Sir Richard Stallman y su última cruzada

Sir Richard Stallman y su última cruzada

Pepe Flores | Aldeano

@padaguan

Decía Wojciech Jagielski, en su libro, Un buen lugar para morir: historias del Cáucaso, que cuando estalla una revolución, los hombres dejan de afeitarse. El periodista polaco señala que la barba es un símbolo de la résistence. “En los ejércitos regulares, los soldados se afeitan incluso en el frente; los guerrilleros nunca, o raramente”. Curiosidad de los rebeldes el rostro barbado, cuya imagen envía un mensaje a quien los mira: lo importante es la causa; lo demás son nimiedades.

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Si el compromiso con la lucha es directamente proporcional al vello facial, la barba de Richard Stallman debe haber librado ya varias miles de batallas. Si la regla aplica para la apariencia en total, entonces tiene el abdomen de un comandante en jefe, la pulcritud de un generalísimo y la vestimenta de un campeador. Su voz, robótica por la traducción simultánea de sus palabras al español, resuena en los cráneos de cientos de feligreses del software libre.

Es miércoles. La cita es en el Centro Cultural del Colectivo ADA, un centro de disidencia que se ubica en el vértice de una escuadra entre un mercado popular y la oficina del gobernador. Construido dentro de una vecindad derruida, es fácilmente ubicable por las banderas de anarquismo que coronan la entrada. Tras pasar un pequeño túnel, me recibe una galería variopinta de causas perdidas. Elijo sentarme detrás de un grupo de ingenieros, a un costado de un mural desde el cual me miran varios encapuchados amparados bajo una estrella roja zapatista.

Son las 17:05 horas. Llego lo suficientemente tarde como para no encontrar ni al fotógrafo ni a los editores de la revista; lo suficientemente temprano como para hallar un sitio vacío. Stallman aún no se presenta ante el público. Cansado de la charla de mis vecinos, decido moverme hacia el brocal de una fuente, cerca de una española larguirucha de vestido vaporoso. Ahí espero, sin saber de lo mucho que me arrepentiré por preferir un asiento de piedra a la comodidad de la silla de fiesta quinceañera.

“Si me van a tomar fotos, no las suban a Facebook” pide Stallman al subir al escenario. Eso es porque, como todos sabemos, Facebook es el diablo y representa a todo lo que es malo e incorrecto e inefable y reprobable en nuestro mundo (y capitalista, que no se nos olvide). Si vamos a grabar video, nos prohíbe que lo hagamos en un formato que fomente el uso de software privativo. Porque si la verdad del software libre ha de ser difundida, que no sea en .avi ni en .mpg ni esas cosas del chamuco.

Las cuatro libertades

El software libre, explica Stallman, consiste en cuatro libertades fundamentales: usar, examinar, distribuir y modificar. La primera implica que el usuario debería ser capaz de decidir cómo emplear el programa, sin que nadie se lo restrinja. La segunda, garantizar el acceso al código fuente –el ADN del software– para estudiarlo, comprenderlo y diseccionarlo. La tercera, para sacar cuantas copias queramos y distribuirlas libremente entre la comunidad; y la cuarta –para los alquimistas de la programación–, el derecho de crear versiones modificadas de un paquete. Ésas son las cuatro bases del manifiesto stallmanista, los cuatro pilares de los que se desprende todo lo demás. El software libre aplica estos principios; en tanto que su contraparte, el software privativo, las desdeña.

Cortesía ADA

El general Stallman sabe que no hay método que unifique más a un pueblo que un enemigo en común. Así que emprende la ofensiva contra ese monstruo de mil cabezas, que da igual que se llame Apple o Microsoft o Amazon o como usted disponga. Todos son igualmente siniestros; todos roban la información del usuario incauto que, ignorante de sus derechos programáticos, abre las puertas traseras al software maligno. El iPhone pasa a llamarse SpyPhone y el iPad es bautizado como iBad. Cada ejemplo es una risa de la audiencia, y cada carcajada es un asentimiento con la filosofía de la libertad informática.

Para Sir Richard, se trata de comprender las pequeñas diferencias abismales entre algunos conceptos. Por ejemplo, que no es lo mismo un software libre que un software gratuito. El libre respeta los cuatro preceptos del manifiesto, mientras que el segundo simplemente “no cobra por abusar del usuario”. Tampoco son iguales el software privativo  y el software privado. El privativo es aquel que obliga a un tercero a realizar acciones, como comprar actualizaciones o descargar programas ocultos; en tanto que el privado puede ser un software libre modificado que decidiste guardar para uso propio. Lo que Stallman defiende no es que todos compartamos, tomados de la mano en un mundo ideal –¡ni que fuéramos jipis o comunistas o algo por el estilo!– sino que tengamos la posibilidad de hacerlo si queremos.

