Parece que ya le estamos pisando los talones, acelérale carnal
Guía cómica práctica para recuperar tu teléfono usando la tecnología, y un poco de ayuda humana
Por Lado B @ladobemx
10 de septiembre, 2012
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-Ese es el taxi, sí ese es, dime el número de placas –el taxista las leyó en voz alta-, sí son, síguelo, acelera.  Ese fue el momento previo al clímax de esta historia de un día que parecía aburrido, cotidiano y sin mayor trascendencia

Imagen: http://4.bp.blogspot.com

Alfredo Navarro Sánchez

@alfredonavarro

Revisé el departamento e hice la lista de las cosas que faltaban. Salí, bajé tres pisos y caminé aproximadamente un kilómetro para llegar al Superama. Con la lista de las compras en la mano fui seleccionando de los anaqueles cada producto marcado y también aquellos que no estaban; sin embargo, al término de las compras, fueron más bolsas de lo que imaginé y caminar aquella distancia cargando las bolsas del super, en un camino empedrado y con una brisa que anunciaba una tormenta tremenda, no era la opción.

Decidí tomar un taxi. Subí las cosas al vehículo, un típico vochito de la Ciudad de México color marrón y tonalidades similares. Adentro, el conductor fue bastante amable, un hombre de cabello cano que delataba su edad de entre 55 años y 60 años. Condujo su taxi hacia mi domicilio, pasó la primera caseta del fraccionamiento y la segunda, en ésta registraron los datos de las placas.

Finalmente, se estacionó en frente de mi edificio,  coloqué las bolsas en el suelo e instintivamente toqué la bolsa izquierda frontal de mis jeans y por alguna extraña razón sentí que ahí estaba mi celular. Confiado, subí al tercer piso para dejar las bolsas en la mesa del departamento.

Ya en casa, destapé una coca cola y prendí la televisión. Voy a mandar un tuit, pensé después de haber comido dos alitas de pollo. Metí la mano al bolsillo del pantalón y no estaba mi iPhone. Lo busqué entre las bolsas del súper y tampoco estuvo. Fue entonces que supuse: lo dejé en el taxi. Aquel día tan cotidiano dejó de serlo en ese momento.

Imagen: http://resources.infosecinstitute.com

Sí, está perdido…

Sé que los iPhone se pueden rastrear, pensé, aunque al mismo tiempo el bombardeo de ideas en mi cabeza preguntaba: ¿cómo haré eso?, no tengo internet en casa, ¿quién podrá ayudarme?, saliendo hay un Starbucks, voy y me conecto; que los vecinos me presten primero su teléfono para marcar, igual y está ahí tirado en el departamento y no lo veo, pero si suena seguro lo encuentro, a ver si quieren prestarme el teléfono. Pero entre que son peras o manzanas, alisté mi MacBook, la metí a su mochila, me la cargué y me dirigí donde los vecinos.

Desconfiados pero accesibles, me dejaron hacer dos llamadas. Mi iPhone no sonó en el departamento, era evidente que no estaba ahí. Aún quedaban dos hipótesis, una, está tirado en el piso justo en el lugar en donde me bajé del taxi y, dos, está en el taxi. La primera se diluyó tan rápido como llegué a la planta baja mientras que la segunda tomó fuerza inmediatamente. Corrí a la caseta y le pedí al vigilante información de las placas del taxi. A pesar de que tenían mal los datos del edificio al que se había dirigido el vocho en el que entré, al menos habían anotado correctamente el número de placas. Fue un pequeño respiro pero insuficiente.

Corrí nuevamente ya con el firme propósito de no detenerme sino hasta llegar al Starbucks y poder conectarme a internet. Me detuvo sólo el cruce de la avenida Insurgentes Sur, cuando llegué a la banqueta el semáforo daba el verde a los automovilistas y rojo a los peatones. Odié entonces al mundo, al universo, y a todo aquello que conspiraba contra mí. Se puso el verde a mi favor y corrí como Lola, la de la película “Corre Lola, corre”. Lamentablemente yo no tenía más oportunidades en el tiempo que una sola, ésta que estoy contando.

Llegué al Starbucks, claro, pero para acceder a la red tuve que comprar un té chai latte grande, pagué y como nunca antes, me urgía más el recibo que la bebida. También como nunca antes, el té estuvo listo en un abrir y cerrar de ojos y fui por él. Un minuto antes ya había puesto mi computadora en la mesa y me había conectado a la red. Lo primero que hice fue escribir en mi muro de Facebook que había perdido mi celular y enseguida una amiga de Puebla me dijo por el chat que tal vez podría ayudarme, estaba a punto de pasarle mi id y contraseña, cuando me quedé sin red, la reinicié y enseguida le dije que antes de pasarle esa información cambiaría la contraseña del Facebook porque corría el riesgo que desde el iPhone también leyeran el chat. Lo hice, pero después la conversación quedó inconclusa.

