El freno y el motor

El freno y el motor

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“La ausencia de esta energía es, en mi opinión, de carácter cultural: el mexicano es indiferente a la res publica; no se nos da la democracia, al menos todavía; modificar nuestras actitudes de resignación fatalista, de conformismo, de indolencia, llevará aún muchos años. Mientras nadie exija cuentas a los gobernantes, a los legisladores, a los secretarios de Educación (federal y estatales), a los directores de escuela y maestros o a los sindicatos, no mejorará la educación”.

Pablo Latapí Sarre. ¿Es posible recuperar la esperanza? p. 291.

 

La semana pasada titulé esta Educación personalizante: El veneno y el antídoto, haciendo una reflexión sobre el peligro -cada vez más presente en muchos signos de la realidad política del país- del retorno del viejo régimen autoritario y la solución para enfrentar este gran riesgo, que estoy convencido que es la educación para la democracia, la formación de ciudadanos verdaderamente convencidos y capacitados para construir cooperativamente la sociedad democrática que tanto tiempo, esfuerzo y vidas ha costado empezar a construir.

Curiosamente, esta columna no tuvo el eco que normalmente tienen mis colaboraciones semanales en este espacio. No sé si es coincidencia, si el texto no era suficientemente original o contundente o si se trata de un síntoma que refleja la ausencia cultural de la energía social a la que se refiere la cita de Latapí que hoy tomo como epígrafe, la indiferencia a la res pública que puede presagiar la terrible realidad de que “no se nos da la democracia”.

Obviamente no quiero atribuir a esta percepción totalmente subjetiva acerca del impacto de la columna anterior el juicio acerca del factor que el padre de la investigación educativa plantea como freno para el avance de nuestra democracia. Se trata simplemente de algo anecdótico que se suma a muchos síntomas que los analistas de nuestra sociedad y los estudiosos de nuestra cultura han descrito como un rasgo negativo –entre muchos otros positivos- de nuestro modo de ser.

Porque es cierto que aunque parezca una etiqueta que nos descalifica y puede volverse un elemento que legitime el autoritarismo –porque no somos un pueblo preparado para la democracia, como ya lo declaraba Porfirio Díaz en la famosa entrevista con Creelman previa al movimiento revolucionario-, existen evidencias reales y desafortunadamente aún presentes en un sector mayoritario de la sociedad que nos retratan como una sociedad indiferente, conformista y aún resignada ante la fatalidad.

Aunque en las últimas décadas ha ido surgiendo poco a poco una mayor consciencia de la necesidad de participar y exigir cuentas a nuestra clase política marcada por el signo de la corrupción y la impunidad, tenemos todavía mucho que avanzar en este terreno de la participación democrática.

Tenemos en estos rasgos de indolencia y conformismo un freno muy poderoso que sigue impidiendo el avance de una verdadera democracia y haciendo que la transición política siga sin consolidarse y como afirma el mismo Latapí, tomará aún muchos años modificar esta cultura.

Este freno se refleja en el campo de la educación en la falta de exigencia de los alumnos al profesor en el aula para que mejore su desempeño y genere aprendizajes de calidad, de los profesores a los directores escolares para que haya una gestión más eficiente y creativa que facilite su tarea, de los padres de familia para la mejora de la educación que reciben sus hijos, de la sociedad civil para que las autoridades educativas generen e instrumenten políticas públicas eficaces y pertinentes que rompan las inercias burocráticas que han mantenido al sistema educativo nacional en los peores lugares a nivel internacional.

 

“México no va a cambiar cuando cambie el Presidente, cambiará cuando cambie el sistema. No me refiero exclusivamente al sistema político sino al sistema cultural, nuestro código cultural, nuestra forma de ser, ver, entender y hacer la realidad. Por eso dije que tenemos que pasar de pedir un mejor gobierno a ser mejores ciudadanos. Mejores ciudadanos son la semilla de mejores gobernantes, pretender lo inverso es esperar que llueva hacia el cielo”.

