Eliezer Budasoff y el hombre que se convirtió en espejo

Eliezer Budasoff y el hombre que se convirtió en espejo

Julián Stoppello | El Diario

Tomada de milenio.com

Lo primero que uno retiene es el nombre. No se ven muchos Eliezer dando vueltas. Después viene la voz o, más bien, su forma de llevar las palabras con tono pausado y grave, a menudo utilizando baches para anunciar un remate, no necesariamente -aunque suele ser así- divertido o tremendo, pero un remate al fin, que también puede ser de puntos suspensivos. De suspenso.

Por lo demás, Budasoff es de estatura normal, nariz prominente, ojos claros, hombros enjutos. Un joven ya menos joven, de unos 32 años, de origen judío, alergia frecuente, transparente aún en las complejidades, lector de día completo y de noches tan largas que se confunden con otras noches, fumador en rehabilitación, viajero, algo solitario y talentoso cronista.

En estos días Eliezer Budasoff ganó un premio internacional de crónicas inéditas escritas en español. Un premio que otorga la Universidad de Guadalajara, México, a las Nuevas Plumas y que consiste en una suma de dinero y la publicación de la crónica en los medios más prestigiosos de América: Gatopardo (Internacional), SoHo (Colombia), Etiqueta Negra (Perú), La Estrella (Chile), ADN, La Nación, Quimera (España), Emeequis (México).

Budasoff, digamos, es hoy por hoy la mejor pluma joven del continente en periodismo narrativo como se le llama ahora al oficio del cronista. Y el premio se lo dieron el viernes en Guadalajara, hasta donde fue a recibirlo luego de que surgiera ganador en la elección de un jurado de primerísimo nivel.

Eliezer –con ese nombre que uno recuerda con facilidad, pero plausible a errores comunes del tipo Eliazer o Elías- no dio un batacazo, como se denominaría en el ámbito deportivo. Más bien lo contrario.

El año pasado Budasoff ya había sido distinguido como finalista en el mismo concurso -entre otros con Juan Villoro de jurado- por su crónica Nueva Esperanza, la ira de Dios, una historia impresionante cosechada durante su viaje por Latinoamérica, que se extendió por algo más de un año.

Sí, Budasoff primero anduvo de viaje: sintió en los pies y en el pecho el terror del sismo en Chile, vio como un vecino se arrojaba al vacío desde el segundo piso. Se quedó unos meses en el desierto de Atacama, se internó en la profunda Amazonia y conoció la historia de un pastor que llegó a un pueblo perdido a prometer el paraíso y construyó un infierno. Se demoró en viajes eternos, leyó todo lo que pudo y conoció esa gente que sólo se puede conocer de viaje y sin dinero para dormir en un hotel.

Eliezer, igual, no empezó a escribir crónicas porque se fue de viaje, se fue de viaje porque escribe crónicas, aunque en realidad puede encontrar historias hasta en el departamento de al lado, como esa contratapa memorable de Análisis que narraba un círculo de violencia doméstica y tremenda que el resto del mundo sólo percibía por las patadas que un gurisito triste y malquerido le daba a su perro. Eliezer, diría Cristian Alarcón -cronista también-, va a los dientes, al hueso.

Es una forma de sentir y de mirar, criada en la sensibilidad y la incorrección: se trata de observar lo fiero del mundo, percibiendo la parte que nos toca.

Un lector más o menos atento puede vislumbrar cuándo alguien chapucea con las palabras y cuándo alguien escribe. Cuando hay un juego meramente sonoro, una treta, un engaña pichanga, de cuando hay un sentido estético y profundo: porque el texto lastima y sangra o da dolor de panza, como esas historias que escribe con el pseudónimo de Charles Parker o Charles del Parque que se burlan de la bestialidad y el descaro, pero también de la sensatez y la corrección.

Budasoff es, a todas vistas, un cronista, de una finísima relación con la palabra, de trabajo y esfuerzo, que ahora está en Guadalajara, pero que en pocos días va a andar de nuevo por acá sin creerse buena parte de lo que le pasa, desconfiando de su suerte y esperando el correspondiente chaparrón que sigue a los días de sol, para esconderse otra vez en la guarida a perseguir historias que irá cincelando, con similares dosis de ternura y violencia, para publicarlas después de algunos días sin dormir y sentir que las cosas tienen sentido. Tienen sentido mientras pueda escribir alguna cosa.

Así es el metiér del cronista, por lo menos de este cronista, que es único en la zona y, por lo que se ve, en una zona más grande que la nuestra.

Bastante más grande por cierto.

El personaje 

El hombre que se convirtió en espejo se titula el trabajo de Budasoff distinguido en el concurso. La crónica narra la historia y el devenir de un periodista que en una etapa de su carrera publicó entrevistas apócrifas con grandes personalidades de la literatura.

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