Ocupación y remuneración de los adultos mayores

Ocupación y remuneración de los adultos mayores

Foto: Marlene Martínez
Mtra. Guadalupe Chávez Ortiz

El envejecimiento poblacional es uno de los fenómenos demográficos más significativos de la época, esté se liga a la natalidad y a la esperanza de vida, en este sentido vivir más años trae como consecuencia la necesidad de trabajar más. Sobre todo, en nuestro país por las condiciones mínimos de acceder a una pensión adecuada.

Lamentablemente, la precarización de las condiciones laborales se agudiza en la vejez, pues muchos adultos mayores no cuentan con empleo y cuando lo hacen es en condiciones poco estables.

Como sabemos la remuneración económica es un factor ligado a la posibilidad de mantener un nivel de vida, más en la etapa adulta mayor cuando los gastos se incrementan si no se cuenta con seguridad médica, por el mayor riesgo de enfermarse, la posibilidad de contar con vivienda propia también es limitada y tiene su repercusión en la económica y por tanto en la calidad de vida.

Los adultos económicamente activos no pueden acceder a trabajos estables, en la medida que avanza su edad se disminuye toda posibilidad y cuando logran obtener un empleo es mal pagado. En la actualidad es muy común observar a personas adultas en subempleos. INEGI refirió que, tres de cada cuatro adultos mayores (74.3%) se insertan al mercado laboral bajo la condición de trabajo vulnerable.

En este sentido, lamentablemente muchas empresa e instituciones favorecen la contratación de personas jóvenes, recién egresados que aun sin experiencia cuentan con currículos más amplios a nivel escolar, las empresas han comenzado con contratos temporales o subcontrataciones terciarias (outsourcing) que en muchas ocasiones son cubiertos por jóvenes en condiciones perplejas pues no ofrecen seguridad laboral ni prestaciones que las generaciones adultas acostumbraban y que por desgracia en el contexto actual del país se están perdiendo.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE, 2014), la tasa de participación económica de la población de 60 años y más es de 33.7 por ciento; en los hombres es mayor (50.7%) que en las mujeres (19.4%) y su nivel disminuye conforme avanza la edad: casi una de cada dos (49%) personas de 60 a 64 años se inserta en el mercado laboral como personal ocupado o como buscador de empleo y disminuye a 10.6% en aquellos que se encuentran en una vejez avanzada de 80 años y más.

La participación económica de los adultos mayores, disminuye conforme avanza la edad, curiosamente esta no cesa pese a que un adulto mayor a los 80 y más años debiera gozar de una estabilidad economía mínima para su sobrevivencia.

Es poca la población que llega a una edad avanzada y tiene los recursos para ser empleador (9.1%); la mayoría trabaja por cuenta propia (50.5%), mientras que una buena proporción son trabajadores sin pago (4.9%). Estos dos últimos contextos son tipificados por organismos internacionales como “trabajo vulnerable”. Una de cada tres personas de 60 años y más (35.5%) es subordinada y remunerada y sus condiciones laborales no son del todo favorables, ya que la mitad de estos no reciben prestaciones (49.2 %) (ENOE, 2014), reiteradamente impacta en la calidad de vida.

Un análisis por edad de la población que se ocupa de manera informal, permite observar que son los adultos mayores los que perciben un menor ingreso: uno de cada tres (33.5%) gana hasta un salario mínimo y uno de cada seis (16.2%) no recibe ingreso por su trabajo (ENOE, 2014). Esto en la actualidad se vincula con el trabajo que los adultos mayores realizan “apoyando” a familiares, hijos e incluso nietos.

Sin embargo, al salaria bajo se le suma la discriminación que en muchas ocasiones viven los adultos mayores al solicitar un empleo. En este sentido. La Encuesta Nacional de Envejecimiento, los mexicanos vistos por sí mismos (UNAM, 2015); refirieron que los adultos mayores son discriminados en varios escenarios, al buscar trabajo en un 86.4%; en el trabajo con un 80.2%; en el acceso a la capacidad profesional en un 54.7%; en el acceso a la educación 51.1%; incluso en sus propias casas con un 47.6%.

En esta misma línea, Montes de Oca (2013) refiere que, en el mercado de trabajo se ejerce discriminación hacia la vejez por considerar que incrementa los costos de producción, debido a la creencia que los individuos que se encuentran en esa etapa son improductivos e incapaces de seguir el ritmo de los jóvenes (Gutiérrez, 2015). Estas falsas creencias de alguna manera trastocan la posibilidad de contratar adultos que cuentan con experiencia laboral, con el ánimo y con la necesidad de continuar trabajando.

Finalmente, ante esta situación, la calidad de vida de los adultos mayores se ve trastocada pues el salario reducido no llega a cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud, presentando implicaciones en aspectos objetivos y también subjetivos por el impacto emocional que acarrea.

Esta sin duda es una tarea pendiente en las políticas públicas de atención a los adultos mayores.

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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