Letra Muerta de Mariano García

Letra Muerta de Mariano García

Alejandro Badillo

Letra muerta de Mariano García (1971) se inscribe en las novelas escritas a contracorriente de modas y tendencias editoriales. Donde la regla dicta personajes claros, situaciones unívocas, García prefiere la indefinición y la penumbra. Además, el autor se basa en la fórmula epistolar, aquella que inaugurara Rosseau con La nueva Eloísa, cuya trampa confesional conmovió a miles de lectores que sufrían en carne propia las desventuras de los protagonistas.

Adriana Hidalgo editora, 2009.

En Letra muerta asistimos a la vida de Rolando Safir, un adolescente cuya historia familiar está marcada por la muerte de sus padres. Adoptado por unos conocidos, Rolando pasa su primera adolescencia esperando una posible herencia que, al final, nunca recibe. Mientras tanto descubre —con uno de los hijos de sus benefactores— su homosexualidad y la obsesión por la escritura. Después, al cumplir la mayoría de edad, es echado a la calle y alquila un cuarto donde vive casi en completa soledad, luchando con aceptar su sexualidad, en espera del laudo favorable, del golpe de suerte que lo lleve al estrellato literario y resolver, de alguna forma, su vida. Pero en la travesía conoce a una muchacha estudiante de letras, cuyo padre —un influyente funcionario— se enamora de él e inician una relación tormentosa que culmina con un auto cayendo en un precipicio.

Más allá de la trama que apela a la locura y a la indefinición de los terrenos en donde se mueve el protagonista, Letra muerta llama la atención por su escritura en varios niveles, donde la voz principal está sujeta a las cartas que recibe Edith, una editora, y en las cuales un personaje anónimo —que en el transcurso de las páginas parece adquirir varias identidades— narra la vida de Safir.

El lector, entonces, se mueve en una atmósfera indeterminada en la que García dispone elementos representativos de la novela gótica: pérdida de identidad, muerte y tragedia. Estos factores son arenas movedizas para el autor, porque se arriesga con el lugar común y con hacer poco creíble o empalagosa la trama. Sin embargo, las desventuras de Rolando Safir superan ese escollo porque la prosa no se regodea en manidas descripciones y se limita a seguir los hechos sin artificios solemnes, concentrada en delinear una atmósfera opresiva que lentamente ahoga al protagonista.

Letra muerta también es una invectiva contra el mundo literario, contra la artificialidad de los premios, donde todo está oculto bajo una máscara y en el que la literatura como arte está supeditada a un conjunto de códigos y compromisos. Con su tono antiguo y desfasado, apela a la construcción de un personaje antes que a la peripecia o a la anécdota. Rolando Safir, en su desmesura, guía al lector en su infierno personal y en el camino, va sembrando pistas que descorren el telón de una vida equívoca.

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