VÍCTIMAS INVISIBLES: Trata y tráfico de personas en Bolivia

VÍCTIMAS INVISIBLES: Trata y tráfico de personas en Bolivia

Nelfi Fernandez Reyes | Connectas.org y El Deber

—¡Si sigues buscando a tu hija te vas a morir vieja %6&$!
Ni había atravesado la puerta del set de televisión donde la entrevistaron por la desaparición de su hija víctima de trata de personas, cuando una amenaza de muerte y un sonido seco de una llamada que se cortaba le laceraron el alma. Lidia Ramos tiene miedo, pero también coraje.

El deseo de encontrar a su hija, Juliva Nina Ramos, desaparecida desde el 10 de julio de 2014, cuando recorría las seis cuadras que separan a su casa de la Universidad Pública de El Alto (UPEA); la ha llevado a hacer cosas que hasta entonces jamás imaginó. Como ella, en 2014 otras 598 familias en Bolivia quedaban con la vida congelada por el secuestro de sus hijos, víctimas de trata y tráfico de personas, según cifras del Ministerio Público. Desde 2012 hasta julio de 2017 ya se han contabilizado 3.000 casos.

—Salimos a buscarla toda la noche. Fuimos a la Policía a denunciar y me preguntaron cuántos años tenía. Le dije que 21 y me contestaron que seguro se había ido con su chico. Les dije que no tenía ningún chico, y me contestaron con burlas.

Así recuerda Lidia el inicio de su viacrucis. Lo primero que supo luego, por la información que colectó del extracto de llamadas, fue que del teléfono celular de su hija salieron cuatro llamadas a lenocinios (o casas donde se comercia el sexo sin ningún o muy poco control del Estado), en la ciudad de La Paz.

El primer lenocinio estaba ubicado en la calle Cuba, en la zona de Miraflores; el segundo, en la Cancha Zapata; el tercero, en la Capitán Ravelo y el cuarto, en Sopocachi. Al visitarlos junto con su esposo, vio que el de la Cancha Zapata tenía fachada de gimnasio, pero dentro había ‘señoritas’ atendiendo clientes. No encontró en ninguno a Juliva, pero ahí comenzó a recibir mensajes de textos desde el celular de su hija, groseros y con errores ortográficos. No había duda: Juliva había caído en manos de ‘tratantes de blancas’.
Pidió a la Policía que investigara de dónde venían los mensajes. También que siguieran la pista de los lenocinios. Pero después de tres años y 13 investigadores, nunca encontraron nada.

Lidia entonces hizo lo mismo que tantos padres: investigar por su cuenta, acercar las pistas a la Policía y a la justicia. Invertir todo su tiempo y dinero en encontrar a su hija. No hubo caso: el Estado no encuentra respuestas a la ausencia. En Bolivia hay una ley, una División de Trata en la Policía y un mandato para que Fiscalía actúe de inmediato en estos casos. Pero los padres que buscan a sus hijos víctimas de trata se encuentran solos en las calles, con fotos de sus seres queridos, investigando por su cuenta. Hay pocos registros de casos y, de los registrados, poca Justicia: de los 3.000 en los últimos cinco años y medio en Bolivia, solo el 39 llegaron a sentencias: el 1,3 por ciento. Además del dolor por la pérdida, los padres padecen la soledad de un sistema que no consigue, por falta de capacidad, de presupuesto o de organización, combatir este delito.

 

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