Al grito: Museo “Alberto Toral Solís”, se interna

Al grito: Museo “Alberto Toral Solís”, se interna

Hakobo Morá

@Hakobo_MorA

Museo o, ¿prisión de una mujer?, y volando a la calle cuatro balcones, ¿pintados bajo los colores de un cuadro (“Mimo”) de Man Ray? Fascinante –guarida– museística: de los proyectos y delirios materializados de un hombre de 92 años de edad (desde el vientre, la madre indígena le hablaba de tesoros ancestrales –en la pubertad, del oficio de “zapatero”, ¡y ay de aquel que los vaciara de arena!–, o ya muerta lo aconseja en sueños sobre los ecos del universo de la creación). A la chita callando, éste, hombre-museo, no tiene par ni sombra clara en todo el Nororiente de Puebla. Puntuales son 50 años (desde los doce de edad se amalgaman pintor y grabador) el nombre –hecho museo–: “Alberto Toral Solís”, el coleccionista –de oficio, cazador– de arte (pasados fulgurantes, fugitivos) (fantasmas vivos, eternos, persecutorios).

Del Museo “Alberto Toral Solís”, resplandece blanca presencia, poética y barroca, la esposa –de cabo a rabo, reminiscencia sorjuanista, y A.C.: “Casa de Arte Toral Aguilera”–: María de Jesús Aguilera Sotoguerrero, alta como un vaho de aguas termales, cuyos orígenes brotan de entre las rocas: de Silao, Guanajuato, y en  Zacapoaxtla, fallecida –fusionada o vuelta en sí a esta plancha de nubes del maravilloso paisaje de México–: “República de indios y villa de españoles” (la de ahora, ya más contemporánea, a la buena de Dios, surcada, a la vista, de tripas negras de televisión de paga), título aquél de una crónica (hecha libro) de Ramón Sánchez Flores.

Entre dos luces, la fantasía. Va atravesando muros del museo, y al reverso de la hoja del sésamo, trasmuta los objetos. El espejismo da inicio después que la conciencia cede ante un “ábrete”, y se anticipa, a través de la chimenea y por capricho de una pintura vista, René Magritte: su Tiempo traspasado, revisitación de una locomotora con vagones cargados: de fósiles en fila india, primitivas estampas de animales extintos que asoman sus marcas o mapas corporales ya con algunos millones de añitos encima, huellas pétreas de estrellas de cine prehistórico en vitrinas; de ídolos de la cultura totonaca en aparente quietud constante, signos dialécticos oficiando plegarias al cosmos desde los aparadores en el más omnímodo silencio; de altares católicos, abrasados por veladoras devotas, reparados por él: el ebanista exégeta; pistolas –pendiendo de dedos de metal en paredes encaladas– que no guardan, como caracoles marinos de color negro, todas las ruidosas intenciones asesinas nacionalistas o estallidos de balas disparadas hacia las sienes, rifles que apuntaron certeros directo a la cabeza de tigrillos latientes, botellas vacías de vino, un pájaro (más un newton gutural modelado por la poeta Margarita Michelena), y venados galopando; de libros abiertos o cerrados, antiquísimos, modosos, bien puestos en muebles antiguos (el poemario aquél autografiado para la primera esposa de Porfirio Díaz, QED); de cuadros instantes magnetizados al perímetro completo de los techos evitando manos tentonas, el de Desiderio Hernández Xochitiotzin: el “Nacimiento del Dios Tláloc” (¿deidad que se decanta sobre nosotros, acompañante en calzada “La Muerte” o andrógina figuración?); de bodegones conservando la frescura de las frutas (rara posesión del no olvido) ante los incesantes caprichos de la intemperie, vuelto al paso incólume de un “después”, en medio de porcelanas o hierro: “naturaleza muerta”; de paisajes realistas (“pintura al natural”) chorreando interminables duelos del Sol en cuatro estaciones distintas del año, soplando el viento del norte, regiones convulsas donde, enmarcados en bordes dorados o plateados, fulguran seducidos por la luz de las lámparas (éstas, mimosas o arañas en lo alto del centro de cada sala-habitación, insectos huecos de talle en madera decorados de hojas de metal liviano); de grabados que, de tan hondos como las líneas de las manos (aquél del pintor crítico de la realidad campesina de nuestro país: Fernando Ramírez Osorio), convergiendo en el presente social más adverso posible, el que se libra en la batalla del “día a día” por la supervivencia en comunidades indígenas; de fotografías veladas por la atemporalidad: blanco y negro de Zacapoaxtla, la “Suiza poblana” del escritor e historiógrafo Leonides Cabrea Mitre, de políticos (dinosaurios hechos también polvo corruptible), de intelectuales centelleando el Olimpo cultural latinoamericano (a la derecha de Goethe y James Joyce) la Nobel de Literatura, la maestra Gabriela Mistral (sola, y en aquella otra, rodeada de niños y niñas en escuela rural) o el muralista defeño David Alfaro Siqueiros (en cacería por Zacapoaxtla) (quien siempre caminó, codo a codo, con lo clase proletaria, encima de cristales de lumbre, agua, tierra y aire), de imágenes de actos luctuosos, sugestivos: el funeral de Frida Kahlo en Palacio de las Bellas Artes, de eventos donde vestidos largos o trajes sin mancha sepulcral y de percal y de color negro, danzan, llenan el vacío de la música improbable de los salones de fiestas, de actos sociales o protocolarios absolutamente fachendosos. Un completo todo y tanto: 600 piezas infinitas, pulsantes, profundas dialogando inagotablemente, apasionadamente.

Aseguro que, al finalizar de pe a pa el recorrido de este museo, salgo y llevo la emoción de los fragmentos de una parte, presencia vívida. Un performance: de encuentros causales-afinidades no transitorias, desencuentros con las circunstancias personales al lado de ajenas-sincronicidades fructíferas de un solo hombre. Instalación insólita, humana en provincia.

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