Educar en la esperanza: que no es igual a optimismo

Educar en la esperanza: que no es igual a optimismo

Martín López Calva*

 “…Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible…
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza”.

 Ángel González. Esperanza. Fragmento.

El final de un ciclo y el inicio de otro suelen ser momentos de renovación de la esperanza. No es el caso de este final de sexenio e inicio de un nuevo período presidencial en México.

Recientemente una amiga expresaba en Facebook de manera irónica su profunda decepción por la situación del país y afirmaba que no se siente ya, orgullosa de ser mexicana. A la expresión de este sentir siguieron varios comentarios de personas que coincidían con esta desilusión que parece ser generalizada.

En cuestión de moral, Adela Cortina señala que, siguiendo a Ortega y Gasset, habría que hablar más que de personas o grupos morales o inmorales, de personas o grupos con una alta moral o bien de personas y grupos desmoralizados según se manifieste en ellos un alto o bajo deseo de vivir humanamente. En el caso de nuestra sociedad mexicana parece que nos encontramos en una época de profunda desmoralización que es producida por todos los hechos de violencia, muerte, injusticia, impunidad, corrupción, ineficiencia del gobierno, comportamientos cívicos inadecuados, etc. pero que al mismo tiempo produce todos estos elementos.

Porque una sociedad desmoralizada, una sociedad con un bajo deseo de vivir humanamente es producto de dinámicas de descomposición social pero es al mismo tiempo productora de descomposición social. De ahí la gravedad del problema en que hoy nos encontramos sumidos los mexicanos.

Se dice popularmente que un pesimista es un optimista bien informado y circula también en las redes sociales una frase del premio nobel de literatura portugués, José Saramago que dice que “los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas porque los optimistas están encantados con lo que hay”. Con todo respeto para el gran escritor Saramago y sus admiradores, considero que esta frase es no solamente equivocada sino riesgosa.

Equivocada porque una persona pesimista en general no se interesa por cambiar el mundo porque el pesimismo sume a los seres humanos que lo viven en la sensación de que no vale la pena intentar ningún cambio porque el mundo ya no tiene remedio.

Riesgosa porque una persona pesimista, precisamente porque mira solamente lo negativo y cae fácilmente en la idea de que las cosas no tienen remedio, es víctima propicia de lo que la misma Adela Cortina llama la “racionalidad perezosa”, es decir, del pensamiento inmovilizador que impide cualquier compromiso y posición de lucha porque considera inútiles las acciones de cambio.

Si un pesimista es un optimista bien informado, podría decirse que un esperanzado es un pensador complejo, es decir, alguien que no es optimista en el sentido ingenuo porque es conciente de los enormes problemas de la realidad pero tampoco es un pesimista en el sentido paralizante porque tiene también claridad respecto a los elementos positivos y las fuerzas de regeneración que se mueven en la misma realidad.

Diríamos entonces que un sujeto esperanzado es aquel capaz de mirar la realidad en la tensión inevitable y permanente entre procesos de decadencia y dinámicas de progreso potencial, un ciudadano con pensamiento complejo que cabría en la definición que Scott Fitzgerald daba de inteligencia superior cuando afirmaba: “la verdadera prueba de una inteligencia superior es ser capaz de admitir dos ideas opuestas y seguir funcionando. Aceptar por ejemplo que las cosas no tienen remedio y continuar sin embargo, dispuesto a cambiarlas”.

Desde mi punto de vista es a esta perspectiva compleja a la que se refiere Xabier Gorostiaga al definir a la educación como la profesión de la esperanza. Los educadores somos los profesionales de la esperanza no porque se plantee que debamos ser optimistas en el sentido ingenuo y ver solamente lo positivo de la realidad –que a veces, como ahora, resulta tremendamente difícil de encontrarse- sino porque debemos desarrollar esa inteligencia superior, esa capacidad de ver al mundo desde sus tensiones y contradicciones y no como una película en blanco y negro donde hay solamente buenos y malos y en estos tiempos de crisis, van ganando los malos.

A partir de este desarrollo de una visión compleja de la realidad el educador, como profesional de la esperanza debe trabajar por facilitar en sus estudiantes procesos que los lleven también a desarrollar su propio pensamiento complejo y a tomar postura ante la realidad desde una “racionalidad diligente”, activa, proactiva y comprometida con la transformación hacia la humanización del mundo desde una visión crítica y una solidaridad bien informada.

Para este desarrollo de sujetos esperanzados que trasciendan la falsa disyuntiva entre pesimismo y optimismo, resulta de gran utilidad la comprensión de los “principios de esperanza en la desesperanza” que plantea Morin en su libro “Educar en la era planetaria”.

Estos principios son: principio antropológico, principio vital, principio de lo inconcebible, principio de lo improbable, principio del topo y principio de salvataje.

El principio antropológico y el principio vital tienen que ver con que la especie humana y la vida en general tienden siempre a buscar las estrategias adecuadas para mantenerse y preservarse aún en los peores momentos y ante los desafíos más complicados. Los principios de lo inconcebible y de lo improbable muestran como en las distintas etapas de peligro mortal y crisis han surgido de pronto, de manera inesperada, elementos para la supervivencia y el desarrollo que hasta el momento de su surgimiento eran impensables y por lo tanto no probables de suceder. Los principios del topo y del salvataje hablan, el primero de que debajo de las dinámicas de decadencia y destrucción, de manera oculta y silenciosa están siempre moviéndose y surgiendo tendencias y procesos de supervivencia y mejora que salen a flote en el momento en que se necesitan. El segundo plantea que allí donde abundan elementos de destrucción surgen siempre procesos que permiten la salvación de la vida y de la humanidad.

Un profesional de la esperanza, es decir, un educador, es un sujeto capaz de distinguir, en medio del enorme ruido y la presencia apabullante de elementos de destrucción y muerte, estos principios de esperanza y tiene la creatividad suficiente para comunicar esta esperanza en tiempos de desesperanza tanto a sus educandos como a la sociedad.

En estos momentos de desmoralización nacional, resulta muy importante esta visión compleja que convierta a los educadores en actores esperanzados en un futuro mejor. Para empezar a entrar a esta dinámica habrá que volver nuestro corazón el nido en el que muerda la esperanza.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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  1. […] no es lo mismo ser optimista que tener esperanza –también he señalado aquí que hay que educar en la esperanza que trasciende la falsa disyuntiva entre optimismo y pesimismo- el sentido de ambos planteamientos es convergente: para dedicarse a la educación se necesita […]

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