las telenovelas sigue habiendo esa idea europea de que todo lo latinoamericano es como lo español; los gitanos no son típicamente mexicanos y además tampoco el flamenco es de acá, y la amalgama que sale entre todo eso es una especie de “subcultura” de amantes de lo latino (así como aquí hay un montón de fans de los Balcanes que abarrotan conciertos de Goran Bregovic y repiten todas las películas de Kusturica).

Entre las curiosidades de los serbios-latinos del Tijuana está también Vladimir, mucho más serio que los demás. Fuimos a cenar con él y su amigo Haris. No preguntaron nada, sólo empezaron a caminar asumiendo que íbamos a seguirlos (y lo hicimos, burlándonos de su actitud mezcla entre Joan Sebastian y un fan del Red Star de Belgrado). Quince minutos platicando y riéndonos para que al llegar al restaurante nos enteráramos de que Vladimir no sólo habla español, sino español mexicano pues es el traductor oficial de Juan Rulfo al serbio.

Hay una parte de los eslavos del sur (Yugoslavia, en serbocroata) que no se parece en nada a las imágenes comunistas de Tito, sino un poco más a las películas de Kusturica: una parte que inconfundiblemente se identifica con los latinoamericanos y esas ansias de vivir como si fuera una fiesta todos los días, aunque un tanto más extremas, como mexicano en quincena navideña.

Esa extraña subcultura va creciendo cada vez más, prueba de ello es el Tijuana con todo y su clandestinidad, y los adeptos a Don Ernesto Alonso que se enteran de la existencia de ese rincón de Latinoamérica en una de las capitales europeas más lastimadas por las guerras desde el Siglo XV, y de ese modo la mantienen viva, rayando entre el fanatismo y la curiosidad.

* Nacida en Puebla, trabaja en Derechos Humanos. Obsesionada con las lenguas eslavas y el portugués. Aunque estudió literatura, encontró su camino en el periodismo.

Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx

2 COMMENTS

  1. «Los serbios no duermen: beben y fuman, fuman y beben, amanece, toman café, fuman, desayunan, van a trabajar»… creo que debí haber nacido en Serbia :)
    Muy buen texto

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