La sordera de la Procuraduría General de Justicia

La sordera de la Procuraduría General de Justicia

Los manifestantes ocupan, como si fueran un camión lento y pesado, el carril de la extrema derecha. Los estudiantes recobran alientos cuando se acercan a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia, gritan consignas que quizá nacieron en los años 70, como “¡Desaparecidos, presentación!”; “¡Ahora, ahora, se hace indispensable, presentación con vida y castigo a los culpables!”, y que cuarenta años después siguen siendo utilizadas

Foto: Lado B

Josué Mota

@motajosue

La desaparición del profesor universitario Amando Martín Mendoza Velázquez y del trabajador José Jorge Furlong Torrres, no parecen importarle a la Procuraduría General de Justicia (PGJ) ni aun cuando los ciudadanos van a sus oficinas a exigir justicia. Este martes, por lo menos, los familiares de estas personas fueron ignorados por los funcionarios de esa dependencia.

Minutos antes de las 11 de la mañana, unas 50 personas, entre estudiantes y profesores de medicina, se congregaron afuera de esa Facultad de la BUAP. Ahí ya estaban los familiares del señor Furlong Torres y del señor Mendoza Velázquez, junto a algunos integrantes de organizaciones populares.

La familia de Furlong Torres repartía volantes a todos los que pasaban y no perdían la oportunidad de decirle a quien se detenía que hace casi un año está desaparecido y las autoridades nada les informan. En la cara de la madre del desaparecido se nota la angustia.

José Jorge Furlong Torres desapareció el 6 de julio de 2011. A las 12:30 de la tarde fue la última vez que su hermana lo vio. Desde entonces nada se sabe de él, no aparece ni su vehículo, ni se han hallado rastros o nadie ha querido buscarlos.

Foto: Lado B

En punto de las 11 comenzó a avanzar el grupo de los manifestantes sobre la 13 Sur. A esa hora hay muchas personas en esa zona; la mayoría mira a los que marchan de forma extraña. Un estudiante que desayuna mientras pasan los manifestantes le pregunta a su compañero “¿y ora esos por qué echan grilla?”.

Los estudiantes vestidos de blanco comienzan a gritar consignas y alzan las pancartas con el rostro del profesor Mendoza Velázquez. Pronto el pequeño contingente se topará con el tráfico del cruce de la 25 Poniente. Ya sobre esta avenida llena de negocios, algunos comerciantes se asoman, desde antes incluso de que los manifestantes pasen por sus locales, y es que la marcha apagó el ruido de los carros y lo cambió por el de las consignas. “Mira, son estudiantes”, comentó más de uno.

La marcha no es numerosa y por eso se detiene cada vez que la luz roja de los semáforos se enciende. Sin embargo, ni así ganan el respeto de los automovilistas, que cuando los ven venir se cruzan la calle sin respetar los señalamientos, buscando no ser alcanzados por la pequeña manifestación. Esto ponía en riesgo a los que exigen justicia pero ninguna patrulla de Tránsito hizo presencia.

De algunos bancos la gente sale a asomarse y lee la lona que encabeza la marcha donde se informa de la desaparición del profesor. Los familiares de Furlong Torres siguen repartiendo copias de la ficha de localización de la Procuraduría General de Justicia. Algunos automovilistas mientan la madre con el claxon por el tráfico generado, otros, los menos, hacen sonar con ese pitido intermitente en señal de apoyo.

En casi media hora los manifestantes alcanzaron el cruce con el Boulevard 5 de Mayo y cuando los conductores del transporte público los ven, se pasan el semáforo huyendo del congestionamiento que se avecina. El contingente ha recorrido una de las principales calles de la ciudad, la 25 Poniente, desde la 13 Sur hasta la arteria vial principal y las patrullas siguen sin aparecer.

Los manifestantes ocupan, como si fueran un camión lento y pesado, el carril de la extrema derecha. Los estudiantes recobran alientos cuando se acercan a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia, gritan consignas que quizá nacieron en los años 70, como “¡Desaparecidos, presentación!”; “¡Ahora, ahora, se hace indispensable, presentación con vida y castigo a los culpables!”, y que cuarenta años después siguen siendo utilizadas.

Cuando llegan al cruce del Boulevard 5 de Mayo y la 31 Poniente los manifestantes se adueñan de la calle. Cierran el paso a los vehículos. Los conductores del transporte público amenazan con sus máquinas de lamina, los conductores particulares mientan madres; desde unas bocinas los manifestantes piden disculpas por el cierre y responsabilizan a las autoridades de generar ese problema por su falta de atención, pero los conductores no escuchan.

Un taxista comienza a agredir verbalmente a unos de los manifestantes que le impide su avance con una lona. De pronto el taxi avanza y lo derriba, otro auto lo sigue, cruzan entre los manifestantes muy rápido, otros automovilistas quieren hacer lo mismo, estudiantes y profesores se cogen por los brazos y cierren el paso. El caos había comenzado.

Si algún oficial de Tránsito hubiera tenido del detalle de preguntar a los manifestantes el rumbo de su marcha habrían podido cerrar el paso con antelación y evitar el caos, pero ignoraron el asunto, como lo agentes del Ministerio Público ignoran a los familiares de los desaparecidos, y como los policías ministeriales que pasan por ahí ignoran las consignas.

Algunas señoras descienden de los microbuses y reclaman a los manifestantes el cierre de las calles, es la hora de ir por los hijos a las escuelas. Muchos conductores han quedado atrapados entre el contigente y el gran número de autos que hay detrás de ellos  y encuentran una salida, brincar el camellón, lo que genera un nuevo caos pues invaden el carril contrario. Otros conductores esperan una distracción de los que protestan y avanzan entre ellos poniendo en riesgo a todos. 20 minutos después llegan dos agentes, sólo dos, a bordo de una patrulla, y se limitan al papel de espectadores.

Los automovilistas que avanzan sobre el Boulevard 5 de Mayo en dirección al norte y sí pueden pasar les gritan groserías a los estudiantes que responden gritan más fuerte las consignas. De ambos lados hay gritos, unos porque quieren pasar, otros porque quieren justicia.

Familiares del profesor dicen que si él está muerto, exigen que se encuentre a los responsables y si está vivo deben localizarlo. En medio de ese caos, la madre de José Jorge Furlong Torres toma el micrófono y comienza a decir que hace 11 meses que no ha vuelto a ver su hijo, que no sabemos la angustia por la que ha pasado. La voz se le corta, comienza a llorar.

Los estudiantes siguen gritando y apoyándose con los brazos entrelazados, los profesores muestran las pancartas a los automovilistas, éstos siguen tocando el claxon. Y del edificio de la Procuraduría General de Justicia los funcionarios salen a disfrutar el espectáculo mientras fuman.

Los manifestantes exigen que los atiendan los funcionarios para que liberen las calles. Son peticiones que no escuchan o ignoran. El caos continúa por cerca de media hora.

Cuando los manifestantes se dan cuentan que nadie de la dependencia saldrá atenderlos deciden reabrir el paso vehicular, mientras tanto en una de las esquinas un auto ya había chocado contra un camión del transporte público, muchos conductores ya habían perdido tiempo, pero los familiares que regresan a las banquetas siguen con la angustia y desesperación de no hallar a su familiar y con la rabia de ser ignorados.

Los estudiantes de blanco también se repliegan junto a sus profesores, prometen salir de nuevo a la calle. Los automovilistas pasan libremente por las calles, los familiares de los desaparecidos hablan con los reporteros, y los funcionarios de la Procuraduría General de Justicia siguen en sus oficinas ignorando el caos, la angustia, el coraje, la frustración que hay en las calles.

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