La desaparición masiva de los veintidós

La desaparición masiva de los veintidós

Tercera Vía

GUANAJUATO.- En medio de una guerra que dicen que no es una guerra, ocurrida en un Estado que sólo amerita llamarse así por ser algo en permanente estado de descomposición, fue desaparecido un camión de personas de las que no habíamos tenido noticias nunca, y que conocemos hasta ahora que ya no están.

Veintidós hombres querían cumplir el sueño Americano, pero les llegó antes la pesadilla mexicana. Fueron secuestrados en 2011 y hasta ahora no tenemos certeza de en dónde, por quiénes ni por qué los desaparecieron. Ignoramos si están vivos o no. Sólo sabemos que no sabemos qué les pasó.

Sus familiares los han buscado en las carreteras, lotes baldíos, los hospitales y cárceles. En el cielo y en la tierra. Algunos creen que narcotraficantes los tienen trabajando contra su voluntad; otros, que los mataron a todos. Un grupo los busca en vida; otros ya mejor escarban en fosas para saber en dónde poner la cruz. Sin embargo, cada esposa, cada madre y cada hermana esperan, en lo profundo del corazón, que un día los muchachos atraviesen la puerta y digan: “ya volví, mujer, caliéntame unas tortillas, que traigo un hambre que pa’ que te cuento”.

Las autoridades han sido fieles a su reputación de inútiles, y como si temieran contradecir su historia, trabajan en hacer parecer que trabajan. Los familiares lo saben, y entienden que la justicia es ciega, pero no tonta; que aunque no hay certezas, algo les ocultan, porque desaparecen a sus desaparecidos hasta de las listas de desaparecidos. Los policías les dicen “que a lo mejor los hombres ya hicieron vida con otra familia en Estados Unidos, que ellas se dediquen a sus hijos, que seguro les llaman un día de estos”. Si, cabrón, seguro todos se tardaron seis años en llamar, porque apostaron a ver quién aguantaba más, porque les gusta preocupar a sus hijos, a sus hermanas, a sus madres.

El Ministerio Público, harto de verlas siempre en su oficina jodiendo con lo mismo, les sugiere que sean realistas: “ya los mataron, mejor déjenlos de buscar, ya no hay caso”. Bueno, pero entonces díganos dónde están, qué les pasó, a quiénes hay que refundir en la cárcel para que por lo menos no vuelva a ocurrir y nuestros hombres estén en paz, que los lleven a descansar a su tierra, cerca de lo que les gustaba, de quienes ellos más querían, y les hagan justicia.

La desaparición es un limbo para las familias, que viven un dolor sin duelo, que es como desivivirse en un cuarto con los relojes detenidos a la hora en que partieron sus seres amados. Si te desaparecen un hijo, un hermano, a tu padre, no puedes sólo seguir, pero tampoco volver atrás. Hay un corte de tajo en el árbol familiar; un hueco que se lo come todo desde adentro, que dice “aquí estaré siempre”, como un gusanito dormido dentro del fruto más maduro de tu familia. Es una historia pendiente, que necesita continuarse, de algún modo, para poder contarse, para significarse, para curarse.

Cada tanto, en decenas de fosas se encuentran cientos de cuerpos sin nombre, pero de esos veintidós nombres nomás no se pueden encontrar los cuerpos, ya vivos, ya heridos, ya muertos.

Las preguntas sin respuesta se multiplican, y atrapadas en un umbral que no se acaba, madres, esposas e hijas se sienten como en un pozo sin piso. Su testimonio, sin embargo, logra acercarnos un centímetro a los mundos que fueron descarrilados hace seis años en un grupo de rancherías de San Luis de la Paz, que es como decir en ningún lugar y en todos los rincones de este mundo.

 

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