Varios pueblos ubicados en la Cuenca del Papaloapan, al norte del estado de Oaxaca, fueron desplazados hace 30 años cuando se construyó la presa Cerro de Oro. Entonces se desplazó a 26 mil indígenas de 56 ejidos de los municipios de Tuxtepec, Ojitlán, Jalapa de Díaz y Usila. Tres décadas después los herederos se oponen ahora a la continuación de esa presa: una hidroeléctrica que se quiere construir en el hogar de 30 mil personas asentadas en las islas y la rivera de la presa y el Cerro de Oro

Debajo de la lancha hay pueblos sepultados desde 1988
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Texto: Antonio Mundaca | Fotos: Karen Rojas Kauffmann

Tuxtepec, Oaxaca.- La amenaza llegó en el año 2010 cuando personal de Private Investment Corp (OPIC por sus siglas en inglés, dependencia del gobierno estadounidense), y las empresas Conduit Capital Partners y Corporación Mexicana de Hidroelectricidad (Comexhidro), llegaron a la rivera de la presa Cerro de Oro.

Su objetivo era apoderarse de los terrenos y construir en tierras ejidales unas turbinas para generar electricidad y venderla a otros países. A la presa que se construyó hace 30 años, se le sumaria ahora una hidroeléctrica.

OPIC había aportado un préstamo de 8,5 millones de dólares para arrancar el proyecto en las faldas de la Presa Cerro de Oro. Ese monto era un primer recurso de una partida de 60 millones de dólares que tenían como destino usarse en proyectos energéticos en América Latina, donde la hidroeléctrica y los ejidos de Santa Úrsula, Los Reyes y Paso Canoa, eran la avanzada. El director general de la empresa mexicana involucrada en el proyecto, Comexhidro, es Salomón Camhaji Samra, quien también es integrante del consejo consultivo de la Comisión Reguladora de Energía.

Desde el 2006 OPIC y Conduit Capital Partners, tenían planeado el proyecto hidroeléctrico: se pretendía desaparecer tres núcleos agrarios y destruir el Arroyo Sal que es el único afluente que abastece a alrededor de 3 mil habitantes que viven en las faldas de la presa.

Los ejidatarios afectados de San Úrsula, Paso Canoa y Los Reyes son los hijos de quienes fueron inundados en la construcción de la represa de 1972, con Luis Echeverría Álvarez. Muchas de esas familias fueron relegadas en el sexenio de José López Portillo y alrededor de 30 mil campesinos abandonaron sus tierras de cultivo, según datos de la entonces Secretaría de la Reforma Agraria (SRA). Perdieron familiares, tradiciones y fueron violentados en sus derechos como pueblos originarios.

Los herederos ahora se resistían contra la hidroeléctrica que además de quitarles sus tierras, terminaría con la flora y fauna local, incluida la tortuga blanca, una especie endémica.

Foto: Karen Rojas Kauffmann
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Gabino Vicente Francisco es agente municipal de Santa Úrsula. Gabino creció en este lugar, luego fue inmigrante indocumentado en Estados Unidos, vivió en Ciudad Juárez y volvió  en 2008 cuando los rumores de la hidroeléctrica comenzaron a correr. Para el 2010 ya era un férreo opositor, cuando Conduit Capital Partners comenzó a dinamitar los arroyos sin consultar a las comunidades.

“Los primeros acercamientos se dieron sólo con los ejidatarios de la comunidad. Les ofrecieron dinero y las personas aceptaban, no sabían de qué se trataba. A los ejidatarios trataron de pagarles los terrenos, pero nunca dijeron la verdad, no sabíamos los efectos, el tamaño de lo que estaba pasando, intentaron dividir a las comunidades con dinero, muchos de los que lo habían recibido tenía miedo, porque varios de ellos ya lo habían gastado o invertido,” relata.

En julio de 2010, los ejidatarios en asamblea hablaron de las anomalías. Les habían argumentado que no había especies en extinción sin tener un estudio de impacto ambiental, sin decirles que destruirían el Arroyo Sal, que es la única fuente de agua limpia de cuatro comunidades vecinas, les habían prometido que los hijos de los habitantes iban a tener trabajo.

Un mes después, los ejidatarios, la mayoría indígenas chinantecos, decidieron ventilar el problema con apoyo de Derechos Indígenas de Servicios para una Educación Alternativa (Educa)

“Descubrimos estudios de impacto ambiental con irregularidades, denuncias de reuniones entre dependencias como Semarnat y Conagua con los empresarios, se plantearon alternativas para el proyecto, en todas, Arroyo Sal era sacrificado y los ejidos tendrían beneficio mínimo”, dice Gabino Vicente para quien había una relación rota entre las empresas extranjeras y los habitantes de la mayoría de los ejidos.

