El camino interminable

El camino interminable

Tomada de revistaeducacionvirtual.com/
Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Se trata de un camino donde uno se construye a sí mismo. Yo encontré que ese camino era común en muchas culturas. Desde la más remota antigüedad, diferentes escuelas enseñaron veladamente la única libertad posible para el hombre: su transformación voluntaria”.

René Rebetez.

El inicio de un nuevo año, con todo el esfuerzo que implica tratar de reponer energías físicas y mentales y reunir los elementos emocionales necesarios para volver a salir a enfrentar la apasionante pero también dura e injusta realidad del mundo, es un momento en el que experimentamos de manera muy clara esta imagen de la vida como un camino por andar.

La imagen es distinta dependiendo de las condiciones existenciales, económicas, sociales, culturales y espirituales de cada quien: para algunos se presenta como un camino sinuoso, empedrado, lleno de obstáculos y peligros mientras que para otros aparece como una gran autopista recién terminada, amplia y confortable de recorrer. Para algunos ese camino tiene una ruta y un destino perfectamente definidos, para otros es totalmente obscuro e incierto y para muchos más se trata de un camino que tiene un punto de llegada más o menos claro y muy deseado pero un trayecto que se tiene que ir descubriendo, construyendo a medida en que se va avanzando en el recorrido.

Como afirma el epígrafe de esta Educación Personalizante, se trata de una imagen que es común a muchas culturas e incluso en todas las épocas. La idea de que la historia es un camino ha generado a lo largo de la historia muchas y muy diversas utopías y modelos o propuestas que tratan de definir con detalle el mundo ideal al que tendríamos que apuntar y la manera en que deberíamos comportarnos y convivir para llegar a él.

Las respuestas son diversas pero la imagen de la existencia individual y la vida colectiva como un camino responde a una pregunta común, al cuestionamiento del ser humano por el sentido de su ser en el mundo y de su capacidad o imposibilidad para incidir en el rumbo de los acontecimientos.

Como afirma el escritor suizo-colombiano de ciencia ficción y pseudociencia y como dicen muchos filósofos y pensadores, se trata de un camino en el que uno se construye a sí mismo. El filósofo canadiense Bernard Lonergan (1904-1984) afirma que este camino es el de la construcción del drama de la propia existencia y la contribución a la escritura del gran drama de la humanidad al que el teatro, la literatura o el cine, solamente imitan. 

A diferencia de las artes escénicas, en el caso del drama de la humanidad la historia no está pre-escrita ni los personajes se encuentran definidos de antemano. En el drama de cada ser humano y en el drama de la humanidad tanto la historia y sus posibles desenlaces como los personajes y sus destinos probables se van escribiendo conforme se va viviendo.

La semana pasada tocamos aquí el tema de la agencia. Esta es la capacidad-necesidad de agencia fundamental que nos presenta el hecho de existir en el mundo: el reto de tener que construirnos a nosotros mismos y de aportar elementos a la construcción de la humanidad sin que exista un guión pre-escrito ni una definición predeterminada de lo que debemos ser y hacer.

(…) la educación tendría que concebirse como el encuentro entre dos personas que están en proceso de autoconstrucción –una con más trayecto andado que la otra pero ambas en camino- y que compartirán sus experiencias –la del educador más amplia que la del educando pero ambas valiosas para el proceso- con el fin de enriquecerse mutuamente, aunque tengan roles distintos

Se trata desde mi punto de vista de la razón de ser fundamental de la educación, porque educarnos es en esencia aprender a responder a este reto de convertirnos en agentes del camino de construirnos a nosotros mismos y de aportar elementos positivos ala construcción de la sociedad en la que vivimos y de la humanidad de la que formamos parte.

Este aprendizaje fundamental implica la definición de las herramientas que se requieren para adaptarse al mundo en el que se vive y de las que son indispensables también para adaptar –transformar, modificar- ese mundo. Los sistemas educativos que se centran solamente en enseñar lo necesario para adaptarse al mundo forman simplemente empleados funcionales para el sistema dominante, incapaces de pensar críticamente y de comprometerse con la transformación de la realidad. Los sistemas educativos que se enfocan sólo en la enseñanza de lo que se requiere para adaptar el mundo corren el riesgo de formar personas inadaptadas, rechazadas por el sistema, incapaces de transformarlo porque no tienen las herramientas para entenderlo e insertarse en él.

La educación es entonces una tarea compleja que debería tener como objetivo central la formación de personas capaces de recorrer creativamente el camino de su autoconstrucción y de la construcción de la sociedad y de la historia humana en los dos ejes fundamentales de adaptación al mundo y adaptación del mundo.

Un elemento central para lograrlo es despertar en cada educando la consciencia sobre su libertad efectiva, entendida como la capacidad de emprender su transformación voluntaria.

Esta consciencia lleva consigo la necesidad de que cada niño o joven que se educa comprenda que se trata de un camino interminable que no se concreta al trayecto escolar.  Un ser humano jamás puede decir que ya llegó al final del recorrido y que ya está hecho, puesto que una persona que llega a sentirse ya terminada, empieza de alguna manera a morir.

Entender este camino de autoconstrucción como un camino que no acaba hasta la muerte implica un cambio radical en la manera de entender la relación entre el educador y el educando. En la educación tradicional se parte del concepto de que se trata de una relación entre una persona que ya está hecha –el docente- y una persona que está en proceso de construcción –el educando-. Sin embargo, si se asume la concepción de la vida como un camino de autoconstrucción que no termina, la educación tendría que concebirse como el encuentro entre dos personas que están en proceso de autoconstrucción –una con más trayecto andado que la otra pero ambas en camino- y que compartirán sus experiencias –la del educador más amplia que la del educando pero ambas valiosas para el proceso- con el fin de enriquecerse mutuamente, aunque tengan roles distintos.

Como dice también el epígrafe, se trata de una transformación voluntaria. Esto implica que el educador tiene que tener la voluntad de auto-transformarse de manera continua para ejercer mejor su tarea y facilitar con mayor eficacia el proceso de transformación del educando, pero también implica el reto de motivar al niño, adolescente o joven para que se abra a esta posibilidad y tenga la voluntad de emprender su propio camino de transformación.

Esta es la tarea educativa central. Los contenidos, los métodos, la infraestructura, la formación docente, la gestión de las escuelas y todos los demás elementos del sistema deberían estar orientados al logro de esta finalidad.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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