Estás castigado, ponte a leer: la historia de un cuentacuentos
Todo inició cuando Julio Islas "clausuró sin querer el puesto de jícamas con chile de la escuela"
Por Lado B @ladobemx
31 de agosto, 2012
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Todo inició cuando Julio Islas «clausuró sin querer el puesto de jícamas con chile de la escuela»

Foto: Xavier Rosas.

Xavier Rosas

@wachangel

El único amigo de Andrea era un monstruo que se llamaba Mandarino Plátanos. Aunque él la acompañaba a todas partes, nadie era capaz de verlo. Ella le temía a la obscuridad de su cuarto y aquel monstruo le  temía a los niños, peculiar pareja resultaba o al menos resultó ser para Julio Islas, cuentacuentos y promotor de la lectura del Distrito Federal.

Unos lentes de grueso armazón enmarcan el rostro de este narrador oral, quien a los 9 años de edad descubrió la historia de Andrea, y supo que leer era algo que no dejaría jamás: “mientras cumplía el castigo que mi mamá me impuso, un día empezó a llover y debo mencionar que esa sala de lectura tenía sólo tres paredes y no tenía techo, sólo tenía una lona con agujeritos por donde se colaba el agua. Ese día mientras llovía, volteé y me dí cuenta que estaba cayendo el agua sobre un libro, y extrañamente me llegó tanto ver que se estaba empapando, que fue como si me acabara de enamorar; terminé agarrándolo, limpiándolo  y me puse a leerlo. De ahí para adelante yo dije –ya caí, a mí me gusta leer”.

Foto: Xavier Rosas.

Como un “rebelde o un niño malo” se describe, ya que como a más del 70% de la población en México, antes de aquel encuentro con el cuento ‘Mi Monstruo Mandarino’, a Julio Islas la lectura no le llamaba la atención: “fíjate que llegué forzosa y fortuitamente a la narración, al asunto de fomento a la lectura en general. Cuando tenía 9 años, un día jugando futbol, clausuré sin querer el puesto de jícamas con chile de la escuela, entonces fui castigado, fui reprendido por mi mamá”, recuerda.

-Mi mamá me dijo ponte a leer, estás castigado, y en verdad que a la fecha no comprendo, no me cuaja, no entiendo este castigo. No sé si hablan otro dialecto, pero que me hayan dicho estás castigado, ponte a leer, es como decirte te voy a lavar la boca con sopa.

De las salas de lectura al escenario

En el país alrededor de 82 millones de personas, unos porque no saben -según el INEGI hay en el país cerca de 5.3 millones de mayores de quince años analfabetas- y otros porque no pueden o quieren, sencillamente no abren un libro. Al mexicano, como dijera en 2007 Guillermo Sheridan, “no sólo no le gusta leer, no le gustan los libros ni siquiera en calidad de cosa, ni para no leerlos ni para nada, vamos, ni para prótesis de la cama que se rompió una pata”.

Sin embargo, hay casos como el de este cuentacuentos del Distrito Federal quien, producto del balonazo al puesto de jícamas con chile, comenzó a asistir a las nacientes salas de lectura del también naciente Programa Nacional de Salas de Lectura del Conaculta: “llegué ahí y la verdad es que era bien rebelde, yo no agarraba ni un libro, ni leía ni nada; sin embargo ahí nos contaban cuentos, historias y de repente, medio a la fuerza pues yo también agarraba un libro. Para un niño malo decir me gusta leer, es como para una persona que de repente acepta que a lo mejor su orientación sexual no es lo que su género presupone y sale, abre el clóset y dice qué me importa, me gusta y qué. Así me sentí de niño”, recuerda.

Foto: Xavier Rosas.

A partir de los 9 años de edad comenzó a recorrer historias con los libros que en las salas de lectura encontraba. Jaime Sabines también formó parte de las lecturas que lo arroparían en ciertos momentos de su vida: “lo leí a los 12, pero se volvió un gran libro para mí hasta que cumplí 19 años. Crecí básicamente con mi abuela y cuando llegó el momento en que falleció, toda la historia de vida, todo lo que había pasado con mi abuela, me llegó y sintiéndome muy mal en medio del velorio encontré mi libro empolvado que tenía mucho tiempo que no leía. Abrí el libro y me encontré con Tía Chofi, con ‘No es que muera de amor’, cosas que me hicieron pensar en otra cosa y cambiar, un poquito, lo que sentía en ese momento”.