8,5 millones de dólares fue el recurso de arranque para el proyecto Hidroeléctrico
Foto: Karen Rojas Kauffmann

Para los herederos de la presa, era muy claro el rechazo a la hidroeléctrica, por lo que fueron sumando aliados, entre ellos el equipo de Fundar. Hicieron denuncias públicas, solicitaron la intervención al Congreso estatal, lo obligaron a recorrer las comunidades para comprobar que las empresas comenzaron obra sin informar ni consultar a los pueblos y lograron también que el gobierno municial retirara permisos construcción ante la falta de transparencia en los estudios de impacto ambiental presentado por las autoridades federales.

El 26 de septiembre de 2013 Fundar anunció en su página de internet un triunfo de los ejidos de Santa Úrsula, Los Reyes y Paso Canoa: las empresas habían decidido retirarse del proyecto. Fundar señaló a las empresas Comexhidro y Electricidad de Oriente de cometer violaciones a los derechos humanos básica,s pues no informaron sobre el proyecto, ni sus impactos ambientales, sociales y en la salud; no consultaron a las personas y comunidades afectadas por el proyecto y sus impactos; no identificaron consecuencias sociales y ambientales adversas y no presentaron medidas de mitigación; no compensaron adecuadamente a las comunidades por la pérdidas de sus tierras, ni por los impactos causados a sus modos de subsistencia; exageraron los beneficios del proyecto, minimizando sus impactos, así como incumpliendo con sus promesas de llevar a cabo proyectos de desarrollo comunitario; incumplieron con las leyes mexicanas nacionales y locales relacionadas con la adquisición de tierras y los impactos ambientales.

“Ahora tenemos un mayor número de aliados y hemos aprendido no solo a defendernos. -Si no cuidamos nuestro medio ambiente”, dice optimista Gabino Vicente, pero no baja la guardia.

En el recorrido, Gabino muestra las puertas de los túneles y ahí los siniestros que hicieron unos nuevos visitantes apenas el año pasado. Gabino explica que “emisarios” de una empresa llamada “Tocaltia” inició visitas a los ejidos para retomar nuevas negociaciones que pudieran “encaminar” el proyecto hidroeléctrico Cerro de Oro.

Con engaños quisieron despojar de sus terrenos a los comuneros
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Los pueblos en resistencia 

A las faldas de la presa hay un camino sinuoso y de terracería que une distintos pueblos: Sumatra, San Rafael, Santa Úrsula y Los Reyes. Este es un recorrido por estos lugares que surgieron con la creación de la presa hace 30 años y ahora resisten contra la hidroeléctrica

Primera parada: Sumatra, la entrada a la presa

Sumatra se llama el puente donde los campesinos tiran sus redes y niños desnudos se lanzan al río revuelto para pescar camarones.

Este puente es la entrada al pueblo de Santa Úrsula, cuyos habitantes son agricultores y las mejores casas son construidas con remesas. Su población supera los mil habitantes y la mitad tienen como lengua materna el chinanteco.

El ejido de Los Reyes, es una población vecina de San Úrsula, fue una comunidad estratégica para Conduit Capital Partners y sus socios mexicanos por ser el pueblo pegado 50 metros a la presa. A ellos les ofrecieron más dinero por sus parcelas, 40 mil pesos en efectivo por las hectáreas que colindan con el río donde anidan diferentes tipos de tortugas. El otro ejido afectado directamente por la hidroeléctrica fue Paso Canoa.

Arroyo Sal es una fuente de agua que abastece a 6 comunidades en las faldas de la presa
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Segunda parada: Arroyo Sal, cuando se pierde una vida, pierde el mundo

Un terraplén, un anuncio que prohíbe la caza de tortugas y un rústico balneario son la entrada a Arroyo Sal, un poblado de 50 habitantes. Antes de 1970 este arroyo nacía en Laguna del Diablo, cuando se empezó a construir la Presa Cerro de Oro quedó dividido en dos arroyos, la mitad quedó bajos las aguas de la presa y la otra mitad siguió viva.

Federico Cohetero Montor nos espera en su canoa bajo la lluvia. Él es uno de los representantes del movimiento social contra la hidroeléctrica porque no imagina su vida sin el Arroyo Sal o sin irse de pesca a río embravecido. Trabajó un tiempo en las maquilas de Ciudad Juárez y estuvo otra temporada en Chiapas, volvió a su tierra de origen cuando supo iban a construir la hidroeléctrica, creyó tendría trabajo porque le sabe a las cosas mecánicas, pero se volvió uno de los líderes contra la intervención del capital extranjero.

“¿Cómo el gobierno promueve una energía limpia sabiendo que también está haciendo un ecocidio? Donde hay movimiento hay vida y el arroyo iban a secarlo”, para él este lugar además de ser un espacio de trabajo es un santuario, “tenemos cinco especies de tortugas: la pinta, la tres lomos, la tortuga blanca,  la chachahua y la chopontil, también hay anguilas y camarones, si no nos hubiéramos defendido, las manos del hombre moverían las aguas”.

