Género: ¿más de lo mismo? ¿y el Estado qué?

Género: ¿más de lo mismo? ¿y el Estado qué?

Rosana Renau Aymamí

En alguna entrega anterior dejé algunas cosas pendientes para desarrollar más adelante. Ahora ya estoy en el adelante y quisiera profundizar en el tema del equilibrio que el estado y la familia deben mantener para la sobrevivencia de la población. Esto es fundamental si queremos entender los roles y compromisos genéricos en momentos de éxito económico nacional o en momento de crisis.

Partamos del principio de lo que significa la población para el estado para poder entender porque se preocupa por su reproducción[1]. La población es parte de la riqueza nacional y es concebida como un bien o como un obstáculo según el momento y el espacio.

Población significa fuerza de trabajo y consumidores, estas dos figuras son las que mantienen vivo al sistema capitalista: la fuerza de trabajo crea excedente que permite al capitalista enriquecerse y los consumidores impiden el agotamiento de la relación entre producción- mercancía- excedente.

Si bien el valor al producto se añade en el proceso de producción y en este proceso se materializa gran parte de éste, se necesita de las mercancías y su precio del mercado para hacerlo efectivo.

Los consumidores casi nunca son sujetos aislados, consumimos en familias o en grupos domésticos o por clases y estratos sociales. En la relación entre salarios + prestaciones está la base de la capacidad de consumo de las familias. Si el costo de la vida aumenta y los salarios no mantienen el mismo nivel de crecimiento, disminuye el consumo. Esto implicará una “sobreproducción”, o sea, un exceso de mercancías sin consumidores capaces de adquirirlos. De igual modo, una población enferma, analfabeta o con carencias fundamentales no se traduce en una buena fuerza de trabajo.

Eso lleva a una crisis capitalista que, por lo general, se resuelve con un exceso en el consumo provocado por un crisis aún mayor (guerras, invasiones, etc.)

¿Qué tiene esto que ver con el género o con las familias? A nivel micro, estas crisis golpean en lo cotidiano a los sujetos comunes que viven día a día  con la incertidumbre del mañana. Si los salarios no aumentan y el costo de la vida sí lo hace esto implica más trabajo para las familias en su esfuerzo por sobrevivir.

Por una parte lleva a la multiplicidad de empleos ya sea para un sujeto en la familia o para diversos sujetos. Pero recordemos que la familia tiene como propósito la reproducción de la población, es decir, no importa cuánto haya que trabajar en “lo público” sigue existiendo un compromiso del núcleo familiar por el “bienestar” de sus miembros.

¿Qué implica este bienestar? En teoría implica salud, alimentación, educación, vivienda, por decir lo menos. En los estados de bienestar  muchos de estos rubros son cubiertos por el estado en múltiples formas: guarderías, comedores obreros y estudiantiles, buenos sistemas de salud que pueden cubrir a la mayoría de la población, educación de buen nivel y gratuita, créditos para vivienda, productos básicos a precios asequibles.

En el neoliberalismo muchas de estas prestaciones han desaparecido pero aún es necesario conservar a la población en forma para ser fuerza de trabajo que reditúe al capital lo necesario. Mientras menos de las necesidades de la población se resuelvan en lo público con el apoyo del estado más de estas necesidades pasarán a manos de las familias.

Esto implica más trabajo doméstico –como expuse en la entrega anterior- por costumbre llevado a cabo por las mujeres mientras los hombres se encargan del mundo público. Sin embargo, estamos viviendo una serie de modificaciones estructurales que han variado esta doble relación entre lo público y lo privado o lo femenino y lo masculino.

Por una parte el número de hogares encabezados por mujeres ha aumentado alarmantemente por diversas causas: migración masculina, falta de responsabilidad paternal,  decisiones femeninas, etc.  Por otra parte, ha habido una modificación importante en términos del mercado laboral y de la dirección de las políticas públicas ahora más enfocadas a las mujeres.

Particularmente estas dos últimas han traído consigo grandes crisis en las identidades tanto femeninas como masculinas.  Han estremecido la lógica del poder basado en un privilegio de actividades y espacios sobre otros, sobre todo en el poder que da el control económico.

Sin asumir que la violencia intrafamiliar tiene como ésta una única causa si puede afirmarse que la frustración de los hombres –por no poder ejercer el rol de proveedores para el que fueron educados- agudiza esta forma de ejercicio del poder.

Hasta la próxima los dejo reflexionar al respecto. Se vale disentir, se vale apoyar, se vale asustarse y agredir.  Suya yomerita

[1] Esto tiene consecuencias en otros niveles que revisaremos más adelante.

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