Tres historias de terror y un solo barrio

Tres historias de terror y un solo barrio

Día todos santos, Santa María Yancuitlapan. | Foto: Luis Colchado
Samantha Páez

@samantras

Cuando sientes que toda la vida has convivido con fantasmas y brujas, los ruidos en la noche o el olor a azufre no te espantan. Así le pasa a Gaby Cortés, que desde que nació vive en El Tamborcito, en un terreno que rellenaron sus abuelos con tierra y escombros de un panteón.

Gaby recuerda que cuando era niña escuchaba ruidos por las noches, gente platicando, como si hubiera una fiesta, y había luces encendidas. Entonces salía emocionada de su casa pensando que eran sus primos jugando en el patio, pero una vez afuera todo estaba en silencio y a oscuras.

Mucho antes de que Gaby naciera sus abuelos compraron un terreno por la zona que está atrás del Museo del Ferrocarril. Era el último de la calle, nadie lo quiso porque tenía un gran hoyo en medio y sus abuelos lo compraron porque estaba en remate.

Como el abuelo trabajaba en una Cantera se le hizo muy fácil pedirle a un amigo tierra para nivelar el terreno. El amigo le llevó escombros de convento y de panteón: entre las piedras había osamentas y huesos. El abuelo de Gaby reclamó, pero el amigo no quiso llevarse nada.

Por mucho tiempo no construyeron de ese lado, hasta que la abuela de Gaby, cansada de los golpes, sacó a su marido de la casa y le dijo que si quería se hiciera un cuarto en esa parte. El abuelo lo hizo y cuando ya dormía solo escuchó que alguien tocaba su puerta: era una mujer hermosa que lo llamaba. Él la siguió hasta que se dio cuenta de que no tenía pies.

Después cuando los abuelos quisieron hacer una cisterna, los albañiles les decían que se cansaban mucho, no pudieron rascar ni dos metros de profundidad. Además al día siguiente siempre encontraban un gato muerto en el hoyo, por eso un día simplemente ya no volvieron.

Gaby dice que hay algo que no se le olvida: un día de niña estaba jugando con sus primos, cuando vio salir de casa de sus tíos a un hombre y a un niño, luego el hombre agarró al niño y le cortó la cabeza. Impactada, le dijo a sus primos que si habían visto, pero nadie más lo vio.

Las cosas extrañas siguen pasando hasta el día de hoy, una de las sobrinas de Gaby hablaba con alguien cuando estaba sola y casi siempre terminaba llorando. A la novia de Gaby se le apareció una mujer sucia aunque arreglada, quien le dijo que la buscara porque la acababan de matar, a los minutos se escuchó una ambulancia y la mujer se desvaneció mientras le decía que ya iban por ella.

Gaby está segura que no es sólo en su casa que pasan cosas difíciles de explicar, sino que es en todo el barrio, donde la gente veía caer bolas de fuego en lo que ahora es el Museo del Ferrocarril y el jagüey del atrio de Santa Anita se tragaba a las personas. También sus compañeros y compañeras le contaban historias muy parecidas a las que a ella le pasaban.

Embrujo en la cocina

Como sospechaba Gaby, su casa no es la única. Hace unos siete u ocho años un extranjero compró una casa en El Tamborcito, decidió no sólo arreglarla sino también contratar a una antropóloga para que investigara la historia del inmueble.

Después de varios meses los albañiles dejaban el proyecto y la rehabilitación de la casa, que por cierto estaba bastante descuidada, no avanzaba al paso que quería el extranjero. Los albañiles le contaban que estando en la cocina se adormilaban y cuando recobraban el conocimiento se encontraban afuera.

Como es de esperarse el extranjero no les creyó, hasta que un día fue a ver la obra, empezó a llover y se metió en la casa. Fue hasta la cocina y se dio cuenta que en las paredes estaba escrita la misma frase en diferentes idiomas: “Te odio, te voy a matar”. Después cayó adormilado y cuando despertó estaba afuera de la casa.

El extranjero no quiso saber nada de la casa nunca más, se fue sin que la antropóloga pudiera decirle que encontró que era muy común que mataran a las mujeres en las cocinas y que las enterraran allí mismo.

Soñar la historia del muerto

Mireya llegó a vivir a Puebla cuando entró a la universidad, llegó a casa de una señora y después de una charla larguísima para ver si le rentaba el departamento le confesó que su hijo aún estaba allí, que no era malo.

En ese momento Mireya no comprendió, pero luego empezó a soñar con Raúl, el hijo de la señora. En sueños vio toda su vida: desde que lo cacharon fumando su primer cigarro hasta que lo mataron en la puerta de su casa.

Pero Raúl no sólo se le manifestaba en sueños, le apagaba las luces en cualquier habitación que estuviera; primero parpadeaban y luego se iban. Mireya también empezó a sentir “que se le subía el muerto” todas las noches y a veces no se podía mover estando despierta.

Un día llegó a casa con una amiga y como las luces empezaron a parpadear, Mireya preguntó si estaba allí y entonces la luz parpadeó una sola vez. En tono de juego le dijo que un parpadeo para sí y dos para no; luego le dijo que si quería comunicarse con ella, fue un parpadeo; le dijo que si se iría, fueron dos parpadeos, y cuando Mireya le dijo que si la dejaría de molestar de nuevo fueron dos.

Mireya se salió de esa casa cuando no pudo más con el miedo; cuando escuchaba que la madera crujía desde la cocina y cuando el ruido avanzaba hasta llegar a su cuarto, justo en el momento en que se apagaba la luz.

Se mudó a cuatro cuadras, pero dejó el barrio al medio año. Estando dormida en uno de los cuartos de su nueva casa escuchó hablar a dos personas, pensó que eran dos amigos que estaban en el otro cuarto, aunque se le hizo extraño porque decían que estaba allí, que la habían encontrado. Luego sintió que la ahorcaban, entre sueños vio a Raúl sobre ella y su imagen se fue cuando los amigos entraron a su cuarto al oírla forcejear.

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