Los presidentes y sus aeronaves a capricho

Los presidentes y sus aeronaves a capricho

Tomada de ibtimes.com/

Arturo Cravioto

@chukarthur

El mundo podría pensar que el asunto del transporte aéreo de mandatarios sólo es interesante en el caso del avión presidencial norteamericano, el Air Force One; pero en México también jugamos beis y pronto tendremos uno mucho más caro. El épico Jumbo 747 que actualmente transporta al presidente Barak Obama quedará opacado, ello a pesar de nuestras economías distan mucho de parecerse.

El escándalo se destapó en agosto de este año, cuando se anunció que, por cuestiones de seguridad nacional, el gobierno mexicano encargaría a la Boeing su avión más caro y de última tecnología, un 787, construido a base de fibra de carbono, que lo hace más resistente, pero mucho más ligero, con mayor autonomía, es decir para vuelos largos y con un menor consumo de combustible.

El precio comercial del Boeing 787-8 es de 193.5 millones de dólares, de acuerdo con la página en internet de la empresa, aunque según el proyecto de la Sedena tendrá un costo de cercano a los 667 millones, por sus adaptaciones –aspectos que siguen en la oscuridad–, más 83 millones de dólares para mantenimiento, lo que da un total de 750 millones de dólares.

Esta no es la primera vez en la historia moderna mexicana que el transporte del presidente de México ocupa litros de tinta en titulares y columnas periodísticas, hay toda una tradición en historias y escándalos causados por los aviones que han utilizado nuestros ilustres mandatarios.

Así como en Estados Unidos, nosotros también tenemos nuestro “Er Fors Guan”, el TP01, o lo que es lo mismo Transporte Presidencial 01, la clave que se le asigna a la aeronave que, en un momento determinado, transporta al primer mandatario.

Y también, como en Estados Unidos, previo al encargo del nuevo avión, tenemos un Boeing un poco más pequeño y antiguo, aunque se trata de un modelo muy cumplidor, es uno de los preferidos por los pilotos de todo el mundo, un 727 que tiene su dinastía como transporte presidencial, sus anécdotas y su costo en el egreso de las arcas del país.

La historia antigua

Hagamos un poco de histórica, la relación entre los aviones y el presidente de República inició el 8 de enero de 1910 al realizarse el primer vuelo en el espacio aéreo nacional. Fue Alberto Braniff quien estrenó el cielo azteca, según la Enciclopedia de México, en un biplano con motor de un pistón que se elevó a 25 metros de altura en los llanos de Balbuena, en el Distrito Federal, muy cerca de la zona que ahora ocupa el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, por cierto, nombre que lleva el actual avión presidencial.

Un año después, en 1911, viendo el potencial, tanto científico como militar de la aeronáutica, el presidente Francisco I. Madero solicitó al gobierno de Estados Unidos la compra de cinco aviones; además, envió a cinco jóvenes a estudiar las técnicas de vuelo, entre ellos Alberto Salinas Carranza y Gustavo Salinas Camiña, sobrinos del entonces gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza.

El 30 de noviembre de ese año, como conejillo de indias, Madero se convirtió en el primer mandatario del mundo en realizar un vuelo aéreo, con un viaje de 10 minutos también por los llanos de Balbuena,  por unos momentos ese avión se convirtió en el primer TP01.

De la hélice al jet

Foto: Especial

Sin embargo, se cuenta que el primer aparato designado especialmente para los traslados del presidente de la República se dio en tiempos de Miguel Alemán, el primer presidente civil, no militar, conocido como “El Cachorro de la Revolución”.

En un ánimo de proyectar una imagen de  progreso y poner a tono a México con el vecino estadunidense, país se que tomó como modelo económico y cultural, se le asignó al presidente un DC-3. Nada mal para sus tiempo, fue uno de los cargueros más eficientes que utilizó el Ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo modelo de avión protagonizaría la lucha en los años 50 por la comercialización del espacio aéreo. Para muchos es conocida la rivalidad entre las ya desaparecidas Panam y TWA.

Ya con Adolfo Ruiz Cortines en la presidencia se actualizó el transporte presidencial por uno más grande, el elegido fue un DC-6, más amplio y potente, que fue bautizado según refieren las revistas de aviación de la época como Francisco Zarco.