¿Cómo rastrear un iPhone perdido? fue la pregunta que escribí en Google. Aparecieron varias respuestas, dos de ellas las vi con grandes posibilidades, pero no fue así y entonces pedí un teléfono prestado entre quienes tomaban tranquilamente sus cafés para marcar otra vez al mío. Me lo prestó una mujer muy joven con cara y actitud de estudiante, marqué y tampoco hubo respuesta.

–Ya se lo chingó ese wey -pensé otra vez-. ¿Es de Iusacell tu teléfono verdad? -le pregunté a la estudiante, me dijo que sí y marqué al servicio al cliente.

Tenía la fuerte convicción de mejor cancelar el servicio. Marqué y me contestó un hombre, me dio el saludo e hizo la pregunta estúpida que les marcan en sus procesos de telemarketing: ¿Cómo ha estado su día? En automático la respuesta fue «bien», después le dije «bueno, estoy hablando porque mi celular está extraviado y no sé qué hacer, si cancelarlo o rastrearlo». El hombre contestó que intentara rastrearlo pero que sólo podía hacerlo desde otro iPhone u otra iPad y se cortó la llamada, situación que después agradecí.

-¿Alguien tiene iPhone o iPad? -pregunté a todas las personas que estaban en el café, a los cajeros, a un cliente que iba llegando, al policía de la entrada, a un tipo que se veía que estaba sin nada que hacer, a las dos chavas fresas de la UIC (Universidad Inter Continental). Nadie de ellos tuvo, pero al fondo a la derecha, y no precisamente en el baño, estaba un hombre joven que me contestó que sí. Un cachito más de oxígeno llegó a mí.

–Pero no necesitas otro iPhone para rastrear el tuyo, lo puedes hacer por internet desde cualquier computadora -me dijo.

-¿A ver cómo esta eso? –fui por mi computadora y me senté junto a él.

Imagen: http://www2.pcmag.com

A rastrear el iPhone

La solución para rastrear el iPhone fue muy sencilla, entré a www.icloud.com/#find introduje mi id y contraseña del iTunes y listo, en la página apareció un mapa en donde se veían los dispositivos registrados con esa información, mi laptop en el Starbucks y mi iPhone avanzando frente al estadio Azteca. El problema era que ya habían pasado casi 50 minutos desde que el taxista me había dejado en el departamento.

Entre tanta adrenalina y nerviosismo, al ver que el iPhone sí aparecía en el mapa, unos segundos después me quedé en shock, hice un silencio, volteé a ver al hombre joven, aún sin saber su nombre, y le dije –Ajá, ¿y ahora qué hago, veo cómo escapa mi teléfono? Reí y él también lo hizo.

-¿Me puedes prestar tu celular para marcar otra vez al mío y ver si me contestan? -pregunté, a lo que el compañero de café contestó afirmativamente. Marqué y no contestaron. Le pedí permiso entonces de mandar un mensaje y tampoco hubo respuesta.

–El taxista es un hombre ya mayor, igual y no sabe ni cómo funciona el iPhone -le dije al desconocido. Para ese momento trataba de justificar la falta de respuestas.

Las preguntas a aquel extraño siguieron: «¿este sistema de monitoreo no tendrá alguna función para hacer llamadas o enviar mensajes al teléfono?», a lo que contestó que él creía que sí. Entonces buscamos cómo hacerlo.

En efecto el servicio de iCloud me permitía hacer tres cosas importantes: 1) enviar mensajes de texto con alerta de sonido, 2) bloquearlo y 3) borrar todo el contenido. Empecé haciendo el punto número uno:

  • «Hola, me urge mi celular, se que vienes por calzada de Tlalpan, porfa, me urge mi cel. Te veo en el Superama.»
  • «De nada te sirve este teléfono porque se bloquea y queda inservible.»
  • «Tengo las placas de tu taxi A-XX-XXX, porfa te veo en el Superama. Te marco y contesta para ponernos de acuerdo.»
  • «Estás en Renato Leduc, casi llegando a San Fernando, ¿vienes para el Superama?»