Sin embargo sería a los 16 años cuando las leyendas de ‘La Zayona’, ‘María Angula’ y ‘El Caipora’ del libro ‘Cuentos de Muertos y Aparecidos’ se convertirían en la iniciación en los escenarios: “pasaron los años y llegó un programa llamado ‘Niño Corazón’, y en el aniversario  hicieron un espectáculo en el que iba a haber música, grupos y también invitaron a un cuentacuentos. El cuentacuentos, en este entonces era quien administraba la sala de lectura donde salvé aquel libro. Él les dijo a los organizadores sabes qué, no puedo ir, pero vamos a hacer esto, voy a mandarte a uno de los chavos que leen aquí, que les lea un cuento. Y los organizadores dijeron ah, perfecto, mándanos al fruto de tu salón“.

“Entonces mandan a Julio Islas. Llegué con un libro de un ratoncito, me colocaron un micrófono de diadema para que no me estorbara leer el libro y  salí a escenario. Leí el libro y cuando lo acabé, de pronto me dice una vocecita venida de atrás del escenario oye qué crees, no traes otro libro porque el grupo todavía no acaba de instalar los instrumentos, tienen que afinar y mientras qué hacemos“.

Aquel evento, transmitido en vivo por radio y con “700 personas enfrente”, recuerda Julio Islas, fue su iniciación en el oficio de Cuentacuentos: “me aventé tres leyendas de tradición oral que les gustaron mucho. De hecho al final las bandas que tocaron  me pidieron mi tarjeta pero yo no tenía, no era cuentacuentos, yo nada más iba a leer en voz alta una historia”.

Después de aquel evento a los 16 años, los seminarios, talleres, diplomados, el teatro, el clown, la risoterapia “y varias cosas así” encaminaron el aprendizaje del iniciado cuentacuentos.

“Pero sí fue más a la fuerza que de ganas. Yo nunca dije voy a ser un Cuentacuentos. No, lo que pasó fue haber estado arriba del escenario y que me dijeran échate algo“.

Foto: Xavier Rosas.

“He sido así de raro siempre”

“Creo que en mi caso el cuentacuentos no nace, creo que ya lo traía adentro. Creo que no puedo definirlo porque todo el tiempo, desde que salvé aquel libro del agua, he estado en esto y creo que no tengo un punto para diferenciar una cosa de otra. He sido así de raro siempre”.

Para él este oficio representa “utilizar el recurso oral para proyectar el escrito. La palabra escrita es algo muy padre, imperecedero, además que hay un asunto muy peculiar: ninguna persona lee el mismo cuento y así yo te puedo decir que ningún cuentacuentos cuenta el mismo cuento”.

Y agrega: “es que no se cuenta un cuento, se crea un cuento, se involucra al escucha, se crea una realidad alterna tan grande que la otra persona subconscientemente se introduce a esta realidad. Entonces se vuelve la realidad dentro del foro en el que se está narrando y sientes una energía de ello. Es andar por ahí robando sonrisas, creando mundos alternos, desarrollando la imaginación y desarrollándote a ti mismo porque esto nunca se acaba”.

Foto: Xavier Rosas.

-¿Difícil el camino del Cuentacuentos?

– Difícil, difícil, dificilísimo. Es estar luchando, picando piedra, tocar puertas. Y no es como si llegaras y le vendieras una aspiradora a alguien, tienes que presentar el show, debes tener a alguien que lo haya visto, audicionar en todas partes, y el problema es que no es algo que puedan comprar en la tienda de la esquina, estás vendiendo algo que sólo tú tienes, que sólo tú traes.

Es difícil porque hay que luchar mucho y a pesar de lo que se hace, la parte más importante es el corazón que se tiene, que también muchas veces es la parte más difícil porque ese corazón no te deja que te pidan un trabajo para una casa hogar y no haya paga, y que por eso digas que no lo haces, entonces es difícil porque de cada seis shows que haces, cobras uno o dos. Entonces esa es la parte difícil, pero duermes tranquilo, sueñas bonito y eso vale la pena.

A veces es un camino un poco solitario porque la familia de pronto no lo ve tan bien o no apoya tanto porque dicen está padre, haces reír a la gente como un payasito, pero dónde está la oficina, el carro del año o la máster plateada. Generalmente esa es la dificultad, pero cuando sabes que estás cumpliendo un ideal, que estás robando alegría y regalando tu propia alegría, ese momento de compartir a mí en lo particular me hace sentir vivo.

A la mejor me muero mañana pero va a haber un niño que va a decir un tipo me contó un cuento y estaba bien padre, y con esas historias uno sigue rodando y eso me hace muy feliz. Me hace muy feliz leer y lo que más disfruto es contar lo que leo. Amo lo que hago.

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Lado B
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