¿Y yo por qué?
No soy militante, no soy adherente, no soy, ni siquera, simpatizante: como muchos mexicanos, dada la baja calidad y la poca congruencia de la escena política actual, me hallo aún a la espera de algún indicio -que no certeza- que oriente mi voto del próximo julio.
Por Lado B @ladobemx
23 de enero, 2012
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Hugo León Zenteno*

No soy militante, no soy adherente, no soy, ni siquera, simpatizante: como muchos mexicanos, dada la baja calidad y la poca congruencia de la escena política actual, me hallo aún a la espera de algún indicio -que no certeza- que oriente mi voto del próximo julio. Entre tanto, soy víctima de los políticos desertores, de los intentos de debate, de los dichos insulsos y, sobre todo, de los dimes y diretes sobre la legalidad de los mensajes y la cobertura noticiosa de todo ello.

No exagero al catalogarme como perjudicado por estas dinámicas propias de la comunicación política contemporánea. Es posible extender los procesos de recepción crítica a este campo y plantearnos varias preguntas que son también exigencias. ¿Y yo por qué he de escuchar una infinidad de spots dirigidos a la militancia de un determinado partido político cuando no tengo la posibilidad, ni el interés, de participar en su proceso interno?, ¿por qué no emiten dichos mensajes en el ámbito donde se circunscriben sus actividades como miembros de dicha agrupación?, ¿por qué hacen promesas que conciernen a la población en general cuando sólo deberían dirigirlas a quienes decidirán si se convierten en candidatos?

¿Y yo por qué he de resignarme a la pobreza de la oferta política y mediática prevaleciente?, ¿por qué he de seguir atestiguando en silencio la maraña de pendones, espectaculares, mantas, bardas y vallas que tapizan -y tapizarán aún más- nuestras ciudades, carreteras e incluso árboles?, ¿por qué he de conformarme únicamente con sonrientes rostros, retocados estratégicamente con una manita de Photoshop?, ¿por qué he de aceptar que la transmisión y persuasión de ideas políticas, la clásica propaganda, haya dejado su lugar a un burdo marketing político, donde el candidato se vende igual que un jabón?, ¿por qué he de presenciar una sucesión de frases prefabricadas, mal llamadas debates, que dejan atrás al noble arte de la retórica?

¿Y yo por qué he de realizar trámites engorrosos y pagar por la información relativa a lo que cuesta todo esto, cuando la misma me pertenece, en tanto es producto del uso de los recursos públicos?, ¿por qué he de seguir esperando que se cumplan promesas vacías, en aras del trasnochado concepto de progreso, que sólo buscan que el ciudadano legitime a personas ineptas, indecorosas e ignorantes de las más elementales nociones de ética?

¿Y yo por qué? ¿Y yo por qué no hago nada al respecto de todo esto? La potencialidad de la ciudadanía articulada es todavía una asignatura pendiente en nuestra sociedad. El sufragio tendría que ser la culminación de todo un proceso de profundos cuestionamientos, de intercambio de argumentos, de reconocimiento de la valía de la construcción colectiva, de aceptación de que el servicio público necesariamente conlleva una actitud de humildad. Así, todos los candidatos tendrían que asumirse como nuestros empleados y tendrían que sustentar sus campañas en un único concepto: la autocrítica, fundamento de toda posiblidad de evolución y avance.

*Académico en las áreas de Periodismo y Comunicación. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la UPAEP y en la Universidad de las Américas Puebla. Sus áreas de interés profesional son: recepción crítica de medios, hipermedios y noticias; análisis del mensaje periodístico en diarios nacionales e internacionales; ciberperiodismo; análisis y consultoría sobre arquitectura de información, usabilidad y calidad semántica en websites. Vive en la ciudad de Puebla; gusta del arte, el beisbol, el chocolate y la lluvia.

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