En busca de Aura

En busca de Aura

Javier Caravantes

@javicaravantes

Se fue unas horas después del primer temblor. La mañana siguiente le llamo desde la puerta de la casa. Como ningún vecino se queja grito lo más fuerte que los pulmones permiten. Apenas voy por un vaso de agua a la cocina, Aura entra. Su manto está limpio. Aunque no pasó la noche en la maleta antigua de saxofón, acolchada por terciopelo con diseño de cebra, su cama, parece tranquila.   

Desde la primera visita al departamento me di cuenta que la malla que cubre la reja de la entrada no está completamente cerrada. Se rompieron las abrazaderas de la esquina, justo donde arrancan las escaleras hacia la puerta de la casa. Aura nunca se va, me dije. Nos mudamos hace veinte días.

El segundo temblor me encuentra comiendo un plato de pasta. Bajo aprisa las escaleras del dúplex donde habito. El vecino sale cargando a su hijo recién nacido, la angustia con que me pregunta si estoy bien me hace sentir vergüenza. Yo sigo protegiendo el plato de comida.

Las noticias de los desastres me impulsan a escribir viñetas. Luego no sé si entrevistar a algún damnificado, o sumarme a las brigadas que se organizan para ayudar en comunidades afectadas. Lo único que permite la habitual parálisis es ofrecer mi librería como centro de acopio. Apenas tengo respuesta.

En la noche regreso a casa, Aura no está.

Tenemos casi siete años juntos. Me la dio en adopción Carolina. La rescató a orillas de una carretera. La misma asociación de la que Carolina es presidenta salvó unos días después a unos gatitos con horas de nacidos. Parecía que no sobrevivirían. Mientras las rescatistas intentaban mantenerlos calientes acercándoles focos y cronometrando el tiempo para darles fórmula láctea, Aura se acercó, olió a los bebés, comenzó a lamerlos hasta callar unos chillidos que Carolina ya estaba suponiendo eternos.

—Se merece un buen lugar, quédate con ella —me propuso.

Leo que si hace poco tiempo cambié de casa es bastante probable que Aura haya regresado a la antigua. Aún poseo un juego de llaves. Cuento veintisiete cuadras de distancia. Digo su nombre cargando una recién abierta lata de atún. Me doy por vencido a las cuatro de la mañana.

No vuelve desde hace tres noches. En un documento de Word hago un cartel.

Se busca. Se llama Aura. Hembra, esterilizada. Raza Azul ruso. Tiene ocho años. Ojos verdes, calva de las cejas. Maulladora. Mal aliento. Patitas cortas. RECOMPENSA.

Cada ruido provoca una posibilidad. El chirrido de los frenos de un coche, seguido de un maullido, me arroja a la calle, a no encontrar nada.

Aunque esté prohibido Carolina se estaciona frente a la librería. Al ver mi cara detrás del mostrador pregunta:

—¿Vas a mandar a hacer lonas de “Se busca”?

—Tengo poco dinero.

—Te presto, ¿cancelas el taller?

—Necesito el dinero.

—Pobre Aura.

A Carolina y a mí la secretaría de Cultura del gobierno del estado nos contrató para impartir talleres literarios en un municipio de la sierra. Supuse que por los temblores se habrían cancelado. Abandonar mi casa durante el fin de semana es demasiado. Debo presentarme a las seis de la mañana en las oficinas de Cultura. Subir a la vagoneta que a Carolina y a mí nos llevará. Ella acaba de escribir un ensayo que publica La tempestad, “El temblor no cambiará la manera en cómo tratamos a los animales”. Durante el camino permanecerá en silencio. Es probable que tarde varios meses en volver a hablarme.

Su arenero está en el patio, espero que su olor la haga regresar. Permanezco con las puertas abiertas. No escucho música. El insomnio por fin sirve.

A dos casas maltratan a un poodle sacándolo durante el día. El perrito resguarda la calle seguramente alejando a Aura. También hay dos gatos, blancos con negro, muy parecidos, sólo el largo de sus melenas los distingue, se pasean cerca de la reja como gendarme que me protegen del regreso de mi propia chimuela gata.

La punta de sus pelos no tiene pigmento, refleja plata. Su pelaje es único. Ninguno de los gatos que en su búsqueda me he encontrado se parece a ella.

Maúlla mucho, demasiado, exige sin restricciones cada que se le ocurre una nueva necesidad. Exhala un quejido apestoso y tremendamente entrañable. Pasan los días sin que el silencio sea quebrado por sus peticiones.

Cada cuatro pasos grito su nombre. He cubierto al menos veinte cuadras alrededor de mi casa.

—¿Entras a los terrenos baldíos o sólo le gritas desde la banqueta? —me pregunta Carolina.  

A pesar de que en los últimos días llovió, los carteles que até con cinta canela permanecen. En los baldíos no está, al menos no en los cercanos ¿Qué es cerca para una gata de ocho años? Sigo caminando, grito su nombre.

Casi nunca salta. Le gusta esconderse en los rincones. Me gustaría llamar a cada puerta de las casas vecinas, tantas como pudiera. Pedir entrar. Inspeccionar rincones.

Lonas, colgadas, al menos una por cada calle: fotografías de linchamientos. Amenazas a presuntos rateros con la tortura a la que serán sometidos si osan robar sus riquezas. Ignoro si es medida efectiva para disminuir el índice delictivo. Prefiero no tocar.   

Aún no amanece. Preparo la mochila con la que viajaré a la sierra. Dilato cada movimiento. Por tercera vez me cepillo los dientes. En diez minutos será insalvablemente tarde.

La escucho maullar. Es inconfundible. Corro a la puerta. Abro. Aura entra. La cargo. Ha perdido al menos dos kilos. No parece lastimada. Bebe agua, come. Descansa.

Carolina es la primera persona a quien le aviso; le llamo por teléfono. Se alegra. Me pregunta si aún pienso ir a dar el taller. Respondo que sí.

—Pobre Aura se tiene que cuidar sola —dice.

Mi gata despierta, se estira.

1 COMMENT

  1. Maravilloso relato, me hizo llorar. Pasé algo similar hace 4 años…. Lo extraordinario es que tanto tú como yo tuvimos desenlaces felices. Ahora por nada del mundo permito que Biscotti salga de casa.

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