Acordes paralelos

Acordes paralelos

Era 1981 y los diarios nacionales que consideraban al rock como un ente subversivo, incitador a la violencia, y por lo tanto prohibido, advertían a la población que: "una banda de delincuentes y rockeros, llamada Queen, llegaba a la capital de Puebla a dar un concierto en medio de la ciudad. Me lo cuenta mi padre desde el Estadio Olímpico Ignacio Zaragoza, ubicado en los Fuertes de Guadalupe y Loreto y donde, en 2012, comenzó la reconstrucción del épico lugar.

El águila y Tonatiuh descendían en la cancha del estadio, y en el terreno de juego, los futbolistas sacaban la casta de guerreros, motivados por su líder: Un morelense de origen y rasgos japoneses: “el último arquero que salió a buscar el balón”, y quién se robó los corazones de todos nosotros a principio de los años 90's. Eran buenas épocas para la Franja y dichosas para su afición, que contemplando la victoria de su equipo le correspondía coreando un cantico con la fuerza de un Imperio, y al unísono del coloso Emperador Cuauhtémoc. (Se los cuento, yo, jugando una cascarita desde el parque de prados agua azul).

El rodaje de "Bailando en la oscuridad", que más tarde cambiaría de nombre por "Pecado Original", terminaba y los técnicos y utileros se apresuraban a limpiar la calle y desmontar el desorden. Sin dejar vestigios del "Ojo del cine", los actores abandonaban la ciudad, la caravana de trailers seguía su camino, y los peatones continuábamos con nuestra rutina.

Íbamos en la primaria “Juan Escutia”, y todos los días volvíamos a casa en una procesión de niños (de esos que parece que abandonan a su suerte por momentos), igual a lado de un panteón Francés que esquivando coches y transeúntes desconocidos, o comiendo chatarras bajo un cielo glorioso. Travesía compartida con amigos de los amigos de primos y hermanos (se los cuento yo, la más pequeña de todos, comiendo un helado de chicle desde el parque de Prados Agua Azul).

En la calle de los borrachitos y los gasnates, las viboritas y los camotes de dulce, por ahí de mediados de los años 70', arribó una esplendorosa mujer de belleza frágil, y de aspecto modesto, nada exuberante pero con cierto encanto, para instalarse en el hotel señorial indefinidamente y con el deseo de conquistar los espectáculos nocturnos de esta ciudad. Era una aprendiz de vedette de menos de veinte años, aunque con cierto renombre ya, al menos en el inframundo de los cabarets pequeños. (Me lo cuenta mi padre desde la calle de los dulces, 6 oriente en el corazón de Puebla).