Cabe destacar que este nueva aéreonave no se usó mucho, y no fue hasta la llegada del primer playboy a Los Pinos, Adolfo López Mateos, que el DC6 desempolvó sus alas. López Mateos en seis años aprovechó la vida útil del aeronave que le dejaron sus predecesores, se cuenta que fue él quien mandó quitar el plástico a los asientos de tan célebre avión.

Debido al desgaste que sufrió la aeronave por las fiestas y el uso rudo de López Mateos, el presidente Gustavo Díaz Ordaz en el inicio de su gestión ordenó un modelo más pequeño pero eficiente; el Ejército le consiguió un turbohélice F-27, ideal para viajes de mediano alcance.

Para el siguiente sexenio el turbohélice no fue bien visto, por su velocidad, autonomía y falta de lujo, por Luis Echeverría Álvarez quién pidió un nuevo avión y optó por darle entrada a la turbina a la flota presidencial, eligiendo un pequeño jet ejecutivo de siete asientos que, por su tamaño, los reporteros de la fuente lo rebautizaron como “el Topo Gigio”, haciendo referencia también a su insigne clave: TP01; aunque su nombre oficial fue Miguel Hidalgo, personaje predilecto del nuevo mandatario.

El Topo Gigio no logró trascender el sexenio, el pequeño avión no daba el ancho para la “abundancia” que había que administrar en el país gracias a unos yacimientos de petróleo recién descubiertos.

En ese furor, López Portillo ordenó que se comprara a Mexicana de Aviación dos Boeing 727 usados, que a su vez la aerolínea estatal había recibido, ya de segunda mano de la Eastern Airlines, empresa ya desaparecida.

Las dos aeronave fueron asignadas al transporte presidencial, y López Portillo inspirado por la mitología azteca las bautizó como Quetzalcóatl I y II. Las compra y el alto por su alto costo de operación y mantenimiento fueron motivo escándalo en la época.

Aunque, a pesar del alto costo de mantenimiento de estos 727, hay pilotos mexicanos que lo consideran como el jet ideal para la altura de la Ciudad de México, debido a sus tres turbinas que permite un potente despegue. Se trata de un avión mediano con mucha capacidad, autonomía, pero caro en su mantenimiento y de alto consumo de combustible; la potencia siempre cuesta.

Pero más caro  resultó ser es el avión que, diez años después y en medio de una prolongada crisis económica, Miguel de la Madrid encargó a la Boeing, esta vez un 757. El avión tuvo que ponerse a la venta sin estrenar por la crítica nacional.

Se cuenta que luego del susto que les puso uno de los Quetzalcóatl echeverrista, De la Madrid ignoró la crítica y recuperó el 757. Se trata de una aeronave más grande que el 727 y por consiguiente más oneroso, las aerolíneas pagan hasta 120 mdd por uno usado.

De la Madrid Hurtado lo bautizó como “Presidente Juárez”, y ha dado servicio a las administraciones de Salinas, Zedillo, Fox y Calderón en los últimos 30 años.

Del jet a la fibra de carbono y la ignominia

El avión saliente es ya una aeronave de mantenimiento costoso. Según la Ley de Egresos de la Federación de 2010, a la Coordinación General de Transportes Aéreos Presidenciales se le asignaron 17 millones 903 mil pesos en ese año sólo para mantenimiento.

Pero, a pesar del cuidado, el Presidente Juárez o TP-01, se ha convertido en un avión de osados aterrizajes. En febrero de 2008 el diario El Universal narró en la columna Bajo Reserva uno de estos aterrizajes.

“La aeronave Presidente Juárez en la que viajan el presidente Felipe Calderón, comitiva y medios de comunicación, superó este domingo cualquier antecedente. A su llegada a Nueva York se tambaleó metros antes de tocar piso y, en pleno balanceo, el piloto hizo gala de su pericia para enderezarla, pues se dirigía a los pastizales en el aeropuerto de Newark, nos comentan”.

Y ya viene el nuevo, aunque no deja de percibirse la sensación de que se trata de un pago político con cargo al erario entre el presidente saliente, Felipe Calderón Hinojosa, y el priísta  Enrique Peña Nieto y con factura para el erario. El avión presidencial más caro del mundo, casi 10 mil millones de pesos, será pagado por un país cuya población, al menos la mitad, vive en la pobreza. No es nuevo, los pueblos pobres siempre han mantenido a los gobiernos; sin embargo los segundos se han vuelto menos eficientes, déspotas y exquisitos en sus necesidades, en tanto que los segundos no pueden pagar un kilo de huevo.