“La piratería es mala –señala Stallman– porque hundir barcos es malo”. Si hemos de cambiarnos el chip (disculpe usted el lugar común) hay que rechazar la retórica de los de siempre. La distribución es libre, sin restricciones, sin pedirle permiso a una empresa ni verse forzado a pagarle por licencias. No se respeta el “derecho” del autor, sino el “izquierdo”. Si el copyright blinda que no se puedan modificar las obras, su siniestra contraparte protege que los trabajos derivados sean abiertos y modificables. Si un programa nació libre, se debe garantizar que su prole así continúe.

Alzo la cara. En el brocal ya somos seis personas, atiborrados porque el espacio destinado para las sillas desafía las leyes de la impenetrabilidad. La audiencia contempla absorta al predicador. De tanto en tanto, surge la risa aprobatoria, los “sí, es cierto” perdidos entre la multitud. Stallman aprovecha para hacer alguna broma sobre George W. Bush o Felipe Calderón y la gente se le entrega. El asiento de piedra ya es incómodo, pero la posible rechifla por la obstrucción visual de mi humanidad me inhibe ponerme de pie. Se me termina la batería de la grabadora y saco el iPod para continuar con mis apuntes. Eso sí, muy discreto, porque no vaya a ser que Don Richard descubra que soy un infiltrado.

Un error llamado Linux

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GNU. Para los que hablamos español, se tiene que pronunciar como ñu (o nyu, dependiendo la destreza de la lengua). Otra opción, para no liarse demasiado, es comerse el sonido de la ge y nomás decir  –como si dijéramos gnomo, que se dice nomo, pero se escribe con ge–. O si quiere hacer como los gringos, pronúncielo como new (niú). El error común es decirlo como ge-nú. Evítelo a toda costa.

(GNU, por cierto, significa GNU’s not Unix; una broma recursiva que nadie entendió, salvo un ingeniero de camisa negra de la cuarta fila de la conferencia)

GNU fue el primer sistema operativo libre. En 1983, Richard Stallman se enfrascó en este proyecto, renunciando a su posición dentro del Instituto Tecnológico de Masachusets para dedicarse en tiempo completo. Tras años de trabajo, desarrolló un sistema estable, pero sin un componente esencial: el núcleo o kernel. Aunque existieron varios intentos para desarrollar esta pieza faltante, fue hasta 1991 que llegó de la mano de Linus Torvalds. La inclusión de este último eslabón fue tan importante, tan trascendental, que consiguió opacar los logros previos del padre del software libre. “GNU se puede pronunciar de cualquier manera; la única errónea es decirle Linux”, sentencia Stallman.

En la utopía de Stallman, Torvalds es el antihéroe. Sin caer en la malignidad de los grandes corporativos del software privativo, el ingeniero finlandés es una figura non-grata, un paria. Los ojos del orador se inyectan de una pasión peculiar, remota, de una relación de rencor insondable. La perorata del interlocutor (a estas alturas, hipnotista) evidencia un dejo de decepción, de ese odio acumulado que sólo conoce gente como David Prowse, el hombre dentro del traje de Darth Vader que cedió su fama a la profunda voz de James Earl Jones. Separados pero indisociables; como GNU/Linux, el nombre correcto del sistema operativo.

Linus Torvalds acuñó el término código abierto (open source), la Coca-Cola light del software libre. Al creador de Linux le importa un bledo la libertad del usuario, optando por la comodidad. No es un idealista sino un pragmático. Los programas deben estar abiertos en la medida en que permitan que sean estudiados y modificados por terceros. Torvalds apuesta por hacer mejor software, por detectar y corregir los fallos de manera más rápida y eficaz. Sin embargo, este movimiento carece de fundamentos morales o éticos. Más que odio, a Stallman le invade la decepción.

Se avecina la lluvia. La gente se ve obligada a recorrer las últimas hileras de sillas metálicas hacia el frente, a compilarse entre todo para optimizar el espacio disponible bajo la lona. En la fuente sólo quedamos la española y yo. Deben pasar de las siete de la noche, pues la luz se oculta tras la pintada zapatista. Doce espacios a mi derecha, alguien graba la conferencia completa desde una Samsung Galaxy. Apuesto mi mano a que no usó formato .ogg.

El despertar del programariado

Usamos software privativo porque es lo que conocemos. Es una realidad. Es casi una cuestión de usos y costumbres informática. Yo uso Microsoft Windows porque mi padre usó Microsoft Windows, porque mis tíos usaron Microsoft Windows y porque las cuatro computadoras del salón de cómputo de mi secundaria tenían Microsoft Windows. En nuestra cotidianeidad, no conocemos las diapositivas sino al PowerPoint, ni al procesador de textos sino al Word. Así como los pañuelos desechables son los “clínex” y el lápiz adhesivo es el “prit”, crecemos marcados porque nacimos marcados.

Si la vieja escuela nos hizo adictos al software privativo, la nueva debería enmendarlo con dosis de software libre. “Los niños son programadores natos”, afirma Stallman. Se sustenta en la curiosidad, en el espíritu de desmantelar cualquier objeto para saber cómo funciona. En ese sentido, su discurso es sensato. Contar con acceso al código fuente (y por supuesto, un maestro capaz de explicarlo) sería una herramienta excepcional en la enseñanza.

