Indigencia, pobreza, criminalización

Indigencia, pobreza, criminalización

Por Rolando Hernández Alducin, Sociólogo

Juan fue abandonado a los dos años de edad, nunca supo por qué sus padres se deshicieron de él, supone que fue por pobres. La señora con la que lo habían dejado murió dos años después, era una viejita que le daba lo que podía de comer y le enseñó a vender chicles en la calle. Recuerda que se la llevaron en una caja de madera y él se quedó sólo desde entonces, completamente solo. El cuarto de la vecindad donde vivía no era de nadie, la misma vecindad no era de nadie, se trataba de una de esas construcciones viejas en la ciudad de las que nadie se hace cargo y ahí viven personas en desamparo, como Juan. Al otro día de la muerte de la viejita a la que le decía abuela, se levantó temprano a vender sus últimos chicles, por la noche llegó al cuarto de la vecindad, juntó unos harapos, se acomodó donde pudo y se puso a llorar, tenía cuatro años, nadie fue por él.

Los siguientes días sobrevivió con el pan duro y las tortillas que le aventaban las personas que vivían en los otros cuartos. Cuando dejó de llorar volvió a vender chicles. Pronto aprendió que en los botes de basura se pueden encontrar cosas para comer, o que algunas personas de repente le pueden tirar un pan o darle unas monedas para un refresco o una torta. Así creció Juan, completamente solo, sin familia, sin escuela, sin amigos, prácticamente sin palabras, “así nomás, como un perrito”, dice. Lo primero que aprendió a los cuatro años nunca se le olvidaría: llorar, llorar mucho.

Foto: Especial

Al crecer así no aprendió muchas de las cosas que llamamos “normales”. Sin gente alrededor, sin consejos (aunque fueran malos), sin las palabras de otros, sin escuela y sin familia, se fue aislando en sus pensamientos y en sus acciones. No existía el tiempo ni el espacio, sólo las ganas de comer y llorar. Los años pasaron y cada vez hablaba menos con las personas, a veces veía a gente en sus grandes camionetas, su ropa elegante y sus sonrisas grandes y los odiaba, sobre todo cuando desde la calle los veía comer en los restaurantes esos platillos suculentos que lo hacían babear, pero más que nada odiar; cuenta que muchas veces lloraba de coraje, de antojo, de envidia o de impotencia, o de todo eso junto. La desgracia y la frustración lo llenaban de cólera y no podía hacer otra cosa más que odiar. Fue entonces cuando empezó a hablar solo por las calles, a gritar groserías a los transeúntes, a olvidar que sabía hablar, a olvidar que había reglas que debía seguir. Muchos años pasaron, pero sólo para los demás, para él no existía el tiempo.

Juan no se ha dado cuenta que está en la cárcel, no sabe lo que es una cárcel. Apenas se acuerda que en una borrachera se peleó con un teporocho con el que se puso a tomar en su viejo cuarto de vecindad, que se gritaron y acabó encajándole un cuchillo en la panza cuatro veces. Ha pasado los últimos diez años encerrado, le faltan otros cinco, en abril cumplió cincuentaiuno y ya se siente viejo, pero más que eso, lo que siente es una gran angustia por el encierro, desde que llegó ahí se siente atrapado, no por las rejas, sino por la vida. No tiene ningún interés por lo que hizo, por la persona que mató, lo único que le importa es que le platiquen sobre lo que hay afuera, sobre la vida que llevan los que pueden ser libres.

Desde la perspectiva sociológica, individuos como Juan pierden sociabilidad a causa del aislamiento, la falta de familia, amigos, relaciones típicas y una interacción en la vida cotidiana diferenciada de lo común; estos aspectos generan otro tipo de sociabilidad, otro tipo de construcción social de la realidad. No es antisocial ni peligroso por sí mismo, tiene una sociabilidad diferenciada, la cual los normales no pueden percibir ni mucho menos tolerar. Desde la perspectiva psiquiátrica, los indigentes tienden a presentar trastornos derivados de este mismo proceso de aislamiento y sociabilidad diferenciada, aunado a problemas de salud propios de la indigencia como mala alimentación, alcoholismo, drogadicción y una historia de vida deprimente; Juan presenta rasgos de un trastorno de ideas delirantes, no se ha dado cuenta que está en la cárcel, se mantiene a la defensiva por el entorno, siente que todos lo quieren dañar, no recuerda o no le interesa haber matado a una persona, sólo desea la libertad; por otra parte el medio restringido agrava su condición mental, no es que exista una relación mecánica entre la indigencia y el trastorno, sino que las circunstancias son las propicias para que esta relación surja.

Las condiciones que llevaron a Juan a la cárcel nunca estuvieron bajo su control. Él no decidió ser abandonado a los dos años, no decidió quedarse solo a los cuatro, tampoco crecer en indigencia ni aislarse del mundo y de la gente, sus condiciones le fueron impuestas desde estructuras económicas y sociales que mucho menos pudo haber controlado. La pauperización económica, el olvido político y la etiquetación social le pesaron como a pocos les puede pesar y acabaron derribando su mente y su espíritu y lo hicieron llorar de impotencia desde que era un niño. Que le haya encajado un cuchillo cuatro veces a un teporocho de cantina puede incluso ser un hecho fortuito, surgido de una historia de vida y de condiciones contextuales que determinaron su agresividad e impotencia ante el entorno. Pero lo que la ley y la criminología nos dicen a primera instancia es que es un ser antisocial y peligroso que debe ser encerrado, sin material de prevención ni tratamiento, sólo con herramientas de castigo, además sin criticar la estructura que posibilita las condiciones de la violencia, la agresión y la criminalidad en los individuos y en la sociedad.

La criminalización del pobre se extiende hacia el resto de los estratos de la sociedad no favorecidos por la economía y la política modernas: indigentes, ambulantes, homosexuales, negros, morenos, mujeres (pobres, morenas, güeras, lesbianas, ricas, es igual), campesinos, indígenas, obreros, microbuseros, albañiles, estudiantes, etc. La etapa liberal, neoliberal y globalizada ha dejado secuelas de individualismo, egoísmo y soledad que generan indiferencia por la vida de los otros, por el sufrimiento de los otros, por la criminalización de los otros. La historia de vida del indigente está inscrita en este proceso histórico de la creación del pobre y su criminalización como paria de la sociedad.

Para Juan la vida ha sido un calvario del cual no se ha podido salir. Lo único que agradece es que ahora no le falta comida y un lugar para dormir, pero ni así se acostumbra al encierro, lo que más desea es la libertad, “no me importa si me muero de hambre, quiero caminar afuera, quemarme en el sol”, dice. Juan alcanza a comprender que lleva una vida de encierro que es un castigo por haber matado a alguien, aunque no recuerde a quién y por qué. Anhela la libertad, adentro se entristece.

“Había una señora que me ayudaba, me daba de comer a veces, vendía dulces en el centro, por el Paseo Bravo, ¿la pueden ir a buscar?, por favor, díganle que estoy aquí, que estoy bien, pero que me siento solo… es la única persona que conozco”. Juan vuelve a llorar, se despide con tristeza, se va. Su calvario no es sólo suyo, ni su dolor ni su llanto. La suya, más allá del trastorno psiquiátrico, es la enfermedad de nuestros tiempos: soledad y vacío, encierro, depresión, pobreza.

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