El que no transa no avanza, la moraleja
Se quiera o no, si el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) declara la validez de las elecciones y confirma el triunfo de Enrique Peña Nieto, el desenlace del proceso electoral presidencial será reflejo fiel de buena parte de la realidad mexicana, una que la sabiduría popular ha condensado muy bien en el conocido refrán que premia el comportamiento contrario a las reglas del juego.
Por Lado B @ladobemx
07 de agosto, 2012
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Roberto Alonso*

Se quiera o no, si el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) declara la validez de las elecciones y confirma el triunfo de Enrique Peña Nieto, el desenlace del proceso electoral presidencial será reflejo fiel de buena parte de la realidad mexicana, una que la sabiduría popular ha condensado muy bien en el conocido refrán que premia el comportamiento contrario a las reglas del juego.

Cuando nueve de cada diez delitos, o más, quedan impunes se incentiva a los delincuentes, no la denuncia ni mucho menos el respeto a la ley.

La impunidad que reina en el sistema de justicia penal es, acaso, una de las tragedias más agudas en el país, pero el patrón que recompensa las conductas antagónicas al deber ser se repite en todas las esferas de la vida social, en todas aquellas relaciones en las que a sabiendas de la manera en que deben hacerse las cosas, ésta se transgrede y se consigue el mismo resultado. Si contravenir las normas supone una ventaja y no un riesgo por un eventual castigo, la infracción se reproduce y se convierte en el patrón de comportamiento conveniente; se alienta a quien actúa en sentido contrario a seguirlo haciendo.

Los ejemplos abundan e incluso se han vuelto lugares comunes: pasarse un alto, estacionarse en doble fila, arrojar basura a la vía pública, dar una “mordida” para agilizar un trámite, aprovechar influencias y relaciones, despachar litros que no lo son y hasta los esfuerzos laborales a medias. En todos estos casos la ganancia es para quien desobedece, para quien quebranta, para quien incumple y para quien miente.

Realidad no es destino, sin embargo, puede ser que el gen del abuso anide en aguas más profundas que las imaginadas. Forma parte, al menos, de la idiosincrasia mexicana, que se nutre de expresiones profundamente arraigadas como la canción de “El Rey” de José Alfredo Jiménez. En un artículo reciente, Juan Pardinas recordó este elemento al explicar la impunidad como privi-legio, esto es, como ley privada que aplica sólo para el actor que obtiene preferencias sobre otros. El “… hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”, señala este analista, es un himno a la impunidad y al privilegio.

En la memoria de muchos mexicanos habita la letra de esta canción y se repite en tono desafiante cada vez que se interpreta. Su recuerdo no es garantía de su materialización. Que se cante una y otra vez no quiere decir que su contenido se traduzca en práctica, no obstante, advierte la posibilidad de que la cultura del abuso esté interiorizada.

Frente a ésta, la cultura de la legalidad, con todos sus ingredientes, es un buen antídoto. En sentido inverso actúa la tolerancia del abuso o su minimización. Hacer como si nada hubiera pasado o asumir que lo que pasó es muestra de la imperfección humana, sostiene y robustece aquello que no es justo, razonable o verdadero. Por ello no sólo es reprobable que ante las graves irregularidades en las que habría incurrido el equipo del candidato priista, un segmento de la opinión pública desestime las denuncias y pretenda pasar la página, sino que es preocupante.

Cuando la moraleja es “el que no transa no avanza”, pierden las instituciones y la civilidad. Pierde la confianza y se pierde gobernabilidad.

El caso Monex es quizás el ejemplo más evidente. De ser ciertas las vértebras que le dan forma y que se han documentado con serios trabajos periodísticos, Peña Nieto tomaría posesión de la Presidencia de la República por la vía de la violación a la ley. Nada menos. Que su partido haya negado al menos 20 veces tener vínculos con Monex, hasta que finalmente lo reconoció, es un indicio de que pudo haber participado en operaciones de lavado de dinero. También lo es la categórica afirmación de que el PRI no participó en un solo acto de compra del voto.

La “haigacracia”, el haiga sido como haiga sido como método para la conquista del poder público, no puede, no debe, desarrollarse en una sociedad democrática. Acta de nacimiento ya tiene, permitir su maduración le daría al traste a cualquier aspiración democrática que requiere fundarse en la instalación de un Estado de derecho.

Tal vez, aunque con otras razones, no se equivocó el poeta al advertir que éstas iban a ser las elecciones de la ignominia, las de la afrenta pública, las de la vergüenza, las del deshonor.

*@rialonso es secretario del Capítulo Puebla de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI). Comunicólogo de formación, maestrante en Políticas Públicas y apasionado del derecho a la información y del periodismo. Participa en el Nodo de Transparencia de Actívate por Puebla.

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