Los mensajes contenían un tono de falsa ingenuidad con tal de conciliar y recuperar el teléfono. Esto tampoco funcionó, ya que sólo seguía viendo como avanzaba mi iPhone por el rumbo. De hecho, observar esto también me dio cierta tranquilidad porque eliminó cualquier señal de que otro pasajero hubiera tomado mi celular. Sin embargo, seguía sin resolver nada y decidí hacer efectivo el bloqueo del celular.

Le pregunté al extraño amable, «¿sabes si hay algún Oxxo por aquí cerca?», tenía la idea de ir a comprar un celular de los que cuestan trescientos pesos y así, con la ayuda de alguien más que siguiera el monitoreo desde su computadora, triangular el rastro del iPhone. Esto era porque si me salía del Starbucks no tendría internet. Entonces nuevamente le pedí al hombre amable que me dejara hacer una llamada para ponerme de acuerdo con una amiga, pasarle mis datos del iCloud y que ella desde su casa siguiera con el monitoreo mientras yo iba en otro taxi siguiendo la ruta que ella me indicara.

Hablé con Claudia, ella estaba fuera de la ciudad, le expliqué la situación y en el momento de decirle que iría a comprar un teléfono para seguir la comunicación desde ahí, se escuchó la frase más alentadora de ese momento: “llévate mi iPhone”.

-Sólo déjame algo a cambio -volteé a ver mi computadora y pensé que no era para tanto-. Dame tu credencial de elector -se la dejé. También le pedí prestada una pluma sencilla que no utilizara y me prestó una que sí utiliza y que no era sencilla. Le di mi correo electrónico y mi dirección en la Ciudad de México, fue entonces cuando formalmente nos presentamos y el hombre extraño amable confiado se convirtió en Bernardo González Nájera, microempresario que tiene su negocio en frente del fraccionamiento donde vivo.

La llamada que estaba teniendo con mi amiga se cortó, se había quedado sin crédito. Entonces entró una llamada de Cuernavaca que reconocí inmediatamente, era ella desde su casa. Le di entonces los datos para entrar a iCloud y le dije que el seguimiento lo tendríamos a través del teléfono de Bernardo.

Tomé mi laptop, la guardé, me despedí, di dos pasos y regresé, le di el último trago a mi té chai helado. Salí del café e hice la parada a un taxi que antes se había pasado el alto con tal de darme el servicio.

Imagen: http://www.razon.com.mx

La persecución

Iba hablando con Claudia por el celular cuando me subí al taxi, le pedí una ruta exacta y me dijo que fuera para la calzada de Tlalpan, esa fue la primera indicación para el conductor. Acordado que me estaría llamando cada dos o tres minutos colgué con Claudia y le expliqué al taxista lo que estaba sucediendo.

–Vamos a seguir a otro taxi en donde se me cayó mi celular.

–¿Apoco se puede hacer eso?, preguntó el joven desconfiado de pelos parados.

–Sí se puede y de hecho una amiga está monitoreando al taxi desde su computadora en donde va mi celular, entonces cada dos o tres minutos me va a llamar para decirme hacia donde dirigirnos.

El hombre sólo hacía gestos de asombro. Dos minutos después Claudia me dio nuevas indicaciones.

–Al parecer ya vio los mensajes, porque se detuvo mucho tiempo frente a un hospital en la Calzada del Hueso -me dijo. Llegando al lugar volvió a marcar y me dijo que se había movido, que estaba regresando al Estadio Azteca. Le pedí al taxista que acelerara y lo hizo.

Muy cerca del estadio le dije:

-¿A poco no está buena la aventura?

-No, ¿cuál emoción?, vengo bien nervioso.

Y me contó una historia que no me pertenece y que le pone un ingrediente extra a esta historia.

-Es que en la mañana también me pasó algo parecido -dijo el taxista-. Me hizo la parada una chava, estaba dos tres sabrosa. Se subió adelante, subió el vidrio y me dije, “ya la hice”.

Pensó que tendría una aventura con ella, la realidad fue distinta.

-Te voy a plantear bien las cosas -le dijo ella-. Vamos a seguir a aquel carro, ahí va mi marido con una vieja y estoy segura que me pone el cuerno con ella.

Toda posibilidad de una aventura amorosa para el taxista desapareció.

-Sí, el muy cabrón anda con esa vieja, los vamos a seguir a todos lados -enfatizó la mujer.