Eduardo Caccia. La reforma cultural.

Estamos iniciando un proceso electoral que culminará con la elección del siguiente presidente de la república, de un buen número de gobernadores y presidentes municipales y del congreso federal. El panorama luce realmente desolador ante la falta de alternativas de cambio real en el gobierno de este país sumido en una espiral decadente de corrupción, impunidad, violencia, exclusión e injusticia que parece no tener solución.

Pero como afirma Caccia, el país no va a cambiar cuando cambie el presidente –aún cuando surgiera de milagro una opción verdaderamente distinta de aquí al próximo año-, ni cuando se renueve el congreso sino cuando se transforme el sistema. Pero como afirma el mismo analista, el sistema no significa solamente la estructura normativa y ejecutiva que regula el gobierno, es decir, no solamente el sistema político, sino el sistema cultural, el código de cultura que orienta nuestra forma de ser, ver, entender y construir la realidad.

Si como afirma Lonergan, la cultura es el conjunto de significados y valores que determinan nuestros modos concretos de vivir, el cambio en México solamente será posible si logramos transformar progresivamente ese conjunto de significados sobre nuestra convivencia como nación, ese sistema de valores que regula la manera en que decidimos cotidianamente la manera en que vivimos y nos relacionamos como sociedad y la forma en que nos relacionamos con el gobierno.

Un funcionario del Banco Mundial en visita oficial de trabajo a Estonia es recibido por un miembro del gobierno federal de aquél país –que por cierto es el segundo lugar en calidad educativa según los resultados de PISA-. En la ciudad capital está cayendo un aguacero muy fuerte pero el anfitrión insiste en que hay que caminar jalando el equipaje para tomar el tren que los llevará al aeropuerto. El visitante piensa que ante un clima tan complicado se justificaría tomar un taxi. Sin embargo, el representante del gobierno considera esto como algo innecesario. Sus signficados y valores sobre la vida están marcados por la frugalidad, la austeridad y la valoración de los servicios públicos que están al alcance de todos.

Si comparamos con México donde los funcionarios públicos utilizan helicópteros oficiales para ir a jugar golf con el presidente, podemos ver la enorme diferencia en la manera en que se concibe la vida. Aquí la posición de poder es sinónimo de lujo y dispendio que justifica incluso gastar dinero público en privilegios privados. Aquí lo público es sinónimo de chafa, de indeseable, de degradación.

Este es un ejemplo –tomado del testimonio directo de quien visitó Estonia y de lo que los periódicos mexicanos reportan cada día respecto del comportamiento de nuestros funcionarios- que habla de la necesidad de este cambio de sistema cultural como condición necesaria para poder avanzar hacia la consolidación de la democracia a la que decimos aspirar.

El cambio cultural implica el paso, como afirma Caccia, de pedir un mejor gobierno –sin hacer gran cosa para tenerlo- a ser mejores ciudadanos. Porque mejores ciudadanos son la semilla de mejores gobernantes, puesto que los gobernantes no vienen de otro planeta, surgen de la misma sociedad.

Este es tal vez el cambio fundamental para construir el México democrático que sigue siendo una aspiración que a veces se mira como lejana de cumplirse. El cambio cultural es el motor que puede quitar el freno de nuestra indolencia y nuestra resignación frente a todos los abusos de la clase política.

Para lograrlo necesitamos construir una sólida formación ciudadana, una educación en y para la democracia que tendría que iniciar con la construcción de una convivencia escolar que sea un laboratorio de participación democrática cooperativa, dialógica y corresponsable.

El primer paso consiste en que los docentes nos volvamos agentes activos y no objetos pasivos de nuestra propia tarea y construyamos relaciones profesionales, gremiales, sociales y políticas que sean ejemplo de la ciudadanía democrática que queremos formar en las aulas.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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