Mojigangas, las calaveras gigantes que ahuyentan las malas vibras y a los...

Mojigangas, las calaveras gigantes que ahuyentan las malas vibras y a los espíritus  

Foto: Luis Colchado
Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

La cabeza blanca de Talavera es casi tan alta como una casa de planta baja. Camina por la calle moviendo los hombros, parece que flota mientras baila un son que sólo ella puede escuchar. Al fondo se ven los cerros de Tecamachalco y el cielo azul de un domingo silencioso. Ella, con blusa morada y falda azul, se menea y pasea en medio de la avenida: se sabe la dueña del lugar.

Talavera es una calavera hecha de cartón, con malla, alambres, la espalda de una mochila vieja y el cinturón de un coche usado. Ella nació hace casi seis años, a mediados de 2012, de las manos de Conrado Serrano Ramos.

Conrado es conocido por encabezar el taller de cartonería y pintura Caliche, en Tecamachalco, un municipio a sólo 65 kilómetros de la capital de Puebla. Junto con su esposa e hijos se dedican a hacer figuras gigantes de cartón, o mojigangas, que salen a las calles a bailar y acompañar fiestas y celebraciones.

Talavera fue la primera que hizo Conrado. Cuando la saca del estante la toma con cuidado y presume los trazos de colores que simulan el diseño de la talavera, esa cerámica característica del estado.

Conrado ya pintaba desde 2009 pero fue hasta 2012 cuando tomó un taller de cartonería y descubrió las mojigangas.

Las mojigangas son calaveras gigantes hechas con cartonería, originadas en una tradición medieval de un género satírico de textos breves escritos en verso, que se representaban con un grupo de actores disfrazados con máscaras y música. En México las mojigangas generalmente acompañan la tradición de “La Calenda”, una suerte de procesión que encabezan, dice Conrado, para ahuyentar las malas vibras y a los espíritus.

El año en que nació Talavera, ella y las otras creaciones del taller de cartonería fueron invitadas al desfile del 2 de noviembre en Puebla, en el Paseo Bravo.

Conrado, o Caliche, como se llama su taller, se enteró que en Tecamachalco el colectivo Cletamachalco había hecho algo similar un año antes. Entonces Caliche se sumó al evento de “La Calenda”, el sábado más cercano al Día de Muertos, donde decenas de mojigangas desfilan, bailan y conviven en un recorrido que termina en el panteón municipal.

Foto: Luis Colchado

Aunque el Día de Muertos es la fecha más importante, el taller trabaja todo el año. A veces por encargos de figuras de cartón para otros eventos, a veces por invitaciones para bailar y llevar a las calaveras gigantes a escuelas y pueblos cercanos.

Al principio Conrado no tenía un espacio como tal, pero ahora ya tiene una habitación donde están sus pinturas y es el hogar de las mojigangas: las cabezas de todas las calaveras están frente a la puerta, acomodadas en estantes. Del otro lado descansan sus cuerpos, hechos de madera, respaldos de mochilas y alambre, apilados junto a la ventana. Dice que ese lugar no es un santuario como tal, pero es el espacio donde viven las creaciones no sólo suyas sino de amigos y familiares.

Una vez hubo un incendio en el taller. La única que se quemó fue Talavera; Caliche piensa que ella recibió todo el fuego para salvar a las demás calaveras. Eso no es lo único que ha hecho Talavera: siempre que van bailando en “La Calenda”, y alguien le toma una foto, aunque esté del otro lado, ella voltea y sonríe, bajando la mandíbula inferior.

Talavera es la única que Conrado no presta, siempre es él quien tiene que llevarla. Pero las demás sí las presta para que otras personas se las pongan y las bailen. Él dice que una vez que alguien lo hace ya no hay vuelta atrás, porque quien toma a una mojiganga y se la lleva para bailar durante dos o tres horas, quiere volverlo a hacer.

Los niños son a quienes más atrapan las mojigangas. Les dan curiosidad, quieren cargarlas, y muchos terminan en el taller de Caliche para hacer la suya propia. Para Conrado, atraer a un solo niño es una ganancia, porque termina involucrando a una buena parte de la familia durante el proceso de hacer la mojiganga, hacerle la ropa, bailarla y después cuidarla y repararla.

“No me den cuerda, dice Conrado, porque cuando empiezo a hablar de esto ya no acabo”. El amor por la cartonería y el baile de las calaveras sonrientes es algo que se contagia.

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