Educación
Por Lado B @ladobemx
16 de enero, 2012
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Hugo León Zenteno*

“Eso es una falta de educación”, “no seas maleducado”, “se debe a una mala educación”, “es de buena educación”, “es una persona educada”. Enunciados referidos a las buenas o a las malas maneras, y que de alguna forma concentran las referencias cotidianas que hacemos del concepto educación. El asunto, por supuesto, va más allá de las cuestiones de urbanidad, refinamiento y diplomacia: la educación, seguramente, es el proceso fundamental en la construcción, renovación y desarrollo de la sociedad.

Conviene hoy abordar el tema dadas la recientes menciones, alusiones, mediciones y promesas referentes a la calidad educativa en nuestro país, provenientes de todo tipo de autoridades, organismos y protagonistas de nuestra escena pública. En general, el asunto se retoma con fines demagógicos, propagandísticos o como una cuestión políticamente correcta y que no da pie a objeción alguna. En efecto, nadie puede contravenir la correlación que existe entre el mediocre sistema educativo mexicano y muchos de los males que nos aquejan, e incluso con los lastres que arrastramos y que históricamente nos impiden consolidarnos como una nación viable.

El discurso, por supuesto, no basta y menos cuando es vacío. La calidad educativa no es una cuestión sindical o política y mucho menos un motivo coyuntural; requiere más bien un punto de partida ético y sólidos anclajes en términos de congruencia, visión, pertinencia y flexibilidad. Es, además, una necesidad permanente -tanto en lo individual como en lo colectivo- cuya estructuración implica un trabajo conjunto y un reconocimiento a la trascendencia que tiene en la vida de las personas.

Es así que cabe lanzar algunas preguntas para quienes están involucrados en el proceso educativo (responsables del diseño de políticas públicas del sector, maestros, instituciones educativas, padres de familia, investigadores del ramo, directivos de escuelas, etc.): ¿verdaderamente conocen, o al menos tienen la inquietud de conocer, las características de los alumnos a quienes atienden?; ¿son capaces de reconocer que la reticencia a la evaluación (de programas educativos, de docentes) es una abierta manifestación del miedo a enmendar lo maltrecho?; ¿se han percatado de que el mundo en el que ustedes fueron educados no es el mismo que el actual?; ¿saben que los medios e hipermedios de comunicación son un factor insoslayable en la conformación de la identidad de la persona contemporánea?; ¿de verdad creen que se puede improvisar un maestro?; ¿en realidad suponen que al proveer a los estudiantes con las respuestas a evaluaciones externas es una forma de incrementar el nivel académico de un colegio?; ¿han siquiera escuchado conceptos como media literacy, flipped classroom, autoaprendizaje colaborativo, docentes polialfabetizados o entornos significativos?; ¿pretenden que con inflar o maquillar cifras su responsabilidad se diluya o se olvide? Desde luego hay mucho más por cuestionar, pero al plantear estas interrogantes podemos comenzar a incidir en el problema. Es una cuestión de buena educación.

*Académico en las áreas de Periodismo y Comunicación. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la UPAEP y en la Universidad de las Américas Puebla. Sus áreas de interés profesional son: recepción crítica de medios, hipermedios y noticias; análisis del mensaje periodístico en diarios nacionales e internacionales; ciberperiodismo; análisis y consultoría sobre arquitectura de información, usabilidad y calidad semántica en websites. Vive en la ciudad de Puebla; gusta del arte, el beisbol, el chocolate y la lluvia.

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