Réquiem por los medios
Soy comunicólogo de profesión y periodista por aspiración. Me dedico a enseñar y a escribir sobre ello. Desde los 7 años leo el periódico, cuando descubrí el poder de estar informado, de saber lo que sucedía a mi alrededor y en el mundo. Mi abuela, quien intuía la valía de evitar la ignorancia, acostumbraba regalarnos una suscripción a un diario, con el afán de que sus nietos “supiéramos lo que pasa”. Primero fue el extinto Novedades, con aquél perfil un tanto superficial y con su suplemento pionero Mi periodiquito muy adecuado para niños de menos de 12 años, aunque en mi visión era apenas un aperitivo.
Por Lado B @ladobemx
02 de julio, 2012
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Hugo León Zenteno

@hugoleonz

Soy comunicólogo de profesión y periodista por aspiración. Me dedico a enseñar y a escribir sobre ello. Desde los 7 años leo el periódico, cuando descubrí el poder de estar informado, de saber lo que sucedía a mi alrededor y en el mundo. Mi abuela, quien intuía la valía de evitar la ignorancia, acostumbraba regalarnos una suscripción a un diario, con el afán de que sus nietos “supiéramos lo que pasa”. Primero fue el extinto Novedades, con aquél perfil un tanto superficial y con su suplemento pionero Mi periodiquito muy adecuado para niños de menos de 12 años, aunque en mi visión era apenas un aperitivo. Luego, gracias a sus famosos sorteos, el abono por algunos años fue al viejo Excélsior (ya desprovisto de Julio Scherer y su equipo), hasta que el innovador Reforma llegó a casa en 1993 y se mantuvo por más de una década. En todos esos años, mi lectura cotidiana era infaltable, diría esencial, y a veces, incluso, postergada: el tambache de ediciones por leer era habitual en mi recámara.

Como muchos compatriotas, crecí también con el acompañamiento de la radio tocadiscos, la de los locutores de voz engolada y de las llamadas para pedir y dedicar canciones. Pero su hermana menor, más atractiva e impactante, fue la que perfiló, en buena medida, nuestros referentes culturales: la televisión, la de las caricaturas, las series dobladas y las incipientes transmisiones deportivas; la de un solo señor (que portaba unos grandes audífonos) generando la opinión pública.

Así fue, por décadas, el imperio de los medios. Hegemónico por limitaciones tecnológicas mas también por conveniencias políticas. Las voces disidentes eran fácilmente apagadas. La universidad me trajo la conciencia, la suspicacia y la crítica, que juntas son luz para toda mirada. El panorama seguía sombrío pero la inquietud estaba sembrada: el estado de las cosas sólo servía para unos cuantos por lo que era menester esparcir mi entendimiento de los mecanismos de manipulación y cultivo del miedo.

El nuevo milenio hizo realidad la comunicación interactiva y unos años después las redes sociales articularon vínculos nuevos, recientes y recuperados. Finalmente el paisaje mediático sufrió una modificación sustancial, dado que la eleboración de mensajes dejó de ser un privilegio para convertirse en una práctica accesible a muchos individuos más. De audiencia y público pasamos a ser usuarios y “prosuarios” (conjunción de productores y usuarios). La coexistencia pacífica entre medios históricos e internet parecía posible.

Sin embargo, el México de 2012, el de las elecciones, el de la decisión clave, el de los proyectos enfrentados, nos reveló un horizonte distinto. Los cibermedios caminaron por una vía ciudadana, espontánea, acaso desordenada, pero muy genuina; la difusión viral de sus contenidos contribuyó a generar ideas y posturas que se concretaron en su propia esfera, en la calle y, finalmente, en el voto.

Por otro lado, los medios de comunicación clásicos tomaron otro camino. El del corporativismo y la prebenda, el del interés propio sobre el público, el del beneficio económico inmediato sobre la credibilidad propia. Y es justo en este último punto donde firmaron su condena: la revolución digital tiene cabida para los canales y espacios tradicionales, siempre y cuando sus contenidos respondan a la sociedad que es susceptible de ser su público, cuando hay una congruencia informativa, cuando sus propuestas de entretenimiento consideran al espectador como un cómplice y no como el sujeto de su burla.

Es así que los periódicos mexicanos, con sus muy notables excepciones, transitaron por la ruta del financiamiento fácil y de una sustentabilidad cortoplacista. Su alianza con la opción política del viejo régimen fue evidente y útil en el conglomerado de la estrategia electoral, los arreglos entre casas encuestadoras, periodista y líneas editoriales fue práctica común que colaboró a la construcción de la imagen de un candidato en detrimento de los otros. Todo ello, no obstante, representará el inicio de su declive puesto que la credibilidad, decía, es la única divisa que mantiene a los medios impresos informativos, y aquélla ha sufrido un golpe irreversible; precisamente sus lectores han dado cuenta de ello en las redes sociales. Ya no más pilas de periódicos o visitas al kiosco más cercano, en tanto periodistas y diarios de nuestra confianza están al alcance de un botón.

La radio y la televisión se subieron al mismo carro, en el entendido de que su incidencia conformaría una supremacía imparable. Así fue, ciertamente, pero los pactos quedaron al descubierto, las intenciones fueron desenmascaradas y las protestas, detonadas. La televisión abierta ya no representa un referente simbólico importante para muchos jóvenes, por ello esta tendencia a desplazar el espacio de info-entretenimiento de la televisión hacia los cibermedios es irreversible, allí finalmente no hay duopolios u oligopolios y la única tiranía es la del gusto y estilo de vida del cibernauta. Ya no más subordinación a cartas de programación o encasillamiento informativo gracias a un señor que pone a girar una silla.

Y por si te preguntas, querido lector, el origen de la estrategia de adormecimiento, distracción, encubrimiento, disuasión, amedrentamiento, adoctrinamiento y encumbramiento, la respuesta es sencilla e histórica. La desarrolló Joseph Goebbels y contribuyó a exaltar a Adolf Hitler.

*Académico en las áreas de Periodismo y Comunicación. Actualmente es profesor en la Universidad de las Américas y en la Universidad Iberoamericana Puebla. Analista y consultor en Media literacy, en Infonomía para cibermedios y en Calidad académica. Editor y productor de contenidos en deporte, cultura y viajes. Otras de sus áreas de interés profesional son: hemerografía comparada, ciberperiodismo y arte moderno. Vive en la ciudad de Puebla; gusta del beisbol, el chocolate y la lluvia. Correo Electrónico: hugoleonz@gmail.com

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