-Y sí, los seguimos. Primero pasaron a un restaurante, se tardaron harto, y de ahí se fueron directito al hotel -contó el taxista-. En eso la chava que me dice, vamos a esperar media hora y después entramos al hotel. Yo lo conozco, quiero agarrarlo en la mera acción. La chava si se veía bien cabrona, le dio doscientos pesos al del hotel para que le dijera en qué cuarto se habían metido, total, que le dice y que nos metemos. Fue bien clara, me dijo, ponte atrás del carro para que no los dejes salir. Y total, lo hice, luego casi me arrepiento, bajó su marido bien enojado y queriendo hacérmela de pedo a mi, me dijo que por qué andaba trayendo a su mujer. Yo ni me bajé y le dije que sólo estaba haciendo mi trabajo, y que me deja en paz.

-¿Ya ve joven?, este día ha estado bien loco, primero la chava esta y ahora usted, por eso vengo bien nervioso -terminó de contarme su historia al terminar de rodear el estadio Azteca e incorporarnos a Renato Leduc.

Llamó otra vez Claudia, esta vez con un tono de voz desesperado, le dije que se calmara porque si no lo hacía me afectaría a mí y yo iba lo más que podía en control.

–Bueno, está bien -me dijo–. Parece que estás ya muy cerca del taxi, llega a Periférico y no te muevas de ahí.

Para entonces Claudia había enviado también mensajes al iPhone.

  •  “Puedes por favor detenerte en San Fernando para que me puedas entregar mi celular.”
  • “Deja de dar vueltas. Ya sé en donde estás. Por Acoxpa y ahora regresas a Tlalpan. Detente, sé honesto y regrésame mi teléfono.

Y finalmente, de la diplomacia pasó a:

  • “Detente ya!”

Ninguno de los mensajes tuvieron efecto en el viejo taxista. Para entonces ya le había dado cien pesos al taxista porque el taxímetro marcaba 79 pesos, preví que si tenía que bajarme apresuradamente y no regresaba, al menos el servicio quedaría pagado. En la línea seguía Claudia y le dije que ya no me colgara. Me repitió que el taxista estaba cerca.

Estamos cerca, muy cerca

-Carajo -alcanzó a decir Claudia-, este wey ya se está regresando al estadio, no, no.

El taxista frenó estrepitosamente.

–Espera -le dije.

Claudia siguió con las indicaciones.

-Por la lateral de periférico, se siguió por ahí, va hacia Gran Sur, ahora está pasando por ahí, de seguro va otra vez a Avenida del Imán -y su intuición no le falló–. Acaba de doblar en la calle México 1968.

-Ah, ya sé dónde es.

Y el taxista con el que iba le aceleró.

–Parece que ya le estamos pisando los talones, acelérale carnal -y lo hizo, aunque no veíamos al vocho aún.

Pasamos la primera curva e inició una subida. Un carro, dos, tres, cuatro más y sí, el quinto, el de hasta adelante era un vochito, un taxi vochito.

-¡A huevo!, ése debe ser -le dije al chofer-. Sólo falta verificar las placas.

Cuando estuvimos lo suficientemente cerca le dije al joven:

-Dime el número de placas.

Él las leyó en voz alta y…

-Sí son, síguelo, acelera.

Llegamos a la Avenida del Imán, el vochito tomó hacia la izquierda y se topó con el semáforo en alto. Amé entonces al mundo, al universo, y a todo aquello que conspiraba a mi favor. El taxi en el que yo iba se puso detrás del vocho, abrí la puerta y bajé muy nervioso. Caminé diez pasos hacia el vochito, coloqué mis manos sobre la puerta que tenía el cristal de la ventana abajo, encaré al taxista y sólo le dije:

-Vengo por mi celular.

El hombre me vio como cuando creemos ver fantasmas en la oscuridad, como cuando nos cuentan una historia de terror, como cuando nos dan una mala noticia o como cuando nos enteramos que el próximo presidente de nuestro país será un títere sin cerebro. Ésa cara fue la que puso el hombre, de asombro, de dudas, con gestos de lo inesperado, con la expresión de «¿cómo es que llegó este hombre hasta la puerta de mi taxi?» Entonces, entre su asombro alargó su brazo derecho hasta la guantera, la abrió y sacó un franela con dobleces que envolvían algo.

-Aquí se lo tenía guardado joven.

Dijo eso al momento en que desdoblaba el trapo y aparecía el tesoro perdido: mi iPhone. Lo tomé y, con emoción, a la distancia se lo enseñé al otro taxista. Sonrió y seguramente sus nervios disminuyeron. Él también tenía una cara de incredulidad. Regresé y me subí al taxi y enseguida empezó a dolerme el estómago.

–Llévame al mismo lugar en donde me levantaste porque ahora debo entregar el iPhone que me prestaron -y así lo hizo.

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Lado B
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