189 años de la doctrina más perversa

189 años de la doctrina más perversa

Alejandro Ortiz*

No todas las doctrinas tienen como fin educar y formar a las personas. Hay una en especial que ha sido la justificación de la intromisión norteamericana en la vida de los países latinoamericanos y caribeños por decenios de años. Fue un 2 de diciembre de 1823 cuando el quinto presidente de Estados Unidos de Norteamérica, James Monroe, pronunció la famosa frase “América para los americanos” y con ella empezó Estados Unidos a escribir en la historia latinoamericana y caribeña el horror y el terrorismo con letras de sangre. Doctrina escrita por John Quincy Adams, pronunciada por Monroe, cumplirá este próximo 2 de diciembre 189 años de nacimiento maldito. Creo que debemos recordar este “anti-aniversario” de manera que conozcamos uno de los principales factores que han hecho que nuestro continente no pueda solucionar sus problemas e inercias negativas y siga viviendo a las sombras de la democracia y de la equidad social.

Empezó la frase siendo un grito de defensa ante la presión de Europa y en especial de Inglaterra de intervenir política y militarmente a América Latina. Fue entonces un llamado a que sólo los americanos podían y debían solucionar sus problemas sin “ayuda” de nadie más. Recordemos que eran tiempos de “independencias” en América. Empezando por Haití,  el continente se vio envuelto de una dinámica libertaria, insurgente, emancipadora. Hoy diríamos que fue un momento de primavera política, era un tiempo “americano” para los americanos. Recordemos que no sólo las motivaciones criollas fueron las que originaron estos movimientos, sino también una sed de liberación de parte de los pueblos empobrecidos por las dominaciones europeas. Sed que sigue sin apagarse.

Revisando las justificaciones de las independencias en varios países de América encontramos un elemento religioso. Casi en todos los procesos libertarios, se justificaba que dios quería la emancipación de sus pobladores y por eso “prometía luchar” con ellos en una guerra justa para liberarlos. Estados Unidos pensará igual pero al revés. En 1845 un columnista apellidado O’Sullivan escribió lo que pensaba dios, dijo “el destino manifiesto de Estados Unidos era extenderse por todo el continente, que se les ha asignado por la providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”. Como se verá el Dios de Estados Unidos no busca la libertad sino el sometimiento. Su cuerpo es verde y su foto esta en sus billetes.

Estados Unidos entendió rápido esto y en 1824 invadió Puerto Rico anexándolo a su territorio, después en 1845 y 1848 luchó contra México para ganarle el 55 % de su territorio. Posteriormente ayudaría a Cuba a su independencia cobrándole la factura de la enmienda Platt, que decía que Estados Unidos podía intervenir bajo ciertos motivos, uno de ellos era mantener un gobierno adecuado para proteger las obligaciones impuestas por los norteamericanos y que debían de asumir y cumplir. Obligaciones impuestas por el City Bank.

En estos aprendizajes, Estados Unidos aprendió a hacer la guerra, a ganar y a dominar. Y esto confirmaba su “Destino manifiesto”. Dios cree en Norteamérica. Y ante tanta seguridad divina Theodore Roosevelt podrá decir: “si un país americano situado bajo la influencia de los EE.UU. amenaza o pone en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno de EE.UU. está obligado a intervenir en los asuntos internos del país desquiciado para reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas”. El viejo pueblo de Dios, los israelitas, tendrán una nueva competencia: el nuevo pueblo de Dios norteamericano. Pero no se pelean, ambos pueblos elegidos por el Dios de la guerra son aliados, ahora, en contra de Palestina. Guerra santa contra los infieles.

Y bajo esta inspiración divina Estados Unidos invadirá Colombia, hará que una de sus provincias se independice de ella para lograr sus metas comerciales en expansión. De esta manera nacerá en 1903 Panamá. El país creado para ser atravesado. En 1907 y en 1915 invadirán Santo Domingo y Haití respectivamente para que el City Bank pudiera cobrar sus deudas. El entonces secretario de estado justificaba las invasiones diciendo que “el negro tiene una tendencia inherente a la vida salvaje y a una incapacidad física de civilización” y este pensamiento se apoyaba del destino manifiesto y en palabras del presidente William Taft, presidente de 1909 a 1913: “El hemisferio todo nos pertenecerá…por la superioridad de nuestra raza”.

Con esta antropología solo igualada por el nazismo se irá construyendo la “hegemonía norteamericana” en el continente. Para mantenerla creara policías especiales, agencias de espionajes famosas y una escuela para formar buenos dictadores latinoamericanos. Si alguien se pregunta si esto es del pasado solo debemos recordar los actuales golpes de estados a Honduras y a Paraguay, con presidentes electos democráticamente por el pueblo. O por citar un ejemplo más global debemos ubicar el papel predominante actualmente de empresas petroleras como ExxonMobil, BP y Shell en la “reconstrucción” de Irak, guerra impulsada por Estados Unidos.

Terminemos este recuento del mal con las palabras de un ex comandante mariner arrepentido, citado en el libro de Fabián Berenstein, Go Home! Que decía en 1935 ante su Congreso: “He servido durante treinta años y cuatro meses en una de las unidades más combativas de las fuerzas armadas norteamericanas: la infantería de marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y sus banqueros…la bandera sigue al dólar  y los soldados siguen a la bandera”. Ojalá que esta memoria roja de nuestro continente nos ayude a mantener la resistencia y la esperanza de un mundo sin intervenciones y sin dominios.

*El artículo expresa la opinión personal del autor, que es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla
**Este texto se encuentra en Círculo de Escritores. Sus comentarios son bienvenidos.

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