Federico encabeza junto a Gabino Vicente la iniciativa para hacer de Arroyo Sal un centro ecoturístico y un Santuario de Protección para las tortugas. Para ello buscan apoyos del Consejo de Áreas Protegidas (Conap) y de la Semarnat.

“Queremos que esto sea un santuario y conservarlo, queremos que vuelva a haber camarones nativos, ninguna empresa debería interrumpir la vida que aquí existe, cuando se pierde una vida, pierde el mundo”.

El río es fuente de trabajo y comida de cientos de ejidatarios
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Tercera parada: Los Reyes, con todos nuestros muertos debajo

Soy Francisco Moreno Ortega, tengo 63 años y la tierra donde nací está bajo el agua. Mis muertos están 60 metros bajo la presa. Imagino sus huesos entre lirios y musgo, algunos están en el cementerio, otros murieron ahogados cuando abrieron la represa. Decidieron quedarse a morir en su tierra. Abrieron las compuertas con ellos en la montaña.

El día que nos inundaron sonaba el cerro como una tormenta tras otra que hacía temblar las atarrayas sujetas al río. En Raya de las Carolinas vivíamos 75 personas. Ahí conocí a mi esposa Zenobia Hernández Lucas. No queríamos irnos. Nosotros nos fuimos hasta lo último, caminamos a Laguna Escondida y nos refugiamos en el zapotal, pero también ahí fueron a sacarnos, creímos que nuestros hijos iban a ahogarse. Mi mujer tomó al más pequeño, de seis meses. La mayor, de veinte años, llevó al resto de sus hermanos pequeños a las chalupas que aguardaban en el embalse.

Soltaron el agua con nosotros adentro, tuvimos que correr cerro arriba. Todavía nos quedamos un día entero. Nos amenazaban, nos decían indios locos. No pudimos sacar nuestras cosas, tomamos la lancha en que vinieron y la única pertenencia de Zenobia y yo, fueron nuestras ropas mojadas.

Nos habían dicho que tenían las mejores parcelas para nosotros, que al pueblo nuevo donde iríamos había madera y frutas y se respetarían los ordenamientos del ejido. Pero fue tierra con viento y con sal a donde nos enviaron.

En “El Reacomodo” nos enfrentaron. Juntaron a tres ejidos en la misma tierra. Unos agarraban más y nunca se repartió el terreno. Acapararon la tierra los que tenían como pagarles a los funcionarios de la Secretaría de Recursos Hidráulicos.Los ejidatarios pudimos matarnos. Unos ingresamos a la Unión General Obrera Campesina y Popular (UGOCP) para que nos entregaran nuestro terreno, pero nos robaron.

Yo solo aguanté 4 años en “El reacomodo”. No había trabajo, ni escuela. Éramos oaxaqueños en tierra de Veracruzanos peleándo por tierra que no servía para sembrar. Luego me fui con mis 8 hijos y mi esposa. Los que se quedaron trabajan esos terrenos sin papeles, sin garantía de heredarles a sus hijos.

Y regresé a las orillas de la presa. Vivo en el ejido de Los Reyes. Aquí un amigo me regaló un pedazo de terreno. La vida aquí es más tranquila. Uno puede escuchar el sonido de la inundación en las crecidas de la presa. Uno puede sentir que está más cerca de sus muertos.

Isidro Rodríguez recorre la presa con su lancha todos los días
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Cuarta parada: el embarcadero

La lancha avanza sobre la presa y a su paso, corriente arriba, emerge un criadero de cochinos en medio del agua. Es casi madrugada. En 1972, 20 mil personas dejaron atrás estas tierras que ahora están bajo la presa.

La lancha sale del embarcadero d el municipio de San Lucas Ojitlán.  Isidro es el dueño de la embarcación. Tiene 65 años. Su trabajo es transportar a la gente –casi 300 diarias- entre las comunidades de la presa, de hasta 3 horas de distancia.

Isidro tiene en el embarcadero un pequeño restaurante de mojarras, que es al mismo tiempo casa. Desde hace quince años vive sobre ese dique de piedra y concreto. Construyó su pequeño restaurante-vivienda junto a otros doce pescadores que se quedaron sin tierras cuando fueron desplazados. Cada uno de ellos paga cuota a la Comisión Nacional del Agua (CNA) para que les concesionen el embarcadero para trabajar y sobrevivir.

Vivir aquí es a costa de no tener luz por ser zona federal, no tener camino, no tener agua potable. Cada año en temporada de lluvias tiene que salir de ese sitio que queda inundado.

