Texto: Karen de la Torre | Fotos: Luis Colchado

Óscar Letanor de 30 años de edad está en desacuerdo con que los niños regresen a clases porque hay aún muchas casas que están en riesgo de colapsar; cree que se deberían derribar todas las estructuras débiles primero, antes que los niños anden por ahí. Dice que falta apoyo justo para eso, para tumbarlas y para quitar los cascajos.

Además Óscar no está de acuerdo con que el único albergue de la ciudad esté justo a unos cuantos pasos, veinticinco metros, de distancia de la Parroquia San Miguel Arcángel. Lo ve peligroso, la iglesia está destruida pero aún hay concreto colgando de la torre.

En el albergue hay 50 colchonetas arregladas alrededor del altar y al frente. Está rodeado por montones de víveres que no han sido repartidos.

En promedio, Marco Antonio Monjes Zúñiga, encargado del albergue y funcionario del Sistema Integral de Desarrollo para la Familia, dice que han llegado entre 45 y 70 personas cada día. Que ha sido difícil convencerlas de que salgan de sus casas y vayan a resguardarse ahí.

La gente ha preferido irse con sus familias y amigos, dice el funcionario. Óscar, por ejemplo, alojó a sus papás en casa.  

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