En este sentido, su lucha va hacia los semilleros, a desterrar de las aulas a todo lo que apeste a Microsoft, Apple y anexas. Su filosofía le habría caído de maravilla a Célestine Freinet, el pedagogo francés que creó una metodología educativa cuya apertura hace palidecer al más conocido método Montessori. Técnicas como el texto libre, la asamblea de clase o la conferencia de alumnos resaltan la cooperación como valor fundamental de la educación; una idea que en la teoría es loable, pero en la práctica sirve como excusa para que los maestros prohíban a los niños escuchar música comercial o mirar la televisión.

(Freinet, por cierto, inspiró su modelo en la pedagogía empleada por la Rusia de Stalin. Creador del movimiento de la Escuela Nueva, se basó en su militancia dentro de los sindicatos y en sus experiencias con el socialismo para moldear su propuesta.)

El exordio hacia las escuelas es la parte final del discurso de Stallman. Después comienza el show. El programador se inviste con una túnica improvisada, una aureola hecha de un viejo disco duro y se autoproclama santo. Su rutina, ensayada hasta el cansancio, es un colofón gracioso a una charla que se ha prolongado casi tres horas. “¿Hizo el numerito de San Ignucio?”, me preguntan en Twitter cuando relato mis vivencias. Hasta para el espectáculo Stallman es un hombre hábil. Juega con el fervor, con la religión, con la fe. Porque, ¿quién mejor que un fanático para iniciar cualquier revolución?

Cortesía ADA

Tras responder unas preguntas de la audiencia, asesta el golpe de gracia. Saca de su bolsillo un muñeco de peluche –que a la lejanía parece un burro pero él asegura es un ñu–. Entonces el programador se convierte en comerciante y decide subastar el artículo (con autógrafo incluido) para financiar al movimiento. Comienza en doscientos y trescientos y quinientos y setecientos… La puja sube hasta que sólo quedan dos postores. A cada ofrecimiento le acompaña una exclamación del respetable. Cuando una chica al fondo pone tres mil pesos sobre la mesa, su competidor calla. “Pero acepta tarjeta, ¿verdad?”, pregunta la compradora. Stallman asiente. Él es liberal pero no pendejo.

La charla termina abruptamente. Stallman se excusa, so pretexto de una cena, y se retira del recinto. A los que quedamos nos invitan a tomar un pulque, escuchar la jarana y comprar algunas playeras con motivos revolucionarios (¿sobre qué? Da igual, hay que apoyar todas las causas). Yo no encuentro a mis editores ni al fotógrafo. Ni los busco, a decir verdad. Sólo miro los ríos de gente que abandonan la vieja vecindad, agolpándose como los obreros (o los borregos, que da lo mismo) en “Tiempos Modernos”. Saco mi BlackBerry y releo mis últimos apuntes. “¡Viva el software libre!”, apunto en su mini Word de ecosistema cerrado mientras espero ­–como tantos– el despertar de los desarrolladores.

El lado B de Aldeano

Nuestro lado B es una redacción móvil, etérea, intangible. A nosotros nos gusta llamarle una redacción itinerante.

Nuestro lado B es un expreso doble en una mañana nublada; una computadora portátil con internet inalámbrico; el ojo avizor detrás de una cámara; una reunión editorial convocada a altas horas de la madrugada; el cursor intermitente sobre la página blanco.

Nuestro lado B es una postura política, y a veces, una religión. No transige, no negocia, no está dispuesto a dar marcha atrás. Es una consigna y al mismo tiempo un acto de fe.

Sabemos que nadie necesita una revista en estos tiempos infaustos. Pese a ello construimos y edificamos, con cada número una ciudad imaginaria. Una aldea de lectores donde no haya proscritos ni intocables; donde lo inoportuno prevalezca frente a lo políticamente correcto; un lugar donde la metáfora se  imponga a la verdad absoluta; donde la belleza sea el único criterio que compartamos. Una utopía, pues, si se quiere.

Pero que no se preste esto a malas interpretaciones. No es idealismo lo que alimenta nuestro lado B, tampoco la necesidad de tener una voz propia. Si hemos de ser sinceros, diremos que ni siquiera es el gusto por contar una buena historia. Aquí entre nos, es algo más frívolo y más simple: es el olor de la tinta y del papel, sólo eso.

El resto son sólo pretextos para justificar nuestro hedonismo más arraigado.

Diremos, para terminar, que nuestro lado B es también nuestro lado A. Y que no mentimos al asegurar que la revista que editamos es el mejor reflejo de lo que somos.

Quienes han trabajado en medios de comunicación sabrán entender cuando decimos que a partir de que arrancamos con este proyecto no hay más disociación entre nosotros y nuestro trabajo.

Y es que gracias a Aldeano hemos aprendido, al fin, ver el mundo desde un solo lado.

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