Matilde Dionisio, originaria del pueblo inundado de Laguna del Diablo
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Quinta parada: Laguna del Diablo, el mar bajo la tierra 

Soy Matilde Dionisio. Eran 14 los lagos con piedras calizas que brotaban de un manantial. Mis abuelos decían que nosotros éramos hijos del agua, el agua que vive con nosotros en el corazón y luego en la muerte. Todo nos lo quitaron.

Mi abuelo murió allá adentro. Cuando vinieron las inundaciones vivíamos con mi mamá, yo ya estaba grande y tenía a mi primera niña.

Mi madre no quería salirse, pero estaba sola conmigo y mis cinco hermanos chiquitos, tuvo que hacerlo el día que cerraron las veredas que bordeaban el cerro y taparon el paso a quienes vivíamos adentro del valle de la presa, cuando mi madre salió ya había empezado a crecer el agua y llegaron corriendo los fuereños diciéndonos que en pocas horas iba a inundarse el puente, y sino salíamos quedaríamos atrapados.

Yo trabaja en el pueblo. Mi madre y mis hermanos se iban a ir a una zona de riego, una tierra sin nada donde solo iban a poder sembrar con embalses, allá pegado a Uxpanapa.

En Uxpanapa, 5 ejidos habían sido unidos y puestos a pelear entre ellos. La comunidad de 115 ejidatarios se quedó con el mayor número de terrenos, pertenecíamos a un ejido de 22 personas originarias de Laguna del Diablo. No nos tocó tierra.

Mi madre se movió a Veracruz y aunque es la frontera con Oaxaca, casi no nos vemos. Para ella ha sido difícil. En Laguna del Diablo podía sembrar y cosechar todo el año. En Rodríguez Clara, Veracruz, todo el trabajo es a base de fertilizante y solo tiene una cosecha al año

Mi casa está en la falda de las cortinas de la Presa Cerro de Oro. Fui madre de cinco hijos y a mi bisnieto, le cuento cómo era la vida en Laguna del Diablo.

No sé cómo la vida me trajo de vuelta, a veces pienso que llegué aquí como queriendo escarbar todo lo que sucedió. Mi viejo compró este terrenito y vendo comida, aquí vendo mi refresco, mi cerveza, cuido a mis marranos y mis pollos. Cuando abren los túneles mi viejo pesca. Desde las puertas de mi casa alzo la vista y hasta donde puedo, alcanzo a ver la luz sobre las aguas del río.

Nuevo Nanche es una comunidad que quedo atrapada dentro de la presa
Foto: Karen Rojas Kauffmann
Sexta parada: Nuevo Nanche, adentro de las islas 

Nuevo Nanche es un montículo verde con criadero de peces. Bajo esta isla está Nanche Antiguo. Un grupo de pobladores se fueron y el resto resistió. Se opusieron a dejar sus tierras subiendo la montaña durante la inundación de la presa.

Nuevo Nanche es una comunidad que pertenece a San Lucas Ojitlán con serios conflictos agrarios. Según datos oficiales del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el lugar tiene 182 habitantes, una tercera parte tiene piso de tierra, solo hay una escuela y un kínder comunitario.

Onofre Hernández es un maestro bilingüe que atiende a los 20 niños de toda la comunidad. Se queda una semana en El Nanche, y viaja los fines de semana a San Lucas Ojitlán, donde vive su mujer y sus hijos. Paga 150 pesos por lancha y 30 pesos más por un viaje en camioneta para llegar. Él es maestro, director y asesor de asuntos familiares y administrativos.

Aqui, explica Onofre, los niños aprenden a leer y ver el mundo desde las cosas que conocen: una canoa, una serpiente, una anguila, un árbol de pomelo. Onofre vive en la escuela en un cuarto simple. Lleva desde Ojitlán su propia despensa. A veces los habitantes le dan de comer. El Nuevo Nanche es una comunidad en pobreza y donde los pobladores enfrentan escases de comida, y por rachas, escases de gasolina que impide salir del pueblo a sus habitantes y juntos, maestro y padres se quedan varados a que pasen los temporales o la marea alta.

”Los niños no tienen a donde más ir, la escuela es su único entretenimiento, su única posibilidad de aprender desde su lengua materna. La gente no se va porque tienen en su sangre el amor a su tierra, los que se fueron al Reacomodo volvieron a sus terrenos a las orillas del cerro, mi papá me contaba que hubo familias que se resistieron porque bajo el agua está su origen, donde tienen enterrado el ombligo”.ie de foto La isla de los cerdos, es un montículo de tierra en medio de la presa donde estos animales habitan en libertad.

La isla de los cerdos, un montículo de tierra en medio de la presa
Foto: Karen Rojas Kauffmann

Este reportaje fue realizado con el apoyo de Fundación Ford y elaborado por el equipo de Pie de Página